© Martin Sigmund
Un cuento gótico, un sueño surrealista
Baden-Baden. 31/3/2026. Festspielhaus. Wagner: Lohengrin. Piotr Beczala (Lohengrin). Rachel Willis-Sørensen (Elsa). Tanja Ariane Baumgartner (Ortrud). Wolfgang Koch (Telramund). Kwangchul Youn (Henrich). (Heraldo). Coros: Czech Philharmonic Choir de Brno y Philharmonia Chor Wien. Mahler Chamber Orchestra. Johannes Erath, dirección escénica. Joana Mallwitz, dirección musical.
Estrenada en 1850, Lohengrin es una ópera con una fuerte impronta romántica. Aunque la música de Richard Wagner va anunciando los caminos que seguirá después y que crearán un espíritu totalmente personal, el argumento de esta obra lo podemos ubicar en la arraigada tendencia del cuento gótico. Es sabido que el alma romántica mira a la Edad Media pero no con un ojo histórico sino más bien mítico. Los caballeros, sus damas, sus andanzas, sus luchas, son cribados por las mentes de la primera mitad del siglo XIX y convertidos en personajes que poco o nada tienen que ver con la realidad. De esta base parte la nueva producción de Lohengrin que presenta el Festival de Pascua de Baden-Baden firmada por Johannes Erath.
Esta ópera, por las diversas producciones que he visto, es de las que más ha sufrido en su interpretación escénica. Quizá sea porque el ambiente a lo Ivanhoe que emana espanta a los directores escénicos modernos y les hace lanzarse a interpretaciones de lo más peregrino. La que presenta Earth, aunque pueda parecer también algo esperpéntica, me parece bien pensada y consecuente. El director no se aparta casi en ningún momento de la historia contada y narra lo escrito por Wagner solo introduciendo su sello personal que cambia el final escrito. El resto en una narración donde el eje principal es extraer todo lo que de “cuento”, de irreal, tiene el libreto y el lado surrealista que tiene la historia. Recurre para ello a unos colabores excepcionales (Herbert Murauer, escenografía, Joachim Klein, iluminación, Gesine Völlm, vestuario, Bibi Abel, vídeo) que crean un ambiente que nos recuerda a las películas surrealistas alemanas o incluso de Buñuel.
Las proyecciones, el vestuario, la iluminación, todo lleva al objetivo de que el espectador no se crea la historia pero por otra parte se sienta intrigado por lo que tiene de imaginario y fantasioso, de espectáculo. El centro escénico principal es una plataforma escalonada y muy empinada que es muy vistosa desde el teatro pero que ha debido ser un tormento para los cantantes principales, sobre todo en el tercer acto. Su tremenda inclinación hacía que Lohengrin y Elsa se movieran con pies de plomo en su diálogo del mencionado acto. También hay un marcado uso de las plumas de cisne (llegan a caer al patio de butacas abundantemente desde el techo del teatro) como símbolo quizá de la inocencia, de la idea central de cuento de toda la producción. Pero la sensación general es grata, no plenamente satisfactoria pero sí creíble y consecuente, como ya se dijo, en su planteamiento.

Musicalmente la triunfadora fue sin duda la directora musical, Joana Mallwitz, que dibujó un Lohengrin de finas líneas, tenso y elegante a la vez, con seguridad y haciendo brillar a una deslumbrante Mahler Chamber Orchestra. La conexión de batuta y músicos fue total y la orquesta sonó con una calidad excelente, especialmente la cuerda y los metales. Mallwitz incentivó los momentos más sonoros de la partitura pero también destiló maestría en los más líricos. Fue muy aplaudida al final de la representación, pero aún más lo fue la orquesta, verdadera protagonista de esta función.
Entre los cantantes despuntó ese maravilloso profesional de Piotr Beczala. Su Lohengrin es magnífico, tierno y duro a la vez, lleno de matices en lo vocal, aunque no tanto en lo actoral, una faceta en la que Beczala siempre se mueve de una manera menos mágica. Sea como fuere, la voz corre impresionantemente bien, el timbre sigue teniendo esa belleza que lo hace único y el tenor se entrega, como siempre lo hace, en cada frase de su parte. Desde luego no es el típico Lohengrin liviano que se ha podido oír en las últimas décadas. La suya es una voz más sólida y seguramente de ahí vengan las suspicacias de un minoritario grupo de espectadores que le protestaron mientras la mayoría lanzaba bravos y valoraba como se merece uno de los mejores tenores de su generación. Beczala cerró su actuación en Baden-Baden con un In fernem Land de campanillas.

La Elsa de Rachel Willis-Sørensen fue de menos a más. En el primer acto un excesivo vibrato dominó su canto y no llegaba a proyectar con soltura. Poco a poco se fue afianzando y tanto en el segundo como, especialmente, en el tercero, todo sonó más atractivo y compacto, sobre todo un potente y descollante agudo. Uno de mis cantantes wagnerianos favoritos es Wolfgang Koch. Sus recreaciones de Wotan, Anfortas o Sach son inolvidables. Hacía tiempo que no lo oía y no sabía cómo su voz habría evolucionado. Volvió a crear un personaje noble, pese a su maldad, gracias a ese timbre privilegiado y una manera de adaptarse a la métrica wagneriana estupenda. Hay tirantez en el agudo y alguna nota de cansancio pero sigue siendo un valor imprescindible en este repertorio.

También lleva muchos años cantando Wagner el coreano Kwangchul Youn, uno de los mejores Gurnemanz o Marke de su generación. También el paso del tiempo se nota pero las notas están ahí, bien proyectadas y con un vigor envidiable, creando un rey Enrique de gran nivel. También a muy buen nivel la Ortrud de Tanja Ariane Baumgartner. Excelente actriz, nos brindó una malvada de manual y vocalmente contundente y atractiva, aunque algún agudo sonó un poco chillado. Muy bien el Heraldo de Samuel Hasselhorn. Simplemente espectaculares los dos coros participantes: el Czech Philharmonic Choir de Brno y el Philharmonia Chor Wien. Lohengrin permite con sus bellos conjuntos corales el lucimiento y los coralistas lo aprovecharon de una manera inmejorable consiguiendo momentos de gran belleza.

© Martin Sigmund