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Grand opéra alla italiana

Barcelona. 20/02/2026. Gran Teatre del Liceu. Amilcare Ponchielli: La Gioconda. Ekaterina Semenchuk, (La Gioconda). Martin Muehle, (Enzo Grimaldi), Varduhi Abrahamyan (Laura Adorno). Àngel Òdena (Barnaba). Alexander Köpeczi (Alvise Adorno). Anna Kissjudit (La Cieca). Guillem Batllori (Zuane), Roberto Novata (Isèpo), Alessandro Vandin (un barnabotto/un piloto/un cantante). Maxime Nourissat (Mimo). Daniel Oren, dirección musical. Romain Gilbert, dirección de escena. Coproducción del Gran Teatre del Liceu, Teatro di San Carlo de Nápoles.

Función recomendable en los siempre estimulantes repartos alternativos del Liceu, en esta ocasión con seis cantantes que protagonizaron una de las óperas más queridas por el público del Liceu: La Gioconda.

Parece imposible no caer rendido ante una ópera bisagra en la historia de la ópera italiana. Su estreno fue en 1876, en medio del supuesto vacío que dejó el Verdi maduro después de su Aida (1871, El Cairo), quien no volvería a estrenar ópera hasta su Otello (1887). Pero lo cierto es que el exitoso estreno de La Gioconda en el Teatro alla Scala de Milán, igual que Mefistófeles de Arribo Boito, estrenada en una primera y fracasada versión también en el teatro alla Scala de Milán en 1868, pero reescrita y reestrenada en 1875 para el Teatro Comunale de Bolonia, en una reposición que sí fue un éxito. Ambas óperas son dos títulos importantes y significativos de los derroteros por donde se iba a encaminar la ópera italiana del futuro siglo XX. Ambos título además emergen como dos perlas entre el último Verdi y el nacimiento y estallido de los futuros Puccini, Leoncavallo o Mascagni.

Ponchielli, profesor de composición en el Conservatorio de Milán, con alumnos como Mascagni o Puccini, fue un representante clave en el desarrollo de un modelo operístico que llevaría al denominado verismo, algunos ejemplos de esta influencia se perciben en La Gioconda, una ópera magnífica que contiene la inspiración de la mejor ópera romántica italiana en una versión que rinde homenaje a la Grand opéra francesa, con su ballet, sus grandes escenas corales, sus cuatro actos y sus seis personajes principales, cada uno con aria importante propia.

El Liceu ha sabido presentar un atractivo reparto alternativo en un título que sin seis voces importantes naufragaría o quedaría en un desequilibrio voces-orquesta importante.

La titularidad de la mezzo bielorrusa Ekaterina Semenchuk, es significativa por las características de un rol que se puede adecuar bien a las facultades de una mezzo de agudos seguros y tesitura bífida, como es el caso de la cantante eslava.

Lo demostró con un instrumento recio, de color oscuro pero flexible y bien asentado, con excelente proyección y un control de la tesitura a la altura de un rol paradigmático de las sopranos líricas spinto del repertorio italiano. Precisamente, el idioma, con una articulación algo difusa en un italiano mejorable, es uno de los pocos peros que se le pueden achacar a una interpretación muy completa, con el carisma y el temperamento que sí aporta una cantante siempre entregada y expuesta.

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El tenor germano-brasileño Martin Muehle demostró su pasmosa facilidad en el registro agudo, donde la voz de abre y expande con la luminosidad que pide el rol. Es cierto que el timbre tiene sus peculiaridades, rozando la nasalidad y que en su acting de cantante a la antigua con gestualidad algo caricata hará que no sea del gusto de todo el público, pero su entrega vocal, control del instrumento y solvencia son incontestables. En su debut en el rol, demostró en su aria estrella, Cielo e mar, tener la exigente y rica proyección requeridas, así como un atractivo empaste vocal en sus dúos con Gioconda y el resto del reparto. 

El barítono tarraconense Àngel Òdena fue un Barnaba de emisión sonora, sonido atronador y seguridad vocal incólume, cincelando al malvado personaje con la rudeza que el carácter pide. Con más de viente óperas protagonizadas en el Liceu y a casi treinta años de su debut en el teatro de las Ramblas, es uno de los cantantes catalanes históricos en los anales del Liceu.

La mezzo armenia Varduhi Abramyan, quien debutaba en el rol de Laura, demostró la nobleza de un instrumento de meloso color, con la calidez de un fraseo mórbido y de elegante emisión al que solo le faltó una mayor incisión expresiva para un personaje que irá creciendo función tras función.

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El último de los tres personaje protagonistas femeninos, La Cieca, fue interpretado por la contralto húngara Anna Kissjudit, en su debut en el Liceu. Con instrumento de color ideal para el rol, homogéneo y de técnica sólida, Kissjudit mostró frescura tímbrica, solidez en todo el registro y un color ahumado de personal autoría que seduce por la naturalidad de la emisión. Una cantante a seguir ya que su calidad vocal está en excelente proyección.

El bajo rumano-húngaro Alexander Köpeczi, también debutante en el Liceu después de haber ganado el Premio al mejor cantante de Verdi en la 57a edición Concurs Tenor Viñas en 2020, fue un Alvise Badoero resuelto y en estilo. La voz es algo genérica y ha de ganar carisma vocal pues a nivel expresivo también resultó monocromo en un rol que puede aportar más.

Completaron el reparto en sus respectivos roles secundarios el impecable Zuane de barítono Guillem Batllori, el Isèpo de Roberto Novata y Alessandro Vandin. De una calidad muy notable el protagonismo del Coro del Liceu en una particella exigente, que los convierte en parte fundamental de la ópera como pide el canon francés de la Grand opéra. Equilibrio entre secciones, sonido compacto y detalles en los colores avalan el trabajo minucioso de su director titular Pablo Assante.

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La dirección musical de Daniel Oren se rebeló indispensable para el éxito de la función. Estilo, control de las secciones, fraseo romántico dosificado con teatralidad y morbidez. El paradigmático concertante final del tercer acto fue uno de los momentos estrella de una dirección de un maestro maduro que conoce la profesión y supo contener una orquestación rica y colorida sin tapar las voces. Uno de los problemas que suele sufrir la orquesta sin un director en el foso que evite este desequlibrio. Un trabajo de un artesano de la ópera que pese a una gestualidad exagerada consigue una lectura donde el drama, las pasiones románticas y ese Ballet de las horas icónico, tuvieran el brillo orquestal necesario sin caer en excesos ni en grandilocuencias sonoras.

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La puesta en escena del director teatral francés Romain Gilbert, de corte tradicional y sin ambiciones interpretativas retóricas es funcional, de cuadros estéticos pictóricos dosificados con habilidad, como el final de los acto segundo y tercero o el inicio del cuarto.

Su principal encanto es intentar servir un argumento enrevesado con una eficiente escenografía de Etienne Pluss, el vestuario preciosista-decadente de Christian Lacroix y la colorista iluminación de Valerio Tiberi. Si la dirección de actores es demasiado convencional, parece dejada al grado de calidad actoral de cada cantante, en conjunto la producción funciona por su estética sin aportar más excesos a una partitura que lo tiene todo para triunfar.

Inteligente y muy efectiva la coreografía de Vincent Chaillet en el Ballet de las horas, jugando con los roles de personajes de la Commedia dell’arte como Arlecchino, Colombina o Pantalone.

Fotos: © David Ruano