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UIV

Pollini PhilharmonieParis 

La trascendencia

París. 09/10/17. Auditori de Barcelona. Ciclo ‘Música de cambra’. Robert Schumann: Arabesque, op. 18. Kreisleriana. Frédéric Chopin: Dos Nocturnos op. 55. Sonata n. 3 en b menor Op. 58. Maurizio Pollini, piano.

Maurizio Pollini (Milano, 5 de enero de 1942) es por derecho propio un pianista legendario. Con más de cincuenta años de carrera, celebra este 2017 su 75º aniversario con esta gira que ha tenido parada en la preciosa Grande Salle Pierre Boulez de la Philharmonie de París. Pollini se podría decir que lo ha tocado todo, interpretado desde Bach a Nono, pero es cierto que con el repertorio romántico, como el aquí presentado -Schumann y Chopin- sus lecturas se consideran obligatorias para cualquier estudiante de piano y cualquier amante del instrumento. Pasados serios problemas de salud y una carrera larga y dilatada desde que ganó el primer premio del Concurso Chopin de Varsovia en 1960, con la presidencia de Artur Rubinstein, Pollini sigue seduciendo con el aura de los grandes, la templanza de la madurez y la experiencia, pero sobretodo, con la creación arquitectónica de un sonido propio, profundo y meditado. 

Escuchar su lectura de una obra de la fuerza romántica, colores, arabescos y sinuosidad de la Kreisleriana de Schumann fue toda una lección de sabiduría y claridad. Previamente tocó el precioso Arabesque op. 18, donde cual pequeña muestra de filigrana sonora, demostró buen estado de forma. El control de sonido del piano lo maneja con una templanza catedralicia, el pedal, las dinámicas, las intenciones y los colores de la Kreisleriana se esparcieron por la acústica dulce y generosa de la bella sala Pierre Boulez con una belleza subyugante. No tiene la fuerza de la juventud y el brillo de un actual Trifonov, es evidente, pero su dominio del instrumento es desarmante, sobretodo por un fraseo romántico de estilo platónico, sin desmelenamientos pero con una sensibilidad que deja atónito. Creó un ambiente entre contemplativo y mayestático llevando la obra en un continuo in crescendo para estallar en una ovación final después de las últimas notas del Schnell und spielend, que rubricó como si de una fotograma cinematográfico se tratara apelando a Schubert al inicio y acabando con una invocación chopiniana como antesala a la segunda parte del recital.

Así fue como después de tocar los Dos nocturnos op. 55 de Chopin, Pollini siguió la segunda parte del recital con la monumental Sonata nº 3Fue en esta sonata inefable y mágica donde Pollini se abandonó literalmente en un fraseo incisivo, rico, mayestático como indica el nombre del primer movimiento. Su lectura fue trascendente pero vívida, manejando los dos temas centrales del movimiento con una fluidez pasmosa, de hermosos ribetes, elegantes y profundos. De nuevo apareció el reflejo platónico de una visión cristalina y casi austera de esta pieza esencial chopiniana, vertida con la autoridad sonora de un maestro ya de vuelta. Un romanticismo de una claridad expositiva inmaculada, donde creó un efecto de locus amoenus acústico, con un piano que se transformó en epicentro vital de la sala. Pollini se dejó llevar por la musicalidad de la obra, y se le escuchó en más de una ocasión murmurar la melodía con la boca chiusa. Extraordinaria la calidad acústica de la sala, con una presencia de la gama de colores cual bandeja de plata para la expresividad del solista.

El Scherzo. Molto vivace sirvió de engranaje chispeante y vital a ese tercer movimiento donde se tocó la cima de la velada. El Largo fluyó con sencillez y solemnidad, acercando esas notas que son antesala de un Michael Nyman o que se avanzan con claridad al minimalismo sinestésico de finales del siglo XX. Pollini desenredó el Largo con un mimo inasible, excavando entre las teclas del piano, acariciando y meciéndose en la partitura con una sobriedad descarnada e hipnótica. Fueron ocho minutos donde el tiempo pareció pararse y hubo más de un amago entre el público de estallar en ovación. El Finale. Presto, non tanto explotó como una cascada de luz y color. Los arpegios y escalas brotaron como una fuente, generosa y desbordante, la frescura del sonido de Pollini se hizo presente con renovada energía, el contraste final fue catártico. La ovación estalló con una mezcla de admiración y satisfacción unánime. Mauricio Pollini demostró estar a sus 75 años con la fuerza y trascendencia musical de un gigante del piano. Esa fuerza que da una sala llena de gente que aplaudió con el fervor de la emoción dio como fruto todavía 2 bises. Veinte minutos más entre aplausos y la interpretación del Scherzo nº3 y la Ballade nº1 de Chopin para cerrar una velada inolvidable.

 

 

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