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Rigoletto Liceu 2 A Bofill 

Delito y castigo

Barcelona. 30/03/17. Gran Teatre del Liceu. Antonino Siragusa (Duque de Mantua), Àngel Òdena (Rigoletto), María José Moreno (Gilda), Enrico Iori (Sparafucile), Ana Ibarra (Madddalena), Gemma Coma-Alabert (Giovanna), Gianfranco Montresor (Conde de Monterone), Toni Marsol (Marullo), Josep Fadó (Matteo Borsa), Xavier Mendoza (Conde de Ceprano), Mercedes Gancedo (Condesa de Ceprano), Mariel Fontes (Un paje). Coro de la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro del Liceu. Dir. coro: Conxita García. Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu. Dir. Mus.: Riccardo Frizza. Dir. Monique Wagemakers. Escenografía: Michael Levine. Vestuario: Sandy Powell. Iluminación: Reiner Tweebeeke. Reposición de la iluminación (Cor van den Brink).

Rigoletto siempre es una fiesta sonora pero si además en el reparto el terceto protagonista tiene tanta calidad como en el que nos ocupa la satisfacción final está asegurada. Debutó el barítono tarraconense Àngel Òdena en el rol titular y demostró porqué ha escogido este momento de su carrera para hacerlo. Òdena se encuentra en ese punto de estado vocal óptimo y maduro que le permite profundizar en el que seguramente es el rol verdiano baritonal más representativo y complejo. La voz es redonda, de timbre oscuro y potente cuerpo, proyección óptima y color agradable, tiene las condiciones ideales para afrontar los roles verdianos propios de un cantante ya asentado y en gran forma vocal. Su concepción del personaje está interiorizada y medida desde el principio. Sus intervenciones iniciales mostraron al barítono espléndido y sólo faltó menos énfasis vocal en aras de una búsqueda de colores y expresividad en el primer acto, sobre todo en su primera escena con Gilda, donde los temores y miedos del padre temeroso quedaron algo desdibujados. Sin embargo, a partir del segundo acto, esos miedos, esa humanidad desgarradora de un personaje brutal y frágil, se pudieron disfrutar con un Cortiggiani impactante y emotivo. Este pasaje modélico donde Verdi invierte el tradicional orden de aria-cabaletta, con el inicio tormentoso de la ira de Rigoletto que se va transformado en súplica para acabar casi mendigando la piedad de unos cortesanos crueles e indiferentes, mostró las mejores cualidades del barítono, dominio de la técnica, potencia y cuidado en ese canto legato verdiano tan exigente. Su posterior dúo con Gilda, cabaletta del dúo, cuarteto del último acto y aria final consagraron el rol-debut de Òdena con el éxito merecido para un cantante en estado de gracia. 

Hablar de la soprano María José Moreno es hacerlo de una de las sopranos españolas más queridas y de carrera más orgánica y bien planteada. Musical, con una técnica bien asentada y un control que se antoja fluido y natural de su instrumento, Moreno dibujó una Gilda madura y natural. A pesar de ser un personaje naif y aparentemente frágil, la evolución de la hija del bufón en la ópera es evidente, pasando por su enamoramiento, su dependencia emocional con el padre y luego con el Duque y la fuerza inquebrantable que la lleva al sacrificio final, necesitando de una intérprete que controle las exigencias de la particella y que sepa mostrar esa evolución y colores en el canto. Moreno domina el rol con los resortes de una cantante experimentada, que conoce bien su instrumento y sabe dosificarlo con sabiduría y efectividad. Bonito canto legato, medidos agudos y fraseo inmaculado, el triunfo de su Gilda se vio coronado con un Caro nome impoluto, picados y sobreagudos impecables, pero sobretodo con las evolución expresiva de su dúo del segundo acto con Rigoletto, y un Tutte le feste expresivo, todo candor. Otro triunfo personal para la soprano española quien además el día de esta función celebraba su cumpleaños, añadiendo otro éxito personal a sus últimas temporadas en el Liceu, después de una Cendrillon inolvidable y una expresiva Lucia di Lammermoor

Es curiosa la reacción del público muchas veces a la hora de valorar a un cantante. La presentación del Duque de mantua del tenor italiano Antonino Siragusa fue recibida con una inusitada frialdad desde su aria presentación Questa o quella. Cierto es que su timbre algo nasal y una voz de color más ligero de lo habitual en este rol pueden llamar la atención para un público acostumbrado a voces más líricas, con más cuerpo, pero el canto de Siragusa es siempre estiloso, con un buen fraseo y una facilidad en el registro agudo francamente destacable. Su voz fue ganando en profundidad con un Parmi veder elegante, coronado con una cabaletta irreprochable; su dúo con Gilda del primer acto mostró también un cantante maduro que sabe aunar expresión y técnica, con un empaste de timbres con Moreno efectivo y meloso. Cantó la célebre La donna è mobile con efusividad y sin problemas y condujo el magistral cuarteto Bella figlia con autoridad y solvencia, por lo que los pobres aplausos al final en su saludo al público se antojaron injustos y fríos. 

El Sparafucile de Enrico Iori pasó sin pena ni gloria, con un registro grave algo seco y una proyección limitada a la que no ayudó en absoluto la ausencia de escenografía. Ana Ibarra fue una solvente Maddalena aunque quedó algo eclipsada en el cuarteto final. Ajustado el plantel de compirmarios con destacadas puntas de calidad en la voz de Gemma Coma-Alabert como Giovanna, el debut en el Liceu de Mercedes Gancedo como Condesa de Ceprano o la siempre efectiva teatralidad de Toni Marsol como Marullo. Impecables el Borsa de Josep Fadó, el Conde de Ceprano de Xavier Mendoza y el paje de Mariel Fontes. El Monterone de Gianfranco Montresor fue el único lunar de un reparto bien equilibrado. La fuerza de su Maledizione no fue tal, ni por proyección ni por cuerpo; uno de los papeles secundarios con mayor peso simbólico en la historia quedó en una anecdótica intervención sin fuste ni carisma.

Riccardo Frizza no tuvo el mejor comienzo en el preludio que sonó deslavazado y sin fluidez, cosa sorprendente en una séptima función, pero las cosas se encauzaron con rapidez en las intervenciones solistas posteriores. La orquesta, siempre en estilo, demostró su buen estado de forma a pesar de momentos puntuales de descuadre con los cantantes e incluso alguno con el coro masculino dirigido por Conxita García, quienes obtuvieron por otra parte un rotundo éxito final. Frizza supo escanciar el drama con efectos sonoros como el tormentoso Cortigiani con unas cuerdas de puro nervio o la elegancia del cuarteto; mención especial para las cuerdas graves que volvieron a demostrar su atractiva calidad sobretodo en el tercer acto y escenas con Sparafucile.

La producción de Monique Wagemakers puede tener el delito de prescindir de una escenografía física y decorativa como tal ya que presenta una escena eminentemente desnuda y abierta, presidida por una gran plataforma en forma de cuadrilátero, que deja virtualmente desnudos a los protagonistas. Pero sabe jugar bien con una iluminación y está basada en un vestuario preciosista y muy teatral, que deja el protagonismo a los movimientos del coro y los solistas. Una escalera infinita que refleja el mundo ideal de una Gilda destinada a morir sacrificada, una corte fría y macabra que preside como una Inquisición implacable el destino trágico de Rigoletto y un Duque superficial y vacío que sale airoso de todo, llevan en esta puesta en escena hábil y efectista a una buena confección final. Quizás aquí el less is more escénico peca de la misma superficialidad del carácter del Duque de Mantua, pero el triunfo final de la producción es inapelable, el castigo del destino de Rigoletto queda retratado como si de un cuadro de Edward Hooper se tratara, Verdi triunfa y el drama imperecedero de la ópera queda en esencia reflejado.

 

 

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