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JohannesMoser 

Energético virtuosismo

Barcelona. 11/2/16. Auditori. Obras de Prokofiev y Rachmaninov. Johannes Moser, violonchelo. Andrei Korobeinikov, piano. 

Llegaba por vez primera a Barcelona Johannes Moser (Múnich, 1979), discípulo de David Geringas y destacado intérprete muy en forma que goza de gran reconocimiento en su país, cuyo talento ya ha traspasado la mayoría de las fronteras. Hace poco más de dos meses vino al Auditorio Nacional de Madrid para tocar el “doble concierto” de Brahms junto a la violinista Veronika Eberle, ha trabajado ya con las principales orquestas del mundo y aunque se tratara de su debut en la ciudad, no sería extraño, y así lo deseo, que pronto lo volviéramos a ver por aquí; en todo caso, en abril estará en Bilbao. Para esta ocasión se acompañó del moscovita Andrei Korobeinikov (Moscú, 1986), pese a su juventud, con notable experiencia en la música de cámara y en el repertorio pianístico ruso del XX. 

El dúo comenzó con un peculiar preámbulo: el “pas de deux” del ballet La Cenicienta de Prokofiev, una miniatura inspirada y lírica –en la ensalada personalmente a veces indigesta que es ese ballet– en la que danzan el príncipe y la cenicienta, arropados por la melodía del violonchelo, para la que Moser dedicó un sonido nítido y de bella expresividad. Pero tanto ésta pieza como el arreglo de Vocalise en Do sostenido menor de Rachmaninov eran dos entrantes para sus dos platos principales, la Sonata op.19 de Rachmaninov y la Sonata op. 11 de Prokofiev en la primera y segunda parte respectivamente. Por su belleza y popularidad, la primera de ellas era un caramelo del programa y Moser y Korobeinikov lo sirvieron acompañado de buenos ingredientes. Muy cercana a su coetáneo y célebre Concierto para piano núm. 2, en ella Rachmaninov le reserva al piano una incidencia esencial en el fraseo y Korobeinikov respondió, aunque con una técnica poco ortodoxa, con solvencia. Ya en el primer movimiento, Moser dio muestra del vigor de su arco y de una precisión asombrosa. Sí hubo algo de precipitación y abuso del vibrato, sumado a una teatralidad gestual muy particular y a un cierto desequilibrio entre chelo y piano, pero Moser no defraudó desde el Allegro scherzando ya no sólo con una técnica excepcional sino con una administración inteligente del rubato y un sonido cálido, que se consolidó en el Andante y el Allegro mosso final. 

En la segunda parte, tras el conocido Vocalise nº 14 de Rachmaninov –su personal Lied ohne Worte, un poema sin palabras para soprano que se suele interpretar arreglada para distintas formaciones– el dúo se acercó al momento de mayor rendimiento de la noche, en la Sonata op. 119 de Prokofiev. Escrita para Mstislav  Rostropovich (quien la estrenó junto a Sviatoslav Richter) fue concebida en un momento difícil para el compositor, bajo el impacto del absurdo decreto Zhdanov de 1948 que puso bajo el punto de mira su música, acusada de “formalista”, como la de Shostakovich o Kachaturian entre otros, y tras el cual todos tuvieron que disculparse por no ajustarse a los ideales del realismo socialista. No es tal vez una de las obras más afortunadas en el catálogo del compositor ruso, pero junto a pasajes aparentemente insustanciales e inocuos tiene momentos muy exigentes, transiciones endiabladas que demandan agilidad y equilibrio (en particular el Allegro final) que permitieron confirmarnos en la talla de Moser, acompañado por un piano tratado casi siempre como elemento rítmico. El chelista alemán confirmó aquí una innegable capacidad para respirar en ambientes sonoros muy heterogéneos, como sucede constantemente en la sonata de Prokofiev, y hacerlos llegar con vehemencia al auditorio. Con gesto contenido y gran personalidad desde el Andante grave de sonoridad sombría y que finalizó excepcionalmente en esa delicada alternancia de armónicos previa a la cadencia, en el Moderato Moser desplegó una ironía y un gesto rimbombante y a veces hasta grotesco, desde la muñeca hasta las cejas, que traducía con gran fidelidad el carácter que buscaba el compositor ruso en esta partitura.  

Se oyeron los primeros bravo del público, y Moser y Korobeinikov salieron para agradecer la calidez y ofrecer un bis: el último movimiento, presto, de la Sonata para chelo y piano, op. 65 de Britten. Ambos, ya relajados, tuvieron un buen rendimiento; por parte de Moser, con gran dominio del arco en un spicatto asombroso y de la angustiante atmósfera psicológica que domina ese agresivo final Moto perpetuo. Sólo se vio manchada por un accidente de quien pasaba las páginas a Korobeinikov: en la vertiginosa respuesta ascendente del piano al primer motivo del chelo, por algún motivo dos páginas se quedaron enganchadas y a punto estuvo la partitura de caer en las manos del pianista ruso. Moser continuó, pero al percatarse esperó a que un jadeante Korobeinikov llegara. El final apoteósico lo remató con un ataque en el que dejó caer todo el peso del arco y se puso de pie, con la resina que había saltado todavía flotando en el aire. Sin dejar de aplaudir, el público esperaba más y Moser aún tuvo tiempo de dedicar una segunda pieza fuera de programa: el Romance de Scriabin, esa bella miniatura escrita para trompa por Scriabin en su primera juventud, y que se suele interpretar también en su versión para violonchelo. Sencilla y sin grandes obstáculos, el chelista la revistió de un cantabile soberbio y sincero. 

Moser es un músico preocupado por la divulgación y la formación de músicos, así como por la eliminación de los límites que alejan entre sí a las diferentes expresiones de la música. No ha tenido inconveniente, por ejemplo, para ponerse al frente de una orquesta sinfónica con un violonchelo eléctrico. Su voluntad de seducción hacia el gran público se refleja en su presencia y en su interpretación. Balancea el instrumento, en los finales de frase desplaza el arco como una espada de esgrima, observa el público como un actor de una tragedia shakesperiana y es algo aparatoso en su gestualidad. Pero el derroche de energía y luminosidad no dejó de ser sincero y acorde, en este caso, con el programa que abordó. Dio testimonio el entusiasmo del público que casi llenó la sala de cámara “Oriol Martorell” en una noche fría y lluviosa.

 

 

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