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El fulgor de una diva

Barcelona, 13 /05/2026. Gran Teatre del Liceu. Rossini: Semiramide. Vasilisa Berzhanskaya (Semiramide), Franco Fagioli (Arsace), Mirco Palazzi (Assur), Maxim Mironov (Idreno), Antonio di Matteo (Oroe), Patricia Calvache (Azema), Carles Cosías (Mitriane), Marc Pujol (espectro de Nino). Orquestra Simfònica del Gran teatre del Liceu y Cor del Gran teatre del Liceu. paolo arribaveni, dirección musical. 

Para seguir las aventuras de la legendaria reina asiria Semiramis no tuvimos el otro dia en el Liceu soporte escénico alguno puesto que la Semiramide de Rossini que se nos ofrecía era en versión de concierto, de manera que los profesionales de la indignación no tuvieron nada que protestar, no solo porque, efectivamente, no hubo nada que protestar sino porque hemos llegado a un punto del desarrollo de la cultura operística en que escénicamente se protesta todo y musicalmente no se protesta nada.

Tal como Rossini nos sirvió la tragedia de Semiramis esta resultaba haber sido culpable, en un tiempo anterior, de espantosos crímenes junto con el bajo Assur que, además de no tener escrúpulos, debe tener una coloratura muy apañada y una octava alta poderosa. La fuente usada por el libretista Gaetano Rossi fue una tragedia de François-Marie Arouet, el famoso Voltaire. El resultado, teniendo en cuenta los escasos cortes en la versión que se nos ofreció fueron cuatro horas (contando la pausa) de un bel canto inspirado, ortodoxo y difícil de cantar. Hacen falta por lo menos tres cantantes virtuosos para los papeles de la protagonista, el bajo sin escrúpulos y Arsace, que suele ser una mezzosoprano travestida (puesto que Arsace es un hombre) pero era en este caso un contratenor ilustre.

Como suele suceder en las óperas de Rossini, Semiramide tiene una obertura brillante. Violines hirientes, metales bucólicos, melodismo imaginativo, crescendi excitantes y todas esas cosas que levantaron de sus sillas en pleno brote de histeria a los espectadores italianos y franceses de principios del siglo XIX. En el entrañable coliseo de la Rambla de Sant Josep hubo que esperar solamente a la segunda temporada de su historia (1848/49) para disfrutar un Rossini (su Otello, concretamente) y ya en la temporada 1853/54 llegó esta Semiramide.

Sin embargo, lo que tuvimos de manos del maestro Paolo Arribaveni y la orquesta del lugar no fue en principio muy excitante. La bucólica entrada de metales no fue todo lo limpia y ordenada que debería, las maderas se incorporaron demasiado abruptamente y después de que, en la secuencia rápida, el crescendo fuera brillantemente ejecutado por las cuerdas y bien secuenciado por el maestro, las cuerdas cubrieron por completo a los metales en el clímax. Francamente mejorable todo en su conjunto, y el conjunto era responsabilidad del señor Arribaveni que, si bien logró una concertación más o menos ordenada durante la función ofreció no solamente esta obertura aburridísima sino también una paleta un tanto tosca, lejos de cualquier construcción de esas atmósferas etéreas y delicadas que no solo deben ser exigidas al cantante rossiniano sino secundadas por la orquesta. Los acompañamientos fueron aquí y allá poco matizados, tanto cuando la orquesta acompañaba a los cantantes como cuando las cuerdas acompañaban los solos de maderas. El coro, en cambio, tuvo sus momentos brillantes a pesar del escaso refinamiento de la dirección.

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Pero afortunadamente cantantes había. Concretamente una soprano protagonista impresionante: la señora Vasilisa Berzhanskaya, que venía sustituir a Adela Zaharia. Resulta imposible saber cuales hubiesen sido sus prestaciones pero casi resulta igual de imposible que hubiesen sido mejores que lo que escuchamos. Desde su entrada en el cuarteto "Fra tanti regi e popoli" desplegó una voz tremenda y una coloratura flexible. Dramatismo, atención al texto, fraseo incisivo, bellos pianissimi, agudos brillantes y, en general, una exhibición de auténtica dramática de coloratura. Cantó un aria inapelable y sus momentos más líricos a dos voces junto a Franco Fagioli fueron algo para guardar en el recuerdo. Era su debut en el Liceu y un servidor le suplica de rodillas a ella y a la dirección artística del teatro que no sea la última.

El suyo no era el nombre propio más esperado de la noche, puesto que Arsace era ni más ni menos que el celebrado contratenor Franco Fagioli. No es que su actuación no fuera notable. La coloratura es de gran precisión rítmica, el fraseo expresivo y en algunos pasajes pianissimo su voz flotó como debe ser, suave y expresiva, además de ejecutar alguna cadencia muy notable. Sin embargo, aparte de ciertos manierismos en la dicción, la comparación con el tremendo caudal vocal de la Berzhanskaya le dejaba en una posición un tanto débil, y son varias las escenas que ambos personajes comparten.

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El rol de Assur es uno de esos papeles de bajo rossiniano que exigen una flexibilidad vocal, una extensión en la tessitura y una agilidad en la coloratura poco frecuentes en los cantantes de esta cuerda. Mirco Palazzi tiene un bello centro y unos graves más que suficientes para la parte. Sin embargo su voz pierde autoridad a medida que asciende en la tesitura y ello puede no ser tan decisivo en otras obras pero supone una importante limitación en una ópera como esta. Aún así fraseó muy bien en su aria ("Deh, ti ferma!"), pero a causa de lo reseñado le faltó bravura en la caballetta ("Quei numi furenti")

Maxim Mironov desempeñó el papel de Idreno con corrección. En algunos momentos nos brindó fraseos elegantes y es capaz de afrontar la tessitura, lo cual no es poco, aunque sus agudos semiafalsetados implican un cambio de color en la voz un tanto desconcertante.

Oroe era Antonio di Matteo y mostró desde su primera intervención una octava aguda mal resuelta, lo cual no es de recibo en un papel de tan escasas exigencias virtuosísticas. En cambio Patricia Calvache dio una muy buena impresión en el papel de Azema, que no tiene exigencias virtuosísticas pero le permitió desplegar un canto bello y bien timbrado.También dio la talla sobradamente Carles Cosías en el papel de Mitriane, con su canto expresivo y su voz presente, y aunque el papel ofrezca pocas posibilidades de lucimiento, fue también convincente el espectro de Nino encarnado (nunca mejor dicho) por Marc Pujol.

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