Parsifal_Bayreuth26_e.JPG© Bayreuther Festspiele 

Pannaturalismo sagrado

Bayreuth. 31/07/26. Bayreuther Festspielhaus. R. Wagner: Parsifal. A. Schager (Parsifal), G. Zeppenfeld (Gurnemanz), M. Liisa Värelä (Kundry), M. Volle (Amfortas), J. Shanahan (Klingsor), V. Kowaljow (Titurel), D. Jenz (Caballero del Grial I), T. Faveyts (Caballero del Grial II), L. Dames (Escudero I), N. Skrycka (Escudero II), M. Günther (Escudero III), M. Koch (Escudero IV), E. Novak, C. Bertucci, N. Skrycka, V. Randem, L. Dames y M. H. Reinhold (Muchachas Flor de Klingsor). M. H. Reinhold (Voz celestial). Jay Scheib, dirección de escena. O. y C. del Bayreuther Festspielhaus. Dir. coro: T. Eitler-de Lint. Pablo Heras-Casado, dirección musical.

Bayreuth sigue siendo esa Colina Verde deseada y soñada por los wagnerianos, ese foso místico de donde emerge un sonido cinematográfico antes incluso de la invención del cine y ese teatro, el Festspielhaus, que, en toda su mítica concepción, tiene en Parsifal ese caballo blanco sagrado sobre el que cabalgan los directores más avezados en la sensibilidad wagneriana total. Que Pablo Heras-Casado haya encontrado aquí, en el teatro de Wagner, con esta orquesta y esta música, su hogar operístico es algo que todavía merece reseñarse, pues su éxito lo sitúa ya en el panteón de los grandes directores que han triunfado en la Grüne Hügel.

En este cuarto y último año de la olvidable producción de Jay Scheib —este año ya sin gafas de realidad aumentada, thanks God!—, la lectura de Heras-Casado se ha estilizado. Ha convertido el famoso paradigma del tiempo y el espacio de Parsifal en un lago sonoro lleno de cromatismos luminosos, de sonidos frescos como ríos, gracias a un hábil y casi prestidigitador uso del tempo, elástico y naturalista. Las cuerdas, de una flexibilidad atmosférica admirable, son siempre idiomáticas y cercanas; los metales fluyen con una ligereza panteísta, y las maderas exhalan efluvios metafísicos que parecen rendirse al panteísmo de una naturaleza donde la pesantez espiritual, tantas veces remarcada en esta ópera, se transforma aquí en un canto holístico y en una auténtica bocanada de aire fresco.

Ahí están esas Muchachas Flor que parecen surgidas de una fantasía de Sherezade, esos violines resplandecientes que acompañan la llegada de Parsifal y su bautismo por Gurnemanz en el tercer acto. Se percibe en Heras-Casado el enriquecimiento adquirido tras sus Ring de Madrid, París o Viena. Su lenguaje wagneriano se ha vuelto más sofisticado, pero sin caer en la pesantez discursiva. La ligereza de su lectura desprende luminosidad y humanidad, y eso, en Parsifal, se agradece como agua de mayo.

Un éxito personal reconocido con una ovación final llena de agradecimiento y las sonoras patadas sobre el suelo de madera del Festspielhaus, la manera tradicional con la que el público premia aquí a las grandes batutas al término de la representación. ¡Bravo!

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En el apartado vocal volvió a protagonizar al loco sabio un Andreas Schager de contundencia pétrea. El tenor austríaco, que este año ha sido además un histórico y notable Rienzi, en el único verano en que el Festival ha programado este título fuera del Canon de Bayreuth, volvió a demostrar la fortaleza de un instrumento excepcional, pese a una línea de canto tendente a la monotonía y a una emisión demasiado plana. Sus intentos de embellecer los piani, aligerar la emisión o dulcificar el fraseo no suelen dar grandes resultados, pues los sonidos se fijan, las notas se blanquean, afean el discurso y aparecen desafinaciones fruto del desapoyo y de una técnica poco refinada. Con todo, su personificación escénica del personaje convence plenamente a un público que lo vitorea con entusiasmo. Otro éxito personal para este incombustible Heldentenor de cincuenta y cuatro años.

Georg Zeppenfeld, esta vez visiblemente cansado en el primer acto, con una emisión algo más difusa de lo habitual, volvió, sin embargo, a convencer y enamorar en sus largos soliloquios. Su prestación fue claramente in crescendo. La nobleza heráldica de su timbre, la seguridad técnica y un fraseo paladeado al milímetro lo convierten en uno de los pilares del reparto. Un bajo de calidad indiscutible que firma, una vez más, una actuación de categoría superior.

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El debut en el papel de la soprano dramática finlandesa Miina-Liisa Värelä como Kundry convenció solo a medias. Si bien el instrumento presenta madurez y una sólida consistencia vocal, en los extremos de la tesitura la emisión se afea y se distorsiona. El fraseo, cuidado y dotado de la sensualidad requerida, resulta muy correcto, pero a nivel expresivo faltan matices y, sobre todo, ese carácter telúrico e hipnótico tan propio de la salvaje maldita. Es un rol de enorme complejidad dramática que seguramente ganará con el tiempo. Con todo, este debut deja abiertas dudas sobre su futura apropiación de papeles todavía más exigentes, como Brünnhilde, prevista, en principio, para el Ring de 2028 en Bayreuth.

Seguro, preciso, de fraseo atractivo y emisión homogénea resultó el serpentino Klingsor del barítono hawaiano Jordan Shanahan, al igual que el profesional y sobrado Titurel del bajo ucraniano Vitalij Kowaljow.

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Capítulo aparte merece el gran Amfortas de Michael Volle. El maduro bajo-barítono alemán, que este verano canta también Wotan en el nuevo Ring con inteligencia artificial, volvió a demostrar los galones de un artista curtido en el repertorio que más prestigio le ha otorgado. El instrumento ha perdido parte de su lustre; los agudos extremos evidencian cierto cansancio y ya no poseen la precisión de un fraseo siempre comunicativo y aterciopelado. Sin embargo, Volle continúa ofreciendo interpretaciones de enorme calidad humana y musical, siempre dentro del estilo y con el carisma de los grandes cantantes wagnerianos. Una vez más volvió a demostrar su altura artística y su admirable madurez profesional.

Llamativas, perfectamente empastadas tímbricamente y de gran calidad fueron también las Muchachas Flor. Entre ellas destacó la luminosa soprano lírica Victoria Randem, que este verano interpreta además al Waldvogel de Siegfried y a la Friedensbote de Rienzi.

Impecable el resto del reparto, respaldado por la solemne excelencia del Der Festspielchor, que volvió a demostrar que, en esta ópera y en este teatro, vale literalmente su peso en oro. La melosidad de las distintas cuerdas, la afinación, la seguridad técnica y la claridad tímbrica constituyeron una de las razones evidentes del éxito de la función bajo la dirección coral de Thomas Eitler-de Lint.

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Por lo que se refiere a la producción de Jay Scheib, la desaparición de las gafas de realidad aumentada, que en temporadas anteriores se ofrecían de forma opcional y prometían una experiencia inmersiva bastante decepcionante, no ha sido explicada oficialmente. En cualquier caso, el ahorro del incómodo uso de este dispositivo —así como de toda la infraestructura necesaria para instalarlo en las butacas del Festspielhaus— ha resultado un acierto.

La producción sigue sin pasar de una lectura mediocre: una propuesta de trasfondo medioambiental, vestuario kitsch y deliberadamente feísta, junto a una escenografía funcional pero sin mayores ambiciones espaciales. Si el segundo acto continúa siendo el más conseguido gracias a su colorido y a la rapidez de los cambios escénicos, ni la dirección de actores —meramente funcional— ni un discurso dramático plano y aburrido conseguirán que esta producción permanezca en la memoria. Otro intento del Bayreuth más experimental por buscar innovaciones técnicas que, en este caso, han terminado reducidas a una banalidad anecdótica y circunstancial.

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Fotos: © Bayreuther Festspiele