© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Adiós, maestro
Barcelona. 24/07/2026. Gran Teatre del Liceu. G. Mahler: Sinfonía núm. 8. Elisabeth Teige, Jacquelyn Wagner, Beth Taylor, Mihoko Fujimura, Elena Villalón, Michael Spyres, Nicholas Brownlee, Albert Dohmen. Cor del Gran Teatre del Liceu, Coro Nacional de España, Polifònica de Puig-Reig, Cor Vivaldi. Orquestra del Gran Teatre del Liceu.
Tras su última función des del foso dirigiendo el Falstaff verdiano, Josep Pons escogió la Sinfonía núm. 8 de Gustav Mahler para despedirse como director musical del Gran Teatre del Liceu. La elección no tiene nada de casual, pues la gran catedral mahleriana fue también la obra con la que el director catalán cerró su etapa en la Orquesta Nacional de España. De este modo, Pons establecía paralelismos entre dos proyectos que han ocupado hasta veintidós años de su trayectoria. Con su participación en la creación de la Orquestra de Cambra del Teatre Lliure, allá por 1985, y su trabajo durante diez años con la Orquesta Ciudad Granada, a la que elevó hasta cotas de calidad inimaginables, el director de Puigreig se labró una justa fama de creador, formador y constructor de orquestas. Un prestigio que le llevó a ser el elegido para afrontar el mayúsculo reto de renovar y modernizar la estructura global de un transatlántico como la ONE.
Si su paso por Madrid fue exitoso, el año 2012 Pons dobló la apuesta y tomó las riendas de una Orquestra del Gran Teatre del Liceu que había tocado fondo. La crisis económica que azotó violentamente al teatro de Las Ramblas junto a la mala planificación de sus gestores llegó a reflejarse en el foso orquestal de manera flagrante. Pons no solo asumió el cargo, sino sobre todo el compromiso de contribuir a la recuperación de una institución especialmente querida para él por motivos obvios. Catorce años después los resultados están ahí y son incontestables. La Orquestra del Gran Teatre del Liceu es hoy un organismo vivo que evoluciona en cada función, con un sonido cada vez más refinado y personal. Seguramente eso es lo que quería poner en evidencia Josep Pons con la elección de la mal llamada Sinfonía de los mil para cerrar esta etapa, una obra especialmente amada y conocida por él que pone en juego a toda la masa orquestal.
Se hace difícil hacer una crítica objetiva y certera de este concierto de clausura de la temporada liceísta. Difícilmente certera porque, desde la cuarta fila de platea, casi tocando un escenario que abarrotaban más de 300 músicos, se hizo imposible valorar el equilibrio entre los distintos coros y la orquesta, ya no digamos entrar en sutilezas como los planos sonoros, tan importantes en cualquier sinfonía de Gustav Mahler y aún más en esta. Difícilmente objetiva también porque, al final y al cabo, el Liceu no colgó el sold out por amor a Mahler sino para mostrar agradecimiento al director por el trabajo hecho. Tanto es así que la velada arrancó con la entrega, por parte del presidente de la Fundació del Liceu, Salvador Alemany, del pin de oro del teatro -la Medalla de Oro ya se le concedió en su momento y hay que aguzar el ingenio para encontrar alguna condecoración que Josep Pons no ostente ya- y un breve vídeo repasando su etapa en el teatro.
A continuación, aparecieron ya, junto al director, los solistas vocales que le iban a acompañar en este último baile. Sin duda se tiró la casa por la ventana para reunir a este importante ramillete de cantantes para una única velada. Elisabeth Teige asumió el protagonismo de Magna Peccatrix con las agallas y recursos que requiere un papel de escritura muy tensa. Cumplió con nota en líneas generales, pese a puntuales estridencias en la franja más aguda. La segunda soprano fue Jacquelyn Wagner en la parte de Poenitentium, que buscó en todo momento, aunque no siempre con éxito total, empastar y compenetrarse con Teige. Pese a ello, tuvo una prestación tan notable como la de la debutante en el teatro Elena Villalón. La joven soprano de origen cubano sustituyó a la inicialmente prevista Serena Sáenz y se lució en la corta pero decisiva intervención de la Mater Gloriosa, que cantó desde uno de los pisos del teatro.
Sin embargo, si alguien se llevó el gato al agua del elenco vocal fue la mezzosoprano escocesa Beth Taylor. Con una voz de timbre oscuro y aterciopelado, cantó cada una de sus páginas con la emoción y elegancia justas, dejando un gran sabor de boca en su debut en la casa. A su lado, Mihoko Fujimura, ya casi una leyenda, demostró porqué durante muchos años ha sido la favorita de muchos grandes directores y en plazas como Bayreuth. Musicalidad a raudales y un amor por la obra que se ponía de manifiesto en como cantaba cada una de las partes para sus adentros. Detalles estos que pueden pasar inadvertidos, pero que su pueden observar desde la cercanía de la cuarta fila. Eso sí, más lejanas a esa localidad quedaban las voces masculinas, lideradas por un Michael Spyres tan elegante y efectivo como siempre, pero al que los roles extremos que ha ido asumiendo últimamente parecen pasarle cierta factura. El centro se mantiene sano y el tenor americano es suficientemente inteligente para no forzarlo nunca, pero el registro agudo parecer ir perdiendo brillo, volumen y proyección. Todo lo contrario de un Nicholas Brownlee on fire y en plenitud de facultades, pese a que el papel es corto y un pelín agudo para sus características de bass baryton. Completó el reparto el veterano bajo Albert Dohmen, quien ha dejado grandes actuaciones en el Liceu, como el primer Wotan de Josep Pons apenas asumido el cargo en el Liceu. Se cerraba así un nuevo círculo.
Del apartado musical, con las prevenciones mencionadas más arriba, cabe decir que la versión empezó con mucha carga emocional en el escenario que Pons fue reconduciendo progresivamente. En la avalancha sonora de la primera parte se percibieron algunas dificultades de concertación entre la orquesta y los distintos conjuntos corales, pero todo pareció ponerse en orden en una segunda, lógicamente mucho más equilibrada que dejó pasajes de gran carga emotiva. En esta se pudo observar la mano del director en el tratamiento preciso de las fugas y pasajes contrapuntísticos y la calidad actual de la orquesta en la creación de paisajes sonoros, su amplia paleta cromática, así como el virtuosismo de todas las secciones, desde los contrabajos hasta el Piccolo. Ese, en definitiva, es el legado, el regalo de un director que, más allá de gustos como colores, inevitables filias y fobias, deja siempre profunda huella por ahí donde pasa. En el Gran Teatre del Liceu lo ha vuelto a hacer y, por eso, merece todo el calor y agradecimiento que el público del Liceu, en pie, le quiso transmitir en su despedida. ¡Adiós, maestro!
Fotos: © Toni Bofill