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Lawrence Foster Marc Ginot 

Emerger con brillantez

Barcelona. 22/4/17. Auditori. Mendelssohn: El mar en calma y próspero viaje. Elgar: Concierto para violonchelo y orquesta. Aurélien Pascal, violonchelo. Beethoven: Triple Concierto para violín, violonchelo, piano y orquesta. Miguel Colom, violín. Fernando Arias Fernández, violonchelo. Juan Pérez Floristán, piano. Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña. Dirección: Lawrence Foster.

Lawrence Foster, director titular de la OBC durante 6 años (1996-2002) volvió a ponerse al frente de la orquesta para conducir un programa marcado por la implicación en ofrecer una plataforma de proyección de intérpretes jóvenes. Una orquesta que dicho sea de paso, no trata especialmente bien a los ex-directores titulares, y que en casos como el de Foster o el de Salvador Mas, han tenido que esperar demasiado para recibir una invitación. El Festival “Emergents” fue el marco en el que se invitó al director norteamericano. Son varias las instituciones que participan durante una semana para configurar una programación en la que se dé visibilidad al talento emergente, y que en el primero de los dos programas tuvo como protagonistas el violonchelista francés Aurélien Pascal y el Trío Vibrart. 

Antes y para comenzar, Foster emprendió una cuidada dirección del op. 27 de Mendelssohn; El mar en calma y próspero viaje. Como ya hiciera Beethoven poco antes en su cantata homónima, la obertura de concierto del compositor de Hamburgo bebe de forma programática de los poemas de Goethe Meeresstille y Glückliche Fahrt: piezas pequeñas, modestas y descriptivas que en su traslación a la música la impregnan de universos contrastantes. Algo más de énfasis faltó sin duda para dibujar esa atmósfera, en un inicio dubitativo y sin tensión, que logró resolverse con flexibilidad y empaste en las cuerdas en los pasajes más cristalinos. Destacó la calidad y el equilibrio en los ataques de las trompetas en la fanfarria final que celebra la llegada del barco. 

Para “mostrarse”, Pascal eligió una de las obras fetiche de la historia de la interpretación del violonchelo: el Concierto para violonchelo de Edward Elgar. A su favor y siempre que se sepa administrar en la justa medida, juega la belleza lírica y el profundo carácter elegíaco de una obra que abrió la primera temporada de la London Symphony tras la Primera Guerra Mundial. Aunque la batuta de Foster pugnó por integrarse con detallismo en el discurso del solista resultó finalmente de trazo grueso. A la orquesta le faltó carácter en momentos puntuales y le sobró caudal sonoro en otros –especialmente en un último movimiento algo descuidado–, más allá de desacuerdos ostensibles en el Allegro molto del segundo movimiento. Pascal, surgido de las manos de János Starker en París, resultó ser un solista virtuoso y dotado de gran musicalidad. Sí, echamos en falta un mayor contraste entre las secciones y una mayor comprensión global de la obra en determinados pasajes, pero más allá de detalles que sin duda la experiencia limará, se trata de un intérprete preciso, solvente y de prometedora trayectoria.  

Elaborado entre 1803 y 1804, el Triple Concierto de Beethoven que cerró la segunda parte pertenece a uno de los períodos más interesantes y productivos del catálogo beethoveniano. Y sin embargo, es poco representativo de ese periodo “heroico” que arrancaba por aquellos años, si lo ponemos junto a una Tercera Sinfonía contemporánea de esta partitura. Con poco desarrollo en la prolífica concurrencia de temas, no encontramos esa profundidad que late en el fondo del inmenso monumento sinfónico, aunque sí resulta interesante y exigente el tratamiento que Beethoven dedica a los tres instrumentos solistas y a la orquesta en sí misma, con la que cada uno de ellos alterna. Una orquesta que en este caso, con una buena dirección de Foster, fue aquí sí vigorosa, ágil y rica en matices. Dicho esto, la brillantez del Trío Vibrart, una formación estable con un amplio margen de recorrido, fue lo más reseñable de la tarde ofreciendo una magnífica versión del Triple Concierto.

La inclusión en el marco del Festival “Emergents” no nos debe confundir: a juzgar por el resultado obtenido, ninguna concesión se hizo a la inclusión más que merecida y celebrada de los intérpretes en la temporada de la orquesta. Brillante fue Fernando Pérez Floristán en el piano, dotando de fluidez e intención todas sus intervenciones, como preciso y de sonido cálido y estable fue el violín de Miguel Colom. En el diálogo con éste, el chelista Arias Fernández desplegó un legato cuidado y de sonido nítido y rotundo, respondiendo con pasmosa prestancia al peso que el compositor deposita en el instrumento dentro del tejido sonoro, con un trabajo de ensamblaje con el violín muy logrado. Aún tuvieron tiempo, antes de despedirse, de regalar una pequeña joya que nos dejó una magnífica sensación: una delicada y memorable lectura de la última de las Scènes d’enfants de Frederic Mompou en un arreglo para la formación de Pérez Floristán. Cuando no está vacía, la brillantez resplandeciente exige de la opacidad del trabajo, como la luminosidad del árbol nace de la oscuridad de la semilla. A esa luz está destinado el camino de estos intérpretes.     

 

 

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