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Gruberova LucreziaBorgia Bayerische2018

Gruberova y las faltas a la escuadra

Múnich. 27/04/2018. Staatsoper. Donizetti: Lucrezia Borgia. Franco Vassallo (Don Alfonso), Driga Gruberova (Lucrezia Borgia), Juan Diego Flórez (Gennaro), Teresa Iervolino (Maffio Orsini), Joshua Owen Mills (Jeppo Liverotto), Christian Rieger (Don Apostolo Gazella), Amdrea Borghini (Ascanio Petrucci). Dir. escena: Christof Loy. Escenografía: Henrik Ahr. Vestuario: Barbara Drosihn. Iluminación: Joachim Klein Dir. musical: Friedrich Haider. Bayerisches Staatsorcherter. Coro de la Bayerischen Staatsoper.

En terreno futbolístico, materia de la que se me escapan tantas o más cuestiones que en la operística, estoy convencido que Messi, con 71 años, seguirá teniendo un guante en la mano y quitando las telarañas a la escuadra en las faltas, directas e indirectas. También estoy persuadido de que tanto en el Bernabéu como en el Camp Nou determinados abonados de postín seguirían saldando su butaca, temporada tras temporada, si les asegurasen que alguna de sus viejas glorias, contemporáneos entonces a todos los efectos, iban a tener tantos o más minutos que los Lucas Vázquez, Sergi Roberto y compañía. Eso mismo acontece también en ocasiones en la ópera y la Lucrezia Borgia que aquí me ocupa fue sin duda un corta y pega de este razonamiento. Me enerva ver los banquillos de los grandes estadios con jóvenes promesas, mientras esperamos revivir momentos de viejas glorias que se ocupan más de prolongar su relación con este noble arte que de procurar el futuro del mismo, que descansa en los jóvenes (aunque sobre decirlo) simplemente porque a ciertas edades es el cuerpo y no la mente el que te indica el sendero a recorrer.

La actuación de Edita Gruberova fue quizás la peor prestación que he visto en este teatro desde que llevo asentado en Múnich, aunque me cueste decirlo, pues también me hubiese gustado escuchar algo diferente de quien es seguro parte de la historia de la ópera. Fui yo, y no ella, el que llegué tarde. La puesta en escena de Christof Loy tampoco ayudó a que la Diva se ubicase, deambuló y sobreactuó, con una mímica cercana a aquella del cine mudo, poniendo en evidencia cómo, Deo gratias, los cantantes hodiernos saben que el TEATRO es parte implícita del espectáculo. Su instrumento (el de el día de hoy, no el de la Champions del 90) es no sólo por momentos calante, sino también impreciso (sobre todo en el centro), asediado por los portamenti, sin apoyo en el tercio inferior, que casi siempre convierte en una especie de agrio declamado. La coloratura es igualmente un reflejo en latón de lo que era, y todo ello, créanme, es natural, tanto como el paso del tiempo. Porque cantar no es tirar una falta a balón parado, Lucrecia Borgia son más de dos horas conjuntas de malabares de alto rendimiento, con muchas batallas en las que una soprano debe sacar todo su potencial aeróbico, tirar de diafragma, sudar la camiseta y no dar bocanadas al aire esperando a que la providencia le coloque la voz y que además, a pesar del esfuerzo, el texto se entienda.

Gruberova puede quitar las telarañas de la escuedra, y de hecho algunas aún espanta, con puntuales messe di voce y otros malabares (sobre todo en los pianissimi), pero sólo aquellos que tuvieron la fortuna de escucharla en sus mejores momentos pasados son capaces de remplazar con su memoria las grietas del presente. Tuve la cándida intención de explicárselo a un caballero de esos (y a su esposa), venidos del palco del Bernabéu a ver precisamente a Di Stéfano, pero cuando uno realiza 2000 kilómetros con la divisa reglamentaria puesta para ver a su ídolo, coetáneo además, entiendo que no se atienda a razones y aludan a los disparos aislados, que los hubo: que Dios le conserve la vista, interpeló. Rece por mis oídos, contesté, pues son los que hornean mi pan de cada día. Quizás haya idealizado algo el diálogo y la prosa no fuese tan elocuente, pero sí que puedo dar fe de que ese partido terminó ahí.

Al campo saltaron también por fortuna el resto de jugadores, en una puesta en escena que, siguiendo con los símiles futbolísticos, parecía un campo de tercera preferente de los que nunca han visto la hierba: seco y vacío, de ideas y de contenido. Christof Loy hace tabula rasa del libreto de Felice Romani, del que únicamente resta la alusión al letrero de Borgia (con Lucrecia adendado, por si alguien por error sintonizaba otro partido), y porque evidentemente no le quedaba otra. 

Entiendo que hace algún que otro año Gruberova pudo destacar con esta Lucrezia, pues, amén de lo dicho en lo referente a la escena, quizás lo que más penalizó a la soprano eslovaca en la presente producción fueron unos excelsos compañeros de reparto. Empezando por Juan Diego Flórez, con una presencia dramática encomiable, una excelente gestión del fiato, un caudal amplio y redondo, y una coloratura fresca y precisa. A su lado destacaríamos a los dos integrantes italianos del casting, por un lado Franco Vasallo, cuya medida rudeza en el canto encuentra un buen gestor en este Don Alfonso. Por el otro, una soberbia Teresa Iervolino, quizás una de las cantantes italianas de más quilates en el panorama actual y a la que ya tuvimos ocasión de ver en Salzburg vistiendo estos mismos paños. Resolutiva en escena, la mezzo romana posee un instrumento completo en todo su registro, regular, firme y al mismo tiempo cálido, tan repleto de virtudes que estamos seguros de que deparará muchas tardes de gloria y ovaciones como las que recogió en Múnich.

Correcta la dirección del director austriaco Friedrich Haider, habituado por otra parte a bailar al ritmo que le dictan los cantantes, sobre todo como fiel acompañante de Gruberova en títulos como el presente, algo que resta personalidad a sus propuestas, pero permite la fluidez del espectáculo sin mayores sobresaltos que los que vienen de serie.

Creo que Messi seguirá tirando las faltas, y que se seguirán fletando aviones para ovacionarlas en pie, pues es también parte del show business, pero no estaría de más que la pasión no nos tapase los oídos, y que los dejásemos escuchar como corre el aire fresco.

 

 

 

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