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Laia Masramon

Hacia la sustancia musical

Barcelona. 7/3/18. Palau de la Música. Intérpretes catalanes. Schubert: Sonata en si bemol mayor, D. 960. Mompou: Música Callada (primer cuaderno). Guinovart: Sonatina sobre temas de Mompou. Estampes. Laia Masramon, piano. 

Tres años después hemos podido volver a escuchar el piano de Laia Masramon en el escaparate del Palau. La curva de la pianista es ascendente, se ha enriquecido y se ha vuelto más sólida e interesante. Y de manera casi inversamente proporcional a cómo lo ha hecho la vida y la política musical de este país, que en ocasiones muestra las constantes de un moribundo.

Muy preocupada por la estética y la honestidad interpretativa, Masramon se ha acercado al enfoque sonoro del fortepiano en los últimos años, adaptando la visión compositiva a la interpretativa desde lo histórico en los instrumentos originales. En 2016 finalizó su formación en interpretación histórica con Edoardo Torbianelli en la Schola Cantorum Basiliensis y últimamente se ha prodigado con el fortepiano. Junto a una conciencia musical muy sólida, ese acercamiento le lleva a entender desde dentro la elaboración creativa y musicalidad del corazón estético de obras que respecto a nuestra situación, se emplazan en un mundo lejano y en ciertos aspectos, incluso antitético. Sin duda ha enriquecido su piano moderno, como se pudo escuchar en un programa bien elaborado. 

Hace 50 años el olvidado Lluís Prats (1922-1973) hablaba de la “schubertofobia” de la crítica musical barcelonesa. El efecto conseguido por aquella crítica medio siglo más tarde demuestra el insignificante influjo de nuestra tarea, aunque siga preocupando a tantos intérpretes (en particular a aquellos que la desprecian). Aunque como suele pasar en tantas ocasiones se ha infravalorado su valor, las sonatas de Schubert son siempre un surtido de la maestría de un eminente creador truncado por una muerte muy temprana. La célebre D960 Sonata en si bemol es la culminación de sus últimas ocho sonatas sin que eso signifique un simple resumen o una síntesis de despedida. Un largo viaje que arranca en el refinamiento y la candidez del primer movimiento. Hay en él una dignidad olímpica muy difícil de trasladar al piano, para el cual Masramon reservó un sonido redondo, que se fue depurando a medida que la pianista lograba deshacer la frialdad inicial. La solista ofreció una aguda e hipnótica lectura, especialmente en el segundo movimiento. La frescura espontánea de Schubert desborda toda rigidez formal. Y por eso esa agitación interna e imprevisible plantea siempre un desafío a la interpretación y al oído. Su intenso lirismo y densidad armónica, no dejan de alimentar un dramatismo penetrante que Masramon trasladó con un tratamiento esmerado de esas dinámicas extremadas que constituyen casi un sello de la escritura schubertiana, Con gran equilibrio en el Scherzo y una plasticidad efectiva en el Allegro final, donde echó mano de la madurez para restablecerse de unos instantes de desconcentración. 

El subterráneo maridaje de música y silencio tuvo continuidad en la segunda parte a través de ese inmenso símbolo de renuncia que es la Música callada tal y como la desprendió Frederic Mompou del Cántico espiritual de Juan de la Cruz. La yuxtaposición de instantes en la peculiar atemporalidad que empapa esta música es de un primitivismo muy bien comprendido por Masramon, no reducido a estrategias ni esquemas racionalistas sino a la fuerza vital que después de la modernidad Mompou procuró reencontrar. A pesar de cierta premura en algunos pasajes, con un sublime tratamiento del “angélico” y un lánguido y misterioso “Afflito e penoso” la pianista, que sintoniza con esa hondura, ofreció una convincente lectura del primer cuaderno arrancada de la cruda desnudez del silencio mediante esa delicada artesanía que las manos de la solista han ido enriqueciendo con recursos técnicos y enjundia conceptual. 

La decisión de enlazar Mompou con Guinovart sirvió para poner de manifiesto las continuidades de dos músicos catalanes de arquitectura luminosa pero también para dirimir las distancias entre uno y otro, aunque el eslabón para hacerlo fuera la Sonatina sobre temes de Mompou. Guinovart es un autor de marcada personalidad y su música es reconocible de inmediato, hay más desarrollo y barroquismo romántico, pero está dotado siempre de espontaneidad: la digitación impecable de Masramon se puso al servicio de ello tanto en la Sonatina como en unas deliciosas Estampes dedicadas a Debussy de fluidez orgánica y claridad en los contornos melódicos, por entre los cuales se puede oír retratos intermitentes del catálogo del compositor francés. La propina del Nocturno póstumo en do sostenido menor de Chopin sirvió para saciar la sed del auditorio del Petit Palau, con una entrada mucho más discreta que la que merecía la ocasión. Una cita que sirvió para calibrar una interesante trayectoria que sigue enriqueciéndose camino de la sustancia musical. 

Si la crítica musical tiene aún algún sentido es para señalar realidades que merecen ser señaladas como esta, no para reproducir el gran aparato de mercadotecnia que trabaja sin descanso empobreciendo con frecuencia un panorama insustancial. El juicio crítico no se reduce a la valoración sino también a la noticia, y es precisamente en este segundo aspecto donde más está en litigio la inhibición y el estímulo crítico. Aquí tenemos la libertad de hacerlo. Me da la sensación que no todos los compañeros en otros medios de supuesto prestigio, especialmente de prensa no especializada, tienen la suerte de poder decir lo mismo.

 

 

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