© Miquel González – Shooting
Nacido para cantar
Peralada. 25/07/2026. Esglèsia del Carme. Bryn Terfel, barítono. Hannah Stone, arpa. Annabel Thwaite, piano.
Tras la primera pieza de su recital, Bryn Terfel se dirigió al público para recordar la primera y única ocasión que había participado en el entonces llamado Festival Castell de Peralada. Fue hace la friolera de treinta y seis años en un papel secundario de aquel Samson et Dalila protagonizado por Josep Carreras. Con su proverbial capacidad comunicativa, el cantante galés añadió que, durante aquella estancia en tierras ampurdanesas, tuvo la oportunidad de coincidir con referentes como Montserrat Caballé o Joan Pons. Aquel 1990 hacía apenas unos meses que Terfel se había dado a conocer. Fue en la edición de 1989 de la prestigiosa BBC Cardiff Singer of the World Competition en la que se acabó disputando el primer premio, en una legendaria final, con un joven llamado Dmitri Hvorostovsky. El tristemente desaparecido barítono ruso acabó llevándose el gato al agua, pero para Terfel supuso el impulso decisivo para iniciar una carrera meteórica que le llevó, rápidamente, al estrellato operístico, lugar en el que ha permanecido hasta hoy.

Aquellas brutales condiciones vocales de sus inicios, tras más de treinta años de gloriosa carrera y llegado el cantante a la sesentena, no son obviamente las mismas a día de hoy. Un cierto desgaste y pérdida de esmalte, especialmente en algunas franjas, es claramente perceptible. Sin embargo, esas limitaciones, que en el caso de muchos cantantes serían realmente problemáticas, lo son menos en el caso de Bryn Terfel. El motivo es que, más allá de su instrumento naturalmente poderoso, el bass-baryton galés atesora -y ha sabido desarrollar con maestría- muchas otras cualidades. Su técnica vocal, un tanto personal, siempre ha estado al servicio de una expresividad arrolladora, capaz de seducir tanto en el fortissimo como en el pianissimo. Su amplia gama de medias voces y colores, unido a una dicción cristalina e intuición para el acento o la inflexión adecuada, le han permitido abarcar con indiscutible autoridad desde los titánicos personajes wagnerianos hasta las sutilezas del Lied. Si a todo esto añadimos una presencia escénica majestuosa, un talento teatral estrepitoso, el carisma de las grandes estrellas y una genuina, fuera de lo común capacidad comunicativa, el resultado global es Bryn Terfel.

Prueba fehaciente de estas últimas cualidades la tuvimos en este recital en el Festival Perelada. En el instante en qué apareció sonriente en el escenario de la Esglèsia del Carme, el cantante galés ya se había puesto al respetable en el bolsillo. Junto a la pianista Annabel Thwaite y su esposa, la arpista Hannah Stone, Terfel planteó un programa con dos partes bien diferenciadas en las que se alternaban las piezas acompañadas por uno y otro instrumento, un híbrido en principio complicado y no siempre convincente, pero que el cantante supo conducir con suficiente dinamismo. La primera parte estuvo constituida por canciones galesas, algunas de compositores como Idris Lewis o Owen y Meirion Williams y otras de autor anónimo. En este terreno Terfel es imbatible y, en todas ellas, cantadas en galés, exhibió esa sensibilidad que consigue transmitir el amor y la nostalgia por su tierra y su cultura. También hubo espacio para canciones de compositores ingleses como Frederick Keel e Ivor Novello. Del primero interpretó el ciclo Salt Water Ballads, tres canciones hermosas que constituyeron lo más enjundioso, el punto álgido de una primera parte completada por canciones de Ivor Novello, compositor, cantante y actor británico que llegó a ser el más popular artista del Reino Unido de principios del siglo XX. Desde la perspectiva actual, las canciones de Novello suenan inocentes y un tanto inocuas pese al empeño de un Terfel que trató de exprimir su relativo jugo. Especialmente en la simpática And Her Mother Came Too que cerró una primera parte que llegó a hacerse un tanto larga. No cabe duda de que, en manos de otro intérprete, ese programa hubiese resultado monótono y altamente tedioso.

Más estimulante se adivinaba el de la segunda parte, que arrancó con tres Lieder de Franz Schubert. Quizás situado aún en las coordenadas estilísticas de la primera parte, la versión de Liebesbotschaft, pese a detalles de gran clase, fue expuesta con demasiada ligereza y poco rigor rítmico en el fraseo, algo que se percibió también en Auf dem Wasser zu singen. En cambio, en Litanei auf das Fest Aller Seelen apareció por fin el gran liederista. Una versión exquisita y conmovedora, magníficamente acompañada por la pianista Annabel Thwaite, que fue, sin duda, lo mejor del concierto y que, por sí sola, justificaba pagar la entrada. Tras este bloque, Hannah Stone, excelente arpista, interpretó en solitario una bella lectura del Viejo Zortziko, de Jesús Guridi para acompañar después a su esposo en una discreta Nuit d’étoiles, de Debussy. Una canción de Brahms, también centrada en las estrellas dio paso al único número operístico, la romanza de Wolfram en Tannhäuser en la que coincidieron por primera vez los tres intérpretes. Fue una lástima que se prescindiese del recitativo previo, lo cual restó empaque e importancia a un momento especialmente esperado.
El recital se cerró con una versión resultona de Stars, del musical Los miserables, género especialmente querido por el cantante. Tanto es así que la primera propina fue una divertida y sui generis versión de If i Were a Rich Man, de El violinista en el tejado, que hubiese sido el broche adecuado. No fue así. Para sorpresa de todos, sin duda buscando la complicidad de los asistentes, Terfel se arrancó con una adaptación vocal, con una letra lamentable pese al evidente trabajo en la pronunciación por parte del cantante, del famoso tema del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo. Un final un tanto kitsch para un recital que no pasará a la historia y que solo sirvió para saborear puntuales destellos de un hombre nacido para cantar.

Fotos: © Miquel González – Shooting