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zimmermann harold hoffmann 1 

La novedad en lo de siempre

Madrid. 24/02/2017. Auditorio Nacional. Obras de Bach, Prokofiev, Stravinsky y Torres. Orquesta y Coro Nacionales de España. Frank Peter Zimmermann, violín. Dir. musical: Jordi Bernàcer.

El Auditorio Nacional acogió en esta ocasión un programa ecléctico y de compleja interpretación donde se dieron la mano Bach, Prokofiev, Stravinsky y Torres. Al mando el joven director Jordi Bernàcer y como solista el excelente violinista Frank Peter Zimmermann.  En la primera parte dos conciertos donde se prueba la destreza y desenvoltura de cualquier intérprete del violín: el de Bach, raramente programado, y el de Prokofiev, que se ha hecho un lugar entre los conciertos para violín más destacados.

Se abrió la velada con el Concierto para violín en re m BWV 1052R de J. S. Bach, concebida para violín inicialmente pero que se mantuvo en el repertorio para teclado hasta su reconstrucción para violín en 1917 por Robert Reitz. El Allegro comenzó con un sonido equilibrado entre la orquesta y Zimmenmann quien hizo un derroche de técnica: dobles cuerdas, matices contrastantes, trinos… si bien se echó en falta más rotundidad en los tutti, y un poco de flexibilidad en la dirección en los momentos a solo, donde no parecía respirar la música de Bach. El segundo movimiento fue más sensible, inspirado, con unos unísonos compactos. El Adagio permitió a Zimmermann disfrutar del sonido, con graves llenos y consistentes,  y  terminar en una sola y cautivadora nota tenida que dejaba suspendido el final.  Por fin en el último Allegro el conjunto tocó con renovada energía, sonido compacto y  compensación entre las partes a tutti y a solo. El violín sonó pleno y con una articulación más limpia aunque tuviera una escritura endiablada similar a la del primer movimiento. Director y solista no llegaron a una entente cordial, Bernàcer dirigió un Bach de tempo más bien fijo y Zimmerman necesitaba mayor espacio interpretativo, cosa que sí se dió en el maravilloso Concierto para violín núm. 1, opus 19 de Sergey Prokofiev

La orquesta se amplió frente a la formación usada para Bach. El primer movimiento Andantino, no es el habitual Allegro de los conciertos clásicos. Prokofiev marca la diferencia componiendo un concierto que está entre el Clasicismo y el Romanticismo en cada una de sus partes. Comenzó éste delicadamente, formando la orquesta un lecho armónico donde la belleza de la línea del solista destacó y se enriqueció. Los diálogos con la flauta,  el clarinete y el oboe fueron de una factura exquisita. El violín de Zimmerman brilló en todo su registro, mostró un despliegue de dobles cuerdas claras e intensas, armónicos perfectamente afinados, y un discurso interno coherente con el compositor y su propia interpretación. La orquesta respondió a la misma con un sonido carnoso en las maderas y densidad en los contrabajos a los que se sumaron los timbales, para concluir con una atmósfera mágica junto al solista tocando en una tesitura muy aguda y comprometida. 

Prokofiev sigue contraviniendo las normas de lo clásico, y en segundo lugar escribe un Scherzo. Como su propia palabra indica, gracioso, pero también intenso y enérgico, un tratamiento del violín espectacular, de grandes saltos en la escritura para el solista, a la par que efectista en el uso de glissandos, y mayor colorido sonoro en la orquesta, con un arpa tocando en su registro más agudo, y final inesperado e  interrumpido en seco.  

La obra terminó de una forma similar al comienzo, con gran serenidad. El tercer movimiento, Moderato, se inició con el canto del fagot, y una orquesta con tonalidades inquietantes. Se le sumó al discurso el oboe y el clarinete, conjuntamente a Zimmerman. Y de nuevo, una demostración técnica con escalas, sobreagudos, pero con una orquesta de tono amable y un solista deslumbrante, dueño de la obra y del conjunto, que se adaptó a los requerimientos de la misma junto a su director ésta vez más dúctil. Una interpretación buena, justa y emocionante.

En la segunda parte del programa Igor Stravinsky irrumpía con una mezcla de la fuerza de su música y la sutileza del “príncipe de los madrigales” Gesualdo. Es un concierto sin solistas, al modo de los madrigales a capella. Tres movimientos, como tres de sus madrigales, los números 14 (Asciugate i begli occhi) y 18 (Ma tu, cagion di quella) del libro V y el 2 (Belta poi che t´assenti) del libro VI. Se le suma otra particularidad, la ausencia de flautas, clarinetes y percusión en esta obra, que ayudan a crear un ambiente más íntimo y cercano al madrigalista, pues no dejan de ser una orquestación de Stravinsky para estas tres piezas de Gesualdo.

Asciugate i begli occhi, entró con las trompas, no muy limpiamente, y algo descasadas. Seguidamente las demás secciones se fueron incorporando, cantando los violines, las maderas o las violas, asentándose de este modo el movimiento. En segundo lugar Ma tu, cagion di quella atroce pena, donde el peso narrativo lo sustentaron los oboes, recordó a las sonoridades del Renacimiento. Un movimiento breve, como el anterior, pero que no supone un cambio de tempo drástico al modo de los conciertos de la primera parte.

Por último  Beltà poi cha t´assenti, sí reflejó nuevos colores. De nuevo las trompas tuvieron un lugar destacado, primando sobre la cuerda, y aunque la escritura es más inestable tonamente, el carácter del movimiento reflejó mayor vigor incluyendo el contrapunto propio del original de Gesualdo. La orquesta dió sensación de imprecisión en varias entradas bajo la batuta de Bernàcer, si bien, no dejó mal sabor de boca el global del concierto.

Sonetos de Jesús Torres, es una obra de encargo para la Orquesta y Coro Nacionales de España, cuyo recorrido por la poesía del siglo de oro español, nos ayuda a entender el itinerario anímico de quien lamenta la pérdida de un ser querido en siete poemas. Suspiros tristes, lágrimas cansadas, es el primero de ellos, sin participación de los barítonos. Aparece el oboe sólo y cristalino para luego entrar las sopranos, en una tesitura aguda y muy piano, que produjo cierta tirantez sonando un poco bajas respecto a la orquesta, que fue mero marco para las palabras de Luis de Góngora. 

Desmayarse, atreverse, estar furioso, con texto de Lope de Vega y Es hielo abrasador, es fuego helado de Francisco de Quevedo (el primero de los cinco números con su poesía), conforman una unidad. El primero reflejó el temperamento de cada palabra en su escritura musical y se caracterizó por su dinamismo y contundencia en orquesta y coro, más compacto hasta el final y de gran densidad sonora; el segundo mantiene el empuje del soneto anterior, la percusión aumenta su protagonismo, y el coro canta de forma efectista hasta un tutti orquestal y coral absolutamente conclusivo.

En el ecuador de la obra varió la textura y se limitó a seis profesores del coro por cuerda, en los que se alternaron las secciones vocales, dándole dinamismo y combinando colores en Amor constante más allá de la muerte. Hasta el final de la segunda estrofa del poema fue únicamente coral. Desde ese punto empezó a integrarse la orquesta con perfectas disonancias, mucho metal y percusión hasta llegar a su término unido al texto, junto a un coro impresionante.

De nuevo el coro al completo participa en Puedo estar apartado, mas no ausente y Tras arder siempre, nunca consumirse. El primero comienza con campanas que recuerdan a misas de difuntos, compás ternario vivaz, animado y brillante en su primera estrofa, para seguidamente tornarse íntimo en las estrofas segunda y tercera, y volver a cambiar en la última con un tratamiento coral y orquestal tajante; en el segundo, el ritmo se adueñó del soneto, incorporando sordinas en los metales. Resuelve musicalmente esa pelea interna de sobrevivir a pesar del dolor, mezclando temas vigorosos con otros que resultaban turbadores.

El cierre de los Sonetos se hizo con Miré los muros de la patria mía, que inician los violonchelos seguidos de los contrabajos, otorgándole  un ambiente sombrío. Se reafirmó su oscuridad  con el único color de las voces masculinas, que en un esfuerzo por apianar (los barítonos) se quedaron un poco altos de afinación. En las estrofas tres y cuatro, orquesta y coro masculino evolucionaron hacia un sonido exuberante de mayor presencia hasta llegar al verso “que no fuese recuerdo de la muerte” donde todo se fue acallando, perdendosi hasta el recogido y maravilloso punto y final.

Como tónica general el texto no se entendió, salvo palabras muy destacadas musicalmente en cada uno de los sonetos, y hubo indeterminación en algunas entradas tanto para el coro como para la orquesta. Desde luego siempre es un reto afrontar una obra de estreno, aunque ésta fuera equilibrada en cuanto a estructura y tratamiento expresivo. 

En ocasiones programar obras tan dispares estilísticamente no sólo resulta complicado para los intérpretes, sino que deja también un sabor dispar en el oyente, aun estando hilvanadas temáticamente. En este caso el público pudo disfrutar de un recorrido sonoro muy completo, pero no terminó de paladear ninguna de ellas.

 

 

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