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AntonioJose Arch.Mun.Burgos 

Bien pero tarde

Burgos. 12/11/2017. Auditorio Forum Evolución. Antonio José: El mozo de mulas. Pancho Corujo (Don Luis), Alicia Amo (Doña Clara), Thomas le Colleter (El Oídor y otros), Raquel Rodríguez (La Chacona y otras), Sandra Redondo (Abadesa y otras), Adolfo Muñoz (Estudiante y otros), Javier Hortigüela (Don Álvaro y otros), Alejandro Gago (Ventero y otros), Ana Ayala (La Zarabanda), Esteban Arrabal (El Gorrón) y Rafael Martínez (un mendigo). Rondalla de profesores de Burgos. Coro de la Federación Coral de Burgos (Director: Juan Gabriel Martínez), Orquesta Sinfónica de Burgos. Dirección musical: Javier Castro.

Antonio José Martínez Palacios fue fusilado en octubre de 1936, solo tres meses después de comenzar el conflicto armado que provocó el alzamiento fascista de julio del mismo año. Tenía 34 años y su delito… Seguramente su único delito fue no ser afecto al golpe de estado y unas amistades sospechosas, caso de Federico García Lorca. Tal atrocidad truncó la carrera de un joven que parecía llamado a ser figura importante de la música española.

Los que fusilaron a Antonio José no se contentaron con ello sino que en los cuarenta años que transcurrieron hasta la muerte física del dictador decidieron que mientras otros compositores habrían de contar con el apoyo del régimen, los “rojos” habrían de ser condenados al más absoluto ostracismo, como el caso que nos ocupa. Así, de Antonio José se ha podido conocer e interpretar parte de su obra folklórica pues fue el compositor estudioso de este mundo, especializado lógicamente en el castellano; mientras, sus composiciones de cámara y sinfónica pasaban mucho más desapercibida. Ni qué decir que su obra más importante, la ópera El mozo de mulas fue ignorada durante el franquismo y, por desgracia, también en la llamada transición y hasta el día de ayer, donde con “solo” ochenta y un años de retraso se ha cumplido una obligación cultural y ética tal cual es poner en los atriles la obra de un compositor del que se truncó su vida y, más tarde, el reflejo de su obra. 

Tardar ocho décadas en poner en conocimiento esta ópera dice poco del interés del mundo de la música por cumplir con las deudas contraídas. Ello no obsta para que haya que reconocer el esfuerzo realizado por todos los implicados en este estreno, la inmensa mayoría de ellos burgaleses, como el compositor. Aquí conviene subrayar la labor de Alejandro Yagüe, compositor que terminó de orquestar las escenas que no pudo terminar Antonio José. Pues bien, también en el caso de Yagüe hemos llegado tarde por su reciente fallecimiento, solo hace tres meses, por lo que el segundo compositor implicado en este ópera e impulsor de su estreno se quedó sin verla sobre el escenario. Quizás la obra de Antonio José merecía mayor dimensión –es lógico pensar que el estreno tendría que haber sido en el Teatro Real y con propuesta escénica- pero al menos mil quinientas personas podemos decir que ya conocemos la música de la ópera El mozo de mulas.

Vaya pues toda esta primera parte para aplaudir sin reservas la iniciativa local, para criticar la tardanza de las instituciones en la reparación histórica con el compositor y apuntar la obligada implicación futura que las principales instituciones estatales habrán de tener para con el compositor. El tiempo nos dirá si el concierto de ayer fue una gota de agua en el inmenso desierto o el comienzo de un apacible río.

Hechas estas consideraciones conviene apuntar la alegría de ver el Auditorio Forum Evolución, de Burgos totalmente lleno y viviéndose un ambiente de fiesta que empapó a todos, espectadores e intérpretes. La obra fue recibida con emoción y entre los músicos se palpó un ambiente especial, ese que solo se percibe en los días especiales, tales como el del estreno, aunque sea tardío, de una ópera. La pena es que solo se ofrece una función y en versión de concierto. 

El mozo de mulas es una obra de considerable tamaño; el acto I apenas llegó a los treinta minutos pero segundo y tercero rondan los sesenta cada uno, por lo que la obra se va hasta las dos horas y media. Estructurada, por lo tanto, en tres actos, cada uno de ellos tiene una división interna bastante evidente entre las escenas dominadas por los protagonistas y su historia de amor, a saber, los jóvenes Don Luis y Doña Clara, que han de vivir su amor en secreto por la oposición del padre de el a la relación mientras que la segunda parte de cada acto está dominada por las escenas costumbristas. Éstas adquieren vital importancia en la obra y deben mencionarse la relativa al atraco a Don Luis en el acto I, el largo encuentro en la Venta quijotesca del acto II y la escena del convento en el III.

Así pues Antonio José intercala costumbrismo y post-romanticismo de una forma natural. En la primera el coro tiene un papel fundamental mientras que en la segunda los solistas adquieren predominancia. En este sentido cabe señalar que la música a interpretar por el coro –en este caso un poblado Coro de la Federación Coral de Burgos, bajo la dirección de Juan Gabriel Martínez- tiene un aire folklorista evidente y en una apariencia de sencillez exige a la masa coral un esfuerzo evidente. Este se vería aumentado en caso de escenificarse pues tanto la escena del atraco como la larga del acto II situada en la Venta exigen de movimiento escénico importante.

Exige El mozo de mulas, además, un número nada despreciable de solistas pues los papeles son, nada más y nada menos que veintiséis, la mayoría de ellos episódicos por lo que en la ficha inicial se señala solamente el principal personaje asumido por cada uno de los once cantantes presentes. En cualquier caso un nivel de exigencia nada despreciable que no hace sino subrayar el nivel del reto asumido por los músicos implicados.

Don Luis, el noble que disfrazado de mozo de mulas tratará de acceder a su amada fue el canario Pancho Corujo –uno de los pocos no burgaleses de la velada- que tuvo que hacer frente a una partitura no demasiado larga pero sí compleja pues la particella exige mucho al tenor sobre todo en la parte central y grave, donde en ocasiones la voz de Corujo se debilitaba. Los accesos a la franja aguda fueron nobles y bien timbrados y podemos decir que interpretó –en lo que cabe- con dignidad el papel. Su amada, Doña Clara fue una eficiente Alicia Amo, burgalesa y gran triunfadora de la noche. Se le vio sorprendida y emocionada por la calurosa recepción del público, que se la mereció por enseñar una voz tan bella y cálida en un papel que quizás, a priori, no era el más adecuado para sus características vocales. Recientemente pude escucharle en el pájaro del bosque del Siegfried ovetense y allí demostró ser una soprano lírica-ligera de importancia mientras que Doña Clara exige una voz de más peso. De todas formas sus prestaciones fueron aplaudidas por una emisión y fraseo notables.

Entre el resto del reparto y los dos protagonistas hubo un foso bastante enorme en cuanto a emisión y proyección se refiere. El barítono francés Thomas Le Colleter fue incapaz de hacer creíble el papel de El Oídor, padre de Doña Clara porque siendo como es un personaje que simboliza la intransigencia y dogmatismo en esto de las relaciones humanas, Le Colleter es dueño de una voz blanquecina, escasa en la zona grave y sin autoridad vocal. Sus imprecaciones a la hija o su intransigencia al hablar con el otro padre estaban lejos de transmitir autoridad. Algo mejor el consuegro, el padre de Don Luis, dialogante y pragmático que interpretó el burgalés Javier Hortigüela; al menos su voz era más adecuada por mayor consistencia y hondura.

Raquel Rodríguez creó el personaje de La Chacona con cierto fuste teatral aunque justa en lo vocal –en algunas escenas era inaudible- mientras que la soprano Sandra Redondo, dueña de una voz hermosa apenas pudo traspasar el muro orquestal, siendo realmente complicado escucharla en la mayoría de sus partes. Entre el resto de solistas subrayar la voz metálica pero bien proyectada de Alejandro Gago –quizás la voz que mejor se oyó durante la noche- y la notable interpretación de Ana Ayala como La Zarabanda, un pequeño papel que esta componente del coro hizo con brillantez. Adolfo Muñoz peleó con la afinación y la franja aguda mientras que Esteban Arrabal y Rafael Martínez, miembros también del grupo coral, cantaron con eficacia.

El Coro ya señalado tuvo una actuación notable. Se observaron algunas entradas tímidas y harían bien en guardar un poco la compostura mientras cantan pues el movimiento de partituras en las manos de los más de cien componentes simulaba el vaivén infinito del mar. La Orquesta Sinfónica de Burgos, a la que escuché ayer por primera vez, sonó con cierto empaque bajo la batuta eficiente de otro burgalés, Javier Castro, director que al final de la representación hizo muy bien en dar protagonismo a la partitura.

Hubiera sido deseable la presencia de traducción simultánea del texto porque al menos un servidor tuvo dificultades evidentes para seguir el mismo; también hubiera sido conveniente advertir previamente por megafonía o por escrito de la duración de la ópera y avisar del descanso existente. En cualquier caso conviene citar la inmejorable recepción dada por un público entregado a la obra, con largas ovaciones a todos, especialmente a los dos protagonistas.

Burgos ha dado el primer paso. Ahora otras instituciones estatales han de estar a la altura de las circunstancias y dar continuidad a este proyecto. Sería muy importante dejar testimonio de la noche de ayer –con algunos necesarios retoques- en forma de grabación para la posteridad y que la reparación a la obra de Antonio José tenga continuidad. 

 

 

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