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Pisando sobre seguro

Madrid. Teatro de la Zarzuela. 25/09/2026. T. Bretón: La verbena de la Paloma con el prólogo de Álvaro Tato: Adiós Apolo. Cantantes y actores: Borja Quizá, Antonio Comas, Gerardo López, Milagros Martín, Carmen Roméu, Ana San Martín, Gurutxe Beitia, Sara Salado, Rafa Castejón, Ricardo Reguera, Lara Chaves, Alberto Frías, Tony Iniesta. Ariel Carmona. Coro Titular del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Nuria Castejón, directora de escena. Carlos Aragón, director musical.

Hay algo casi peligroso en volver a ver La verbena de la Paloma. Es una obra que conocemos demasiado bien. Sabemos cuándo llegará el «¿Dónde vas con mantón de Manila?», conocemos a Don Hilarión antes incluso de que abra la boca y llevamos tantas veces escuchando sus melodías que uno podría pensar que ya no queda nada que descubrir. Y, sin embargo, la actual función del Teatro de la Zarzuela consigue algo que no es sencillo: hacer que lo conocido vuelva a parecernos vivo.

La producción de Nuria Castejón, que ahora se repone otra vez en el Teatro de la Zarzuela después de dos años estando recorriendo diversos teatros de la geografía española con el mismo éxito que en su estreno, entiende que La verbena de la Paloma no necesita que la modernicen a la fuerza. Lo que necesita es que la dejen respirar. Y eso es precisamente lo que ocurre. Hay color, hay movimiento y hay mucho trabajo actoral. Pero, sobre todo, hay una sensación de comunidad. El escenario está lleno de gente y, lo que es más importante, parece que toda esa gente tiene una vida antes y después de la escena que estamos viendo. Porque La verbena no funciona únicamente por sus números musicales, funciona por sus personajes.

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Pero quizá lo que más me interesa de esta Verbena es que no pide disculpas por ser lo que es. No parece entrar en escena con la obligación de demostrar que la zarzuela puede ser culta, moderna o políticamente respetable. Tampoco intenta esconder sus mecanismos: hay un sainete, hay tipos populares, hay equívocos, hay canciones que el público reconoce desde los primeros compases y hay una historia que avanza con la ligereza de quien sabe que no necesita complicarse para funcionar. Esa falta de complejos resulta refrescante. Durante mucho tiempo, algunas obras del repertorio lírico español han tenido que presentarse ante el público como si necesitaran una defensa previa La verbena de la Paloma no necesita nada de eso. Su valor no depende de que la contemplemos con reverencia, sino de que la escuchemos y la miremos con atención. 

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No intenta convertir el sainete en una tragedia contemporánea. No necesita explicar constantemente al espectador por qué esta obra merece estar hoy en un escenario. Tampoco parece avergonzarse de sus chulapas, sus mantones, sus celos o sus chistes. Y eso no significa que la producción ignore el paso del tiempo, al contrario: lo asume sin convertirlo en un problema. Ahí encuentro una de las claves de la producción. La puesta en escena no trata de corregir la obra ni de protegerla de sus propios rasgos populares. La acompaña, la ordena y la deja llegar al público con sus virtudes y sus pequeñas asperezas. Hay algo muy honesto en esa decisión: aceptar que una obra puede ser sencilla sin ser simple, popular sin ser vulgar y antigua sin estar muerta.

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En una época en la que existe cierta tendencia a justificar los clásicos mediante grandes conceptos, aquí basta con hacerlos bien. La modernidad de la propuesta está precisamente en no necesitar demostrar que es moderna.

El prólogo Adiós, Apolo, de Álvaro Tato funciona como perfecto preámbulo y, en palabras del propio autor “como homenaje a todo un género, una profesión y un público”. Introduce además una reflexión sobre la propia memoria del género y sobre aquel Madrid teatral del que procede La verbena. Es un añadido que aporta contexto y emoción. Su presencia recuerda que toda tradición está hecha también de pérdidas, de teatros desaparecidos y de artistas que ya no pueden volver a ocupar el escenario. 

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Carlos Aragón, al frente de una cada vez más renovada Orquesta de la Comunidad de Madrid, ofreció una lectura de notable nivel musical, especialmente atenta a la riqueza de la partitura de Bretón. Bajo su batuta, numerosos pasajes adquirieron un marcado carácter lírico, mientras que la orquesta supo poner en relieve detalles de la instrumentación y diferentes planos sonoros que enriquecieron la escucha. Perfecto como acostumbra, el Coro Titular del Teatro de la Zarzuela.

Hablando de los principales intérpretes, Borja Quiza volvió a demostrar un instrumento de enorme pegada, unido a unas muy notables dotes escénicas que le permiten dotar a su personaje de fuerza y presencia. Carmen Romeu aportó a Susana una gran personalidad. Antonio Comas compuso un Don Hilarión perfectamente perfilado, de canto sólido y, sobre todo, alejado de esos excesos de caracterización y del envejecimiento impostado con los que en ocasiones se aborda este personaje, mientras que Gerardo López volvió a mostrar la solvencia que le caracteriza, resolviendo con seguridad y naturalidad su cometido.

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La veteranía de Milagros Martín se hizo patente en una interpretación cargada de oficio y verdad escénica, a su vez Gurutze Beitia supo imprimir a su personaje una marcada personalidad y un excelente sentido del humor. Sara Salado resultó una cantaora especialmente apropiada y Rafa Castejón, continuador de la saga familiar, volvió a poner de manifiesto su experiencia y su probado buen hacer.

El Teatro de la Zarzuela inaugura su temporada con un valor seguro y lo hace pisando fuerte. Esta Verbena de la Paloma se presenta como uno de esos montajes que, con el tiempo, están llamados a convertirse en referencia dentro de la trayectoria reciente del teatro. Una producción que entiende que un clásico no necesita ser disfrazado de otra cosa para seguir vigente, sino ser tratado con respeto, inteligencia y, sobre todo, con vida. Una Verbena que se disfruta sin complejos, que reivindica su carácter popular y que permite que varias generaciones puedan acercarse a la obra y descubrir, o redescubrir, sus innumerables virtudes. Música, teatro, humor y tradición se dan la mano en una propuesta que devuelve a Bretón y a Ricardo de la Vega toda su capacidad de comunicación. Una manera, en definitiva, de comenzar la temporada recordándonos que hay títulos que no necesitan ser reinventados para seguir siendo actuales. Solo necesitan una buena producción que sepa mirarlos de frente y dejar que hablen por sí mismos.

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 Fotos: © COMM MEDIA GROUP