© Fundación Baluarte / Miguel Osés
Una Tosca de altura
Pamplona-Iruña. 30/01/2026. Baluarte. Giacomo Puccini: Tosca. Vanessa Goikoetxea (Tosca), Arturo Chacón-Cruz (Cavaradossi), Carlos Álvarez (Scarpia), David Lagares (Angelotti), Fernando Latorre (sacristán), Manuel de Diego (Spoletta), Juan Laborería (Sciarrone/carcelero) y Pepa Santamaría (pastor). Orquesta Sinfónica de Navarra. Coro Lírico AGAO. Coro Joven del Orfeón Pamplonés. Dirección escénica: Mario Pontiggia. Dirección musical: Ivan López-Reynoso.
Daba gusto ver el Baluarte lleno hasta la bandera. Tantas y tantas veces hemos criticado la aparente escasa afición a la ópera en la capital navarra al dar la espalda a conciertos de enorme valor musical que, sin embargo, no encontraban el respaldo del público pamplonica pero lo cierto es que Tosca ha conseguido –supongo que para alivio del responsable financiero de la Fundación Baluarte- un lleno absoluto; y la segunda y última función del domingo, 1 de febrero, apunta las mismas maneras. Así da gusto y queda claro que Tosca tiene un aura especial, una capacidad de atracción inequívoca que atrae a melómanos y neófitos por igual. Por cierto, siempre he pensado que pocas óperas como ésta para debutar en el género, sinceramente.
Y si al lleno absoluto se une una función notable en lo artístico, miel sobre hojuelas. La Fundación Baluarte ha dado en la diana y todos aquellos que apelan a los títulos de siempre para asegurar público ya pueden apuntarse un nuevo tanto. Eso sí, en ocasiones la popularidad de un título no asegura el éxito de la función y al menos en el caso que nos ocupa todo coincidió y todos los caminos nos llevaron a Roma.

En cuanto se levantó el telón supimos que esa Roma era fiel a la tradición porque la propuesta de Mario Pontiggia no puede ser más clásica y más convencionalmente hermosa. El acto I respeta la estatua de la virgen, la columna, la capilla, un importante lienzo con la Madonna en elaboración y un Te Deum al modo convencional; el segundo, un salón-despacho de Scarpia con su cena, su mesa de trabajo y el canapé donde acabará muriendo el jefe de la policía; y en el tercero, las enormes rejas de la cárcel y un fusilamiento de lo más chic. Y si a este imaginario le añadimos una iluminación –de Santiago Mahasco- brillante y clara, tenemos el clasicismo llevado a la máxima expresión. Si además acertaban cantantes y orquesta…
Y sí, vocalmente la noche discurrió por derroteros más que aceptables. Y en ello tuvo mucha responsabilidad una vizcaína de carácter que le asestó a Scarpia tres puñaladas de esas que no te dejan indiferente porque Vanessa Goikoetxea transmite una energía extrema. Quizás, y espero que no se me enfade, derrocha tanta energía que en ocasiones tiende a la sobreactuación pero vocalmente está en un estado de forma extraordinario. Reconozco que fui uno de los que se sorprendió al saber que cantaba la straussiana Salome en Santiago de Chile por aquello de la exigencia dramática pero lo cierto es que esta voz está evolucionando, ganando cuerpo y fue, con diferencia la voz más voluminosa y mejor proyectada de toda la noche. Su Vissi d’arte supo intercalar finura y contundencia hasta construirla con mucho arte; y al saltar al vacío su Scarpia, avanti a Dio fue de una sonoridad magnífica. Son solo dos ejemplos de una Floria Tosca que está muy lejos de ser una aniñada artista para vivir en la propuesta de Goikoetxea una mujer con arrestos suficientes para enfrentarse al mundo. Muy bien.
No le quedó a la zaga un lírico Arturo Chacón-Ruiz; el tenor mexicano comenzó con seguridad en su Recondita armonía aunque no sacó toda la voz que enseñó luego. Sus Vittoria, vittoria!! fueron hasta excesivos y sostenidos también sobre la “i” y en el aria del tercer acto volvió a mostrar una voz de claro color lírico y enseñando una línea de canto agradable. En resumen, una agradable sorpresa. Carlos Álvarez tiene una innegable presencia escénica además de ser un artista como la copa de un pino. La voz acusa cierto desgaste y en el acto II, en el que su personaje es el centro de toda la acción, se vio en ocasiones superado por soprano y orquesta. En cualquier caso su Scarpia fue lo suficientemente repulsivo para que se aplauda su labor.
En los papeles menores no hubo falla alguna. Impecables todos, con un David Lagares al que se le quedó pequeño el Angelotti; Fernando Latorre fue un sacristán académico y sonoro, bufo pero contenido; más que sobrado el Spoletta de Manuel de Diego y muy adecuados Juan Laborería en su doble papel como Sciarrone y carcelero y el pastor desde bambalinas de Pepa Santamaría.

La Orquesta Sinfónica de Navarra respondió de forma adecuada a las exigencias de la batuta de Iván López-Reynoso. Quizás algo falto de autoridad en la entrada de Scarpia en el acto I supo sin embargo respirar con los cantantes y protegerlos y lo cierto es que el sonido de la orquesta fue hermoso. Tanto el Coro Lírico de la AGAO, que estuvo adecuado en el Te Deum y como el Coro Joven del Orfeón Pamplonés, una cantoría, más juvenil que infantil, dieron empaque a la página coral del primer acto. En resumen, un éxito para la fundación, satisfacción generalizada entre los asistentes y una muesca más en el sentimiento de que en esto de la ópera, al menos en esta plaza, no hay que salirse de lo socorrido si queremos vivir de la respuesta popular.
Fotos: © Fundación Baluarte / Miguel Osés