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Experimentación musical y cristianización del mito
Roma. 24/10/2026. Accademia Nazionale di Santa Cecilia. Clay Hilley (Siegfried), Wolfgang Ablinger-Sperrhacke (Mime) Michel Volle (Der Wanderer), Wolfgang Koch (Alberich), Falk Struckmann (Fafner), Elisabet Strid (Brünnhilde), Anna Kissjudit (Erda), Lysa Menu (Stimme des Waldvogels). Vincent Huguet, dirección de escena. Daniel Harding, dirección musical.
La ciudad de Roma no se considera un epicentro de la cultura wagneriana. Según su archivo, el Teatro dell’Opera di Roma apenas ha representado las cuatro óperas de El anillo del nibelungo a lo largo de la historia. Únicamente sucedió en cinco ocasiones, de las cuales solo dos se realizaron en su idioma original: el alemán. Sin embargo, el vínculo entre la Ciudad Eterna y Richard Wagner va más allá del número de obras escenificadas en tales coordenadas geográficas. La conexión radica en el trabajo trascendental sobre este repertorio que ciertos directores de orquesta han llevado a cabo en Roma. Pues algunos de los nombres de mayor prestigio del siglo XX encontraron en dicha ciudad el escenario perfecto para desarrollar sus concepciones interpretativas personales del universo wagneriano.
En este sentido, Roma es muy querida entre los wagnerianos por haber acogido el único registro radiofónico que se conserva de una tetralogía completa dirigida por Wilhelm Furtwängler —teniendo en cuenta que la versión realizada en Milán presenta cortes, y el proyecto discográfico previsto en Viena quedó inconcluso tras la muerte del maestro en 1954—. La grabación romana de Furtwängler con la extinta Orquesta Sinfónica de la RAI ha pasado a la posteridad al tratarse del principal testimonio sonoro de su aproximación musical al Anillo. Con todo, su escucha exige sobreponerse a las limitaciones acústicas del registro (parcialmente subsanadas en las sucesivas remasterizaciones), y a algunas deficiencias interpretativas de ciertos cantantes e instrumentistas.

Junto a Furtwängler hay que situar a Giuseppe Sinopoli, quien abordó las cuatro óperas de la tetralogía en la Academia Nacional de Santa Cecilia de Roma entre 1988 y 1991. Es decir, mucho antes de convertirse en el primer director de orquesta italiano que dirigiría un Anillo completo en el Festival de Bayreuth. El ciclo romano de Sinopoli en la Academia suele entenderse como un antecedente de la singular concepción que el maestro desarrollaría más tarde en Bayreuth, la cual despertó una recepción muy dividida por sus tempi extraordinariamente dilatados, y que propiciaron innumerables comparaciones con los de Reginald Goodall y Hans Knappertsbusch.
En el vigésimo quinto aniversario de la muerte de Sinopoli, la Academia Nacional de Santa Cecilia ha rendido un homenaje a su antiguo director titular con un doble evento. De entrada, se ha comisariado una pequeña exposición sobre el vínculo personal del maestro veneciano con Richard Wagner, en la que pueden verse documentos inéditos de sus conciertos en Roma y reflexiones sobre su forma de entender la tetralogía cual construcción filosófico-simbólica. Por otro lado, la Academia ha querido conmemorar dicha efeméride con el estreno de Siegfried, siguiendo con la nueva producción de El anillo del nibelungo que la sala emprendió un año atrás.

Valga decir que el proyecto inicial no nació con la ambición escénica que ha adquirido posteriormente. En un primer momento, se había previsto ofrecer una versión de concierto de Die Walküre para inaugurar la temporada 2025/2026, dado que el mayor interés del evento radicaba en la dirección musical de Daniel Harding, titular de la Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia. Más adelante, se decidió acondicionar la sala de conciertos para albergar una escenografía completa y, así, realizar un montaje propio de la tetralogía en su totalidad (siendo muy inusual comenzar el Anillo por su segunda entrega, en lugar de seguir el orden establecido empezando por su prólogo, Das Rheingold).
A pesar de los esfuerzos de la Academia por trascender el planteamiento inicial y atraer a más público añadiendo un decorado escénico, todas la miradas siguen puestas en Daniel Harding. Eso se debe a que el maestro británico, que en 2027 sucederá a Gustavo Dudamel al frente de la Filarmónica de Los Ángeles se está enfrentando al Anillo por primera vez en su carrera. De modo que, tras Furtwängler y Sinopoli, la historia se repite nuevamente: Roma vuelve a convertirse en un laboratorio de experimentación wagneriana para uno de los grandes directores de orquesta contemporáneos.

La especialización de Harding en el repertorio sinfónico lo ha llevado a abordar la partitura de Siegfried con una claridad analítica extraordinaria, donde prima la riqueza tímbrica, poniendo el énfasis en la diferenciación de los planos sonoros. Dirigir un Wagner de tal transparencia no hubiese sido posible sin un previo y exhaustivo trabajo de cohesión orquestal. Cabe señalar que ese control ha crecido respecto al año anterior, ya que se apreció en mayor grado en Siegfried, que en Die Walküre. Por otro lado, no faltó la característica flexibilidad y fluctuación temporal que suele llevar a cabo Harding mediante el rubato. Ciertas decisiones suscitaron algunas dudas (como el ralentizado dúo de amor del último acto). Pero, en conjunto, fue una lectura muy audaz e inteligente. Harding aportó su sello personal explorando las posibilidades expresivas de la partitura.
El pasaje instrumental “Murmullo del bosque” (“Waldweben”) constituyó el punto álgido de su dirección, así como las tres introducciones orquestales de cada acto. Asimismo, el británico prestó especial atención al equilibrio entre la orquesta y los cantantes, procurando no cubrirlos. No obstante, la disposición de los músicos sobre el escenario (en un plano inferior al decorado) dificultaba la escucha nítida de las voces. Por desgracia, la ambición escénica de la Academia ha terminado comprometiendo la calidad de la propuesta. Como ya se sabía, las limitaciones de la sala solo garantizan una experiencia acústica satisfactoria si los cantantes se sitúan delante de la orquesta, y no encima de ella.

En cuanto a la propuesta escénica, su director Vincent Huguet ha recuperado la estructura construida en Die Walküre por el arquitecto Pierre Yovanovitch. Se trata de una escalera frontal que parte el escenario en dos, junto a un par de escaleras gigantes, situadas a ambos lados. Este decorado se mantiene en los tres actos, cambiando únicamente las pinturas rupestres de animales y los cuadros con paisajes boscosos sobre los muros. El planteamiento regie theater de Vincent Huguet sitúa cada una de las cuatro óperas de la tetralogía en diferentes momentos de la historia de Roma, evocando las transformaciones de poder que se han sucedido a lo largo de los siglos. Tras ambientar Die Walküre en una Roma imperial marcada por las rivalidades políticas y las conspiraciones palaciegas, Siegfried se sitúa en algún punto tras el colapso del Palatino y el asentamiento del poder papal del Vaticano.

Resulta inevitable comparar esta propuesta con el mítico Anillo del centenario de Patrice Chéreau en Bayreuth, especialmente teniendo en cuenta que Huguet ha sido asistente de dirección de Chéreau en distintas ocasiones. Sin embargo, Huguet se distancia de su maestro al despojar la escena de elementos que permitan identificar el contexto histórico. Tan solo el vestuario —firmado por la emblemática sastrería Tirelli Trappetti— ofrece las claves visuales para descifrar el regie theater del francés.
Cada personaje simboliza un emblema religioso del final de la Edad Media, del Renacimiento y del Barroco más tardío (en el caso de Brünnhilde). Der Wanderer encarna la poderosa figura del Papa, Alberich es un caballero de las cruzadas, Mime aparece cual monje franciscano, Siegfried evoca al personaje de San Jorge que da muerte al dragón, mientras que la Valquiria se convierte en la Santa Teresa de la célebre escultura de Bernini. Con todo, la caracterización más lograda fue la del Stimme des Waldvogels. El pájaro del bosque se transforma en un ángel de alas multicolor —similares a los que inmortalizaron ciertos pintores del Trecento y Quattrocento como Vitore Carpaccio, Lorenzo Monaco o Taddeo Gaddi—, el cual protagoniza una suerte de Anunciación dirigida a Siegfried, en lugar de a la Virgen María.

El reparto de este Sigfried reunió algunas de las voces wagnerianas más solicitadas del panorama lírico actual. Sin ser el nombre principal del cartel, Michael Volle se convirtió en el gran triunfador de la velada. Tras dar vida a Wotan en la ópera anterior de esta producción, el bajo-barítono alemán regresó a Roma para encarnar un Der Wanderer de una autoridad vocal incontestable. Fue memorable su diálogo con Erda, donde Volle desplegó toda su riqueza expresiva transmitiendo la angustia de un dios que es consciente del declive de su poder. Buena parte del éxito de la escena se debe también a su interlocutora, Anna Kissjudit. La mezzo-contralto húngara, que ya ha interpretado a Erda en Bayreuth, Berlín y Viena, volvió a convencer por la amplitud de su instrumento y, sobre todo, por la resonancia oscura y poderosa de sus graves, ideales para evocar la naturaleza telúrica y la sabiduría ancestral del personaje.

El heldentenor estadounidense Clay Hilley sostuvo el papel protagonista con una notable resistencia y solidez vocal que logró mantener a lo largo de toda la función. A esa fortaleza se sumó un enfoque dramático convincente, en el que dibujó un Siegfried de perfil juvenil y espontáneo, menos heroico que en otras ocasiones. La Brünnhilde de Elisabet Strid destacó por la belleza vocal de su instrumento, apoyada en una férrea emisión que le permitió atravesar la orquesta en su única intervención. Sin embargo, la soprano sueca careció de la variedad tímbrica esperada, ofreciendo una Valquiria poco expresiva y demasiado homogénea.

El tenor austríaco Wolfgang Ablinger-Sperrhacke dejó una impresión muy grata como Mime. Su voz imitó el carácter patético y grotesco del personaje sin caer en la burla ridícula. También resultó muy elocuente el Alberich del bajo-barítono alemán Wolfgang Koch durante su tenso diálogo con Der Wanderer por el acento de malevolencia que consiguió a través de su canto. Cerraron el resto del elenco, el veterano bajo-barítono alemán Falk Struckmann con un Fafner solvente, aunque con exceso de gruñidos, y una estridente Lysa Menu como Stimme des Waldvogels, dado el abuso de vibrato en su poco ágil coloratura.

Fotos: © ANSC | MUSA
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