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Gloriana Deshorties TeatroReal 

Larga vida a la reina

13/4/2018. Madrid, Teatro Real. Benjamin Britten, Gloriana. Reina Isabel I, Alexandra Deshorties; Robert Devereux, David Butt Philip; Frances, Hanna Hipp; Charles Blount, Gabriel Bermúdez; Penelope, Maria Miró; Sir Robert Cecil, Charles Rice; Sir Walter Raleigh, David Steffens; Henry Cuffe, Benedict Nelson; El espíritu de la máscara, Sam Furness. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real, Pequeños Cantores de la ORCAM. Dir. de escena: David McVicar. Dir. musical: Ivor Bolton.

Resulta difícil explicar que esta obra casi no se represente. Britten es uno de los pocos autores posteriores a la Segunda Guerra Mundial cuyos trabajos han conseguido filtrarse al repertorio operístico. Algunas como La violación de Lucrecia, Billy Budd y sobre todo Peter Grimes se programan con frecuencia; por la calidad su música y por el interés del libreto, Gloriana debería situarse a un nivel parecido. La razón de su ausencia pudiera estar en el varapalo casi unánime con el que la crítica la recibió en el estreno, seguramente por razones de etiqueta regia. Pero tras más de seis décadas desde este episodio nos toca ahora reconsiderar las palabras del propio Britten cuando afirmó que era esta “su mejor obra hasta el momento”. Algo sabría el maestro de sus composiciones. 

La puesta para esta coproducción en escena se ha confiado al siempre solvente y casi nunca sorprendente David McVicar. Este escocés cuyas producciones en el Real incluyen las últimas Traviata y Rigoletto y cuyo dominio de la pompa escénica es indiscutible, nos vuelve a obsequiar con un trabajo destinado a gustar a todos los púbicos, una esencia clásica y reverente empaquetada en cierta modernidad. Su seña de identidad incluye una atmosfera oscura y siniestra, que nos recuerda más a la corte de los Austrias que a la de los Tudor, y deja al espectador siempre a salvo de interpelaciones incómodas. Su mejor virtud está en saber majear la vertiginosa acción del libreto sin que reine la confusión y construir una impactante teatralidad en los momentos de gloria y oprobio –esa soberana envejecida sorprendida en su aseo matutino. En este sentido subraya la mejor parte del excelente libreto de Plomer: las conflictos entre amor, poder y vejez, plasmados en su relación con Devereux.

Ivor Bolton tuvo una excelente noche con una orquesta a la que en cada vez más ocasiones exprime al máximo. El foso consiguió dominar todos los registros que pueblan una partitura llena de hallazgos: desde los arcaicismos isabelinos, danzas galantes y disonancias dramáticas bien encajadas en la narrativa, hasta unos clímax finales que proporcionan apropiadas dosis de gran espectáculo. 

La parte menos positiva de la noche estuvo en lo que se supondría que debería ser el corazón de esta crítica: el segundo reparto. Un elenco que, salvo excepciones, dejó con ganas de algo más. Alexandra Deshorties como Isabel I administró sus fuerzas para las escenas finales y ganó según fue avanzando la noche. Una zona grave y central algo débil se compensó con un tercio alto que impactó por momentos. Como demostró en su monologo final, tiene las maneras y el físico para el papel que defendió bien actoralmente, a pesar de las frecuentes y evidentes miradas a Bolton para recibir la indicación de entrada, algo que se hubiera evitado si los ensayos hubieran sido suficientes. David Butt Philip como Deveraux ofreció una actuación irregular, más acertado en los pasajes de tintes heroicos que en los líricos, con la notable excepción de su canción seductora en el primer acto. En todo caso, el principal problema de la pareja fue su falta de química. Para atender a las tensiones emocionales se hizo imprescindible atender al foso. 

La mejor actuación de la noche nos llegó con María Miró, de voz carnosa y potente, bonito color homogéneo en los diversos registros, notable tercio alto y excelente inteligencia dramática en el uso de las dinámicas. La Frances de Hanna Hipp tuvo finura y buen gusto aunque resultó extrañamente ausente en sus intervenciones. Gabriel Bermúdez dibujó un interesante Charles Blount; el timbre y la planta son apuestos y la línea de canto delicada, pero se queda algo corto en proyección. Del resto, hay que destacar sobre todo la actuación de Sam Furness, robando protagonismo a los principales, con tan solo un pequeño número de naturaleza cómica.

Gloriana es en definitiva un hallazgo, una obra que, recuperada con esta producción, deberíamos ver programada más frecuentemente. Presenta además una interesante comparativa como imagen distorsionada y actualizada del Roberto Devereux de Donizetti. Es calidad musical entreverada de complejidad psicológica para dar lugar a una obra de hoy con la que sentir y reflexionar; y a la que desde aquí le deseo una larga y más fructífera vida sobre las tablas del escenario. 

 

 

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