© Sergi Panizo

Entre lo correcto y lo aburrido

Barcelona, 17 de marzo de 2026. Gran teatre del Liceu. Puccini: Manon Lescaut. Asmik Grigorian (Manon), Ivan Gyngazov (Des Grieux), Yuri Samoilov (Lescaut), Donato di Stefano (Geronte), Filip Filipovic (Edmondo), Mercedes Gancedo (un músico), Alessandro Vandin (hostalero), Álvaro Diana (maestro de baile), Domingo Ramos (un sargento), Andrea Antognetti (el farolero), Pau Bordas (un comandante). Orquestra Simfònica del Gran teatre del Liceu y Cor del Gran teatre del Liceu. Josep Pons, dirección musical. Àlex Ollé (dirección escénica)

Manon Lescaut es una ópera que requiere la conjunción de muchos elementos difíciles de reunir. Una puesta en escena que resuelva bien momentos particularmente complejos en los primeros actos, una gran partitura orquestal con sus complejidades, dos protagonistas que sostengan papeles nada fáciles y un montón de personajes en el reparto. 

En el estreno de estas funciones en el Gran Teatre del Liceu la parte más protestada fue, como no podía ser de otra manera, la puesta en escena de Àlex Ollé -estrenada en Frankfurt en 2019- Y sin embargo no me parece que hubiese nada que protestar. Contaba la historia, dibujaba los personajes (unos más que otros, como corresponde a los diferentes talentos de los artistas), intentaba, no siempre con éxito, mover con intención a los cantantes/actores, e intentó enfocar desde el realismo (actualizado, que eso es lo que básicamente se protestó) la historia de Manon.

No pareció muy necesaria ni muy significativa la proyección inicial, no entiendo muy bien por qué cuando Manon y Des Grieux recogen el vertido del bolso de ella y el tenor, como suele suceder, se inflama en exceso, ni tan solo se miran a la cara. Tampoco entiendo por qué, en el contexto de un enfoque realista, cuando Manon llega con su hermano y el respetable reacciona diciendo: "Viaggiatori, eleganti, galanti..." no se aprecia ninguna diferencia de clase entre los viajantes y ese pueblo que, inveteradamente, pone verde a la parroquia. Pero eso son tics obsesivo-compulsivos que uno tiene que enfrentar en (casi) todas las representaciones. El tercer acto pudo ser más claro narrativamente pero el concepto escénico general fue más bien uno de los factores menos problemáticos de la velada.

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El lastre estuvo en dos actos (los primeros), musicalmente aburridos. Ello tuvo responsabilidades diversas pero, naturalmente, al primero que hay que señalar es al maestro Josep Pons. En todo momento fue muy atento al detalle pero desde el punto de vista dramático le costó arrancar el coche. Empezó a caminar en el tercer acto que, por otra parte, tiene características musicales muy diferentes de los dos primeros. Y a ello hay que añadir ciertos excesos en las dinámicas que pusieron en aprietos a algunos cantantes, principalmente a la protagonista. Alguien trató de protestar el desempeño de Pons al final, de manera poco justificada. Fue una prestación irregular sin más.

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Asmik Grigorian frasea bien y canta mejor, pero no basta con desviar la atención hacia las embestidas de la orquesta como justificante de la decepción. No creo que hubiesen intimidado a una Freni o una Scotto. El problema es de otro tipo: la tesitura del papel no se corresponde con su vocalidad. La mayor parte de las situaciones a las que la partitura la somete son demasiados graves como para hacerse valer ante la orquesta, a poco que se desencadene. Cuando la orquesta, por cortesía de Puccini, se reducía a la nada (y en general en la octava alta de Grigorian) su canto  resultaba realmente seductor y pudo sostener con expresividad el "Sola, perduta, abbandonata", pero no hubo mucho motivo para el jolgorio. Grigorian cantaba, pero no se la oía bien.

En cambio a Ivan Gyngazov se le oía muy bien pero cantaba poco. Se le vió siempre seguro técnicamente, su voz consiguió superar cómodamente la orquesta y ambas cosas se agradecen. Pero fraseó poco y no dio carácter a su personaje ni a nivel actoral ni a nivel vocal. Fiable es lo bueno que se puede decir de su desempeño.

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Yuri Samoilov, con el apoyo de Àlex Ollé, compuso un personaje muy creíble, pero su canto, siendo muy correcto, no resultaba tan seductor. El Geronte de Donato di Stefano tenía la particularidad, supongo que secundada por Ollé también, de ser muy sobrio y eliminar absolutamente el enfoque cómico. Hizo valer sus capacidades actorales siendo además eficiente a nivel vocal. 

Las prestaciones fueron buenas tanto en los personajes secundarios (Filipovic y Gancedo, principalmente) como en el coro y en general la función se movió en el margen, siempre problemático, entre lo correcto y lo aburrido. 

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Fotos: © Sergi Panizo