Maestro

Barcelona. 13/04/2026. Palau de la Música Catalana. Piotr Beczala, tenor. Sarah Tysman, piano.

Mientras destacados tenores de su misma generación, como Jonas Kaufmann o Juan Diego Flórez, da la sensación de que ya han ofrecido lo mejor en sus extraordinarias carreras, Piotr Beczala, que este año cumplirá sesenta años, está en un momento de plenitud vocal y artística apabullante. Se diría que mejor que nunca a tenor del estratosférico recital que ofreció en un Palau de la Música que, lamentable y sorprendentemente, apenas llegó a la media entrada. Acompañado por la pianista Sarah Tysman, el cantante ofreció un programa exquisito en el que combinó con perfecto equilibrio canciones y arias de ópera de compositores eslavos.

Abrió el recital un bloque polaco compuesto por canciones del relativamente desconocido Mieczysław Karłowicz rematado por una escena de la ópera La casa embrujada de Stanisław Moniuszko. Cantando en su lengua materna, Beczala dotó de sutil sensibilidad las bellas melodías de Karlowicz, compositor que sobre todo destacó en el género del poema sinfónico, en el que dejó seis obras que dan fe de su talento y de una proyección que se vio truncada por una muerte prematura a causa de un accidente esquiando. Sus canciones se caracterizan por una cierta inocencia y un imaginario claramente romántico, pero en manos de un Beczala en estado de gracia desde el primer momento, adquirieron una estatura sorprendente. Pero donde realmente se empezó a intuir que esa no iba a ser una noche cualquiera fue con el “Aria del carillón” de la ópera de Moniuszko. Menos representada, al menos fuera de su país, que Halka, esta creación del padre de la ópera polaca merecería más atención ya que contiene momentos de enorme fuerza dramática. En esta escena, el cantante desplegó la enorme gama de recursos y virtudes que lo han convertido, probablemente, en el mejor tenor de la actualidad.

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El instrumento, pese a la progresiva incorporación de roles de carácter definitivamente spinto, se mantiene tan fresca y lozana como el primer día. Si cabe aún más, pues ha adquirido armónicos y presencia en la franja central y grave sin perder ni un ápice de seguridad y brillo en unos agudos despampanantes. La mecánica vocal es de una seguridad y perfección absolutas y el fraseo siempre elegante y expresivo. En el bloque siguiente, centrado en Antonín Dvorák, cantante y pianista -una excelente Sarah Tysman que acompañó con el punto justo de virtuosismo y presencia- lograron mantener, o incluso aumentar, el duende que se había apoderado de la sala. Con la hermosa “Canciones que me enseñó mi madre” empezó una selección de las célebres Canciones gitanas del compositor bohemio interpretadas en checo y la romanza del príncipe de Rusalka culminó de manera apoteósica una primera parte solo al alcance de los grandes.

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Si algún mínimo “pero” se puede poner a este recital, si en algún momento Beczala no llegó al nivel de excelencia exhibido en el resto del programa, fue en las siete canciones de Tchaikovsky con las que empezó la segunda parte. No porque no las cantase con la clase y delicadeza habituales, sino porque pareció que las tenía menos integradas. Fue el único momento en el que el tenor tiró de atril y partitura, y ese muro de papel restó fluidez, espontaneidad. En un recital, especialmente de Lied, la utilización del atril supone un obstáculo que los cantantes deberían evitar siempre. La mirada enfocada hacia la partitura corta la comunicación con el público e incluso afecta a la proyección de la voz.

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En cualquier caso, el impresionante “Kuda, kuda” de Eugéne Oneguin devolvió las aguas a su curso gracias a una emisión que llenaba de sonido y dramatismo la sala del Palau. La traca final fueron cuatro canciones de Rachmaninov sencillamente sublimes, con momentos de refinado lirismo y desgarradora sinceridad. Un adecuado broche de oro para un recital histórico que provocó el delirio del personal. Ante tal jolgorio, Beczala y Tysman regalaron tres propinas, dos de ellas -la romanza de La tabernera del puerto y Granada- en un castellano pronunciado de manera más que notable. Con la napolitana Non ti scordar di me, Piotr Beczala se despidió y los afortunados asistentes nos fuimos a casa asombrados y con la convicción de haber asistido a la lección de un auténtico Maestro.

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