Orcam_Mahler_3_c_Jed_Cabrera_3.jpg© Jed Cabrera 

Crear un mundo y atreverse a romperlo

La ORCAM inaugura su temporada con la Tercera sinfonía de Mahler, una monumental arquitectura en la que Alondra de la Parra encuentra claridad y lirismo, aunque no siempre el abismo que Mahler parece exigir

La tercera sinfonía de Gustav Mahler no es solamente una obra de enormes dimensiones, es una tentativa de explicar la existencia desde la naturaleza hasta el amor, pasando por los animales, el ser humano, la noche y los ángeles. Hablamos de un compositor que de alguna manera no compone sinfonías, sino que intenta meter el mundo dentro de ellas. Por eso resulta particularmente significativa su elección para inaugurar la temporada de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. La creación de un todo reúne sobre el escenario una orquesta de grandes proporciones, coro femenino, coro infantil y mezzosoprano. Una auténtica criatura sinfónica que Alondra de la Parra dirige como titular y directora artística de la formación madrileña.

No es una manera discreta de comenzar el curso. Tampoco Mahler fue nunca partidario de lo discreto.

Construir un universo

La Tercera nació en los veranos de 1895 y 1896, en Steinbach, junto al Attersee. Mahler la concibió inicialmente con un programa todavía más explícito, con títulos que pretendían describir aquello que cada movimiento contaba. Después renunciaría a ellos, aunque la arquitectura conceptual permaneció intacta, desde la materia y la naturaleza hasta una dimensión espiritual que encuentra en el último Adagio su respuesta más íntima.

La ORCAM afronta así una partitura que exige prácticamente todo: masa, precisión, transparencia, variedad tímbrica y, sobre todo, una extraordinaria capacidad para cambiar de escala sin perder el hilo.

En el primer movimiento, -Pan se despierta; llega el verano- Alondra de la Parra no utiliza un gesto especialmente ortodoxo. Pero sí eficaz. Su dirección consigue ordenar un organismo gigantesco y presentar los distintos planos sonoros con notable diafanidad. La percusión realiza un esfuerzo considerable y los vientos -afinados, empastados, seguros- contribuyen a una construcción instrumental de indudable calidad.

Hay tensión en el discurso, aunque no siempre termina de mantenerse la línea narrativa general. Y quizá ahí aparece desde el comienzo la principal característica de esta lectura, donde De la Parra prefiere mirar a este Mahler desde una perspectiva más lírica que terrible. El carácter tremebundo que puede tener este comienzo queda, por ello, algo amortiguado. La música avanza con claridad y nobleza, pero no siempre con esa sensación de fuerzas primarias que pugnan por salir de la tierra. Y Mahler, aquí, también quiere ser eso.

Entre la ironía y la belleza

El segundo movimiento -Lo que las flores del prado me enseñan- permite apreciar mejor una cuestión esencial en Mahler, que no es otra que su capacidad para no tomarse del todo en serio aquello que parece sublime. Hay acidez en su música. Hay ironía. Hay algo incluso socarrón. Bajo la apariencia de una contemplación de la naturaleza se esconde un compositor capaz de introducir una sonrisa torcida, una exageración, un gesto casi caricaturesco.

De la Parra busca esa veta, aunque quizá sin llevarla hasta sus últimas consecuencias. Todo está demasiado en su sitio. Falta algo de esa mordacidad que hace que Mahler sea, precisamente, Mahler y no simplemente un heredero lírico del romanticismo tardío. Hubo, sin embargo, momentos instrumentales de gran belleza. El oboe destacó por su expresividad y el portamento de la cuerda estuvo particularmente logrado. El balance entre las distintas familias podría haber ofrecido mayor integración, pero la calidad individual del trabajo orquestal fue constante.

En el tercer movimiento, - Lo que los animales del bosque me enseñan- la lectura vuelve a inclinarse hacia lo retórico y lo lírico. Es una elección coherente con la visión general de la directora, pero resta algo de aquella acidez mahleriana que permite que una misma melodía pueda ser, simultáneamente, hermosa y ligeramente incómoda. De hecho, Mahler nunca deja que la belleza descanse del todo tranquila.

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La noche y los ángeles

En el cuarto tiempo, -Lo que los hombres me enseñan - la entrada de la mezzosoprano Jennifer Johnston abre otra dimensión. Su voz, bella y de noble timbre, encontró una buena integración con el tejido orquestal, mientras De la Parra supo desengranar el carácter misterioso de este cuarto movimiento, donde la música parece detenerse para escuchar una voz interior. 

Aquí la Tercera deja de mirar únicamente hacia la naturaleza. Empieza a mirar hacia el hombre. Después llegarán los ángeles, las voces infantiles y ese territorio ambiguo en el que Mahler mezcla ingenuidad, trascendencia e ironía. El coro de niños y las sopranos respondieron con solvencia, contribuyendo a uno de los aspectos más singulares de la partitura.

El quinto movimiento -Lo que los ángeles me enseñan- fue quizá el menos convincente de la noche. Más efectista que efectivo, con algún desajuste rítmico y una tendencia a suavizar los contrastes, quedó algo lejos del expresionismo incipiente que ya habita estas páginas. Mahler necesita aquí cambios bruscos de temperatura, una cierta incomodidad, incluso una dosis de exceso. La música no debería estar siempre tan bien educada.

El amor no es frágil

Y llegamos al Adagio- Lo que el amor me enseña-. Es difícil encontrar una página de Mahler que exija tanto de una orquesta y, al mismo tiempo, tanto del intérprete. El sexto movimiento no puede reducirse a una bella contemplación. Es una música desgarradora.

Hay que llevarla al límite.

No se trata de patetismo. Tampoco de sentimentalismo. Es una melancolía extrema, una belleza que debería contener en su interior la conciencia de que toda belleza está condenada a desaparecer.

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La ORCAM trabajó aquí con una calidad notable. La cuerda mostró una vez más su capacidad para construir un sonido amplio y homogéneo y todas las familias instrumentales respondieron al desafío de una partitura que deja muy poco margen para la comodidad. Pero precisamente por esa calidad instrumental se echó de menos algo más. El gran clímax final en Re mayor no debería ser únicamente expansivo y sonoro. Necesita convertirse en la consecuencia inevitable de todo lo que se ha acumulado antes. No basta con llegar arriba, hay que sentir que algo se ha roto para poder llegar allí.

En esta ocasión, la resolución resultó más grandiosa que trágica, más expansiva que devastadora. Hubo sonido, hubo amplitud, hubo belleza. Faltó quizá ese punto de colapso emocional que transforma la tensión acumulada en una verdadera liberación.

Y esa diferencia es importante. Porque Mahler no pide solamente que el final sea hermoso. Pide que, después de atravesarlo, algo dentro de nosotros haya cambiado.

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Una buena orquesta ante una obra quimérica

La lectura de Alondra de la Parra tuvo, por tanto, una virtud y un límite que son, en realidad, dos caras de la misma elección.

La virtud: claridad, transparencia, control de los planos, calidad de las distintas familias instrumentales y una concepción lírica que permite respirar a una partitura gigantesca sin convertirla en un mero espectáculo de masas.

El límite: Mahler necesita también lo contrario. Necesita suciedad, ironía, violencia, contraste, expresionismo y esa mezcla tan suya de lo sublime y lo grotesco que hace que una marcha pueda resultar al mismo tiempo conmovedora y ridícula, que una melodía pueda ser hermosa y cruel.

La ORCAM, en cualquier caso, ofreció una respuesta de gran solvencia a una de las partituras más exigentes del repertorio. Percusión, vientos, cuerda, coros y solista formaron parte de un esfuerzo colectivo que merece ser destacado. No es poco inaugurar una temporada enfrentándose a la Tercera de Mahler.

Quizá la cuestión sea otra. Cuando Mahler quiso explicar el mundo, no quiso construir un mundo perfecto. Quiso introducir en él sus contradicciones, la belleza y el espanto, la ironía y la fe, lo vulgar y lo sublime, la vida y la muerte. Alondra de la Parra y la ORCAM encontraron esta noche buena parte de su belleza. Quedó pendiente, en algunos momentos, su herida. Y acaso sea esa herida —más que la perfección del sonido— la que hace que una interpretación de Mahler permanezca en la memoria.

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Fotos: © Jed Cabrera | © David Mudarra