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La verdad vence

Barcelona. 9/3/16. Palau de la Música Catalana. B. Martinů: Cuarteto núm. 3. A. Dvořák: Cuarteto núm. 9. L. van Beethoven: Cuarteto núm. 8 “Razumovsky”. Cuarteto Pavel Haas. 

El cuarteto Pavel Haas es una de esas contadas formaciones que han estado forjadas a fuego lento sobre materiales sólidos. Nació en Praga hace más de una década sobre los cimientos musicales de su patria, con los cuartetos de Leos Janáček y su discípulo Pavel Haas, el compositor de quien toman el nombre y a quien la barbarie nazi arrastró hasta Terezín y asesinó en una cámara de gas de Auschwitz. Como sucede en su último disco consagrado a Smetana, su repertorio tiene la música checa como centro de irradiación, pero han abordado también el romanticismo alemán, con incursiones también –muy celebradas– en la obra de Prokofiev.

Como viene siendo habitual en esta ciudad, la música de cámara no tiene la acogida que debería, y podemos encontrarnos con recitales de gran interés como este frente a una sala desangelada. De todas formas, visto el comportamiento de gran parte del público que hacía ruido constantemente, aplaudía siempre entre movimientos –en alguna ocasión incluso en medio de un movimiento– y daba cabezadas de sueño, se podían haber quedado en casa. Supongo que hay que tolerarlo para poder financiar estos conciertos a los que sí les interesa. 

El programa se iniciaba con el breve pero comprometido tercer cuarteto de Bohuslav Martinů, que escribió el compositor checo en 1929, durante su época parisina, y por lo tanto atravesado por múltiples influencias de ese clasicismo moderno que latía entonces en la capital francesa. Ya en el Allegro se puso de manifiesto el equilibrio sonoro del cuarteto y la capacidad para crear atmósferas sugestivas. Veronika Jarůšková fue un primer violín de carácter, desde los primeros pasajes del Allegro. Aunque no lo indicaba el programa, Ramid Sedmidubský sustituía al violista Pavel Nikl, que abandonó recientemente el cuarteto por motivos familiares. Si bien se pagó con algo de blandura, es justo señalar que Sedmidubský fue prudentemente conservador, procurando no arriesgar más de la cuenta, lo que podía desarbolar el ensamblaje sonoro del conjunto. Menos motivos tenía un Marek Zwiebel, un segundo violín excesivamente apocado que sólo en el último movimiento comenzó a cobrar algo de relevancia. Un Andante excesivamente plano y un Vivo algo afectado de efectismo pudieron haber producido más daños al resultado del conjunto, de no haber sido por la precisión rítmica y el sonido consistente del violonchelo de Peter Jarůšek, que junto a Jarůšková sostuvieron el edificio.

Sin embargo, es difícil escuchar un Dvořák como el que ofrecieron antes de terminar la primera parte; un cuarteto núm. 9 muy trabajado en todas sus líneas, capturando esa esencia romántica de una partitura sinceramente dedicada a Brahms, sin caer en excesos. Un Allegro fielmente dramático, que nos retrotraía fielmente al dramatismo de una obra que –como su Stabat Mater– Dvořák escribió en momentos muy difíciles, tras la muerte de sus dos hijos que se añadía a la de su hija poco antes. Un Scherzo equilibrado y ágil precedió a un espléndido Adagio donde destacó, aquí sí, la calidez y musicalidad de Zwiebel, así como el fraseo y la sensibilidad deslumbrante de Jarůšková y un Jarůšek inspirado y brillante cuando el tejido acústico lo exigía. La fluidez del cuarteto hasta el Poco allegro permitió sostener en todo momento la tensión dramática sin pagar ningún precio, manteniendo una claridad cristalina en todas las articulaciones.  

El Cuarteto núm. 8 de Beethoven es el segundo de los tres cuartetos que le habían encargado al compositor para ayudar a digerir los festines del Conde Razumovsky, pero terminaron por cortarle la digestión a más de uno incluyendo al diplomático ruso, aunque hoy podamos decir que constituyen un punto de inflexión no sólo de su obra sino de todo el género. Y eso hasta el punto de que tras la impertinente observación que hizo el violinista Felix Radicati diciendo que eso no era música, el genio de Bonn alegara con sorna que su partitura no era para alguien como él, porque era “para mayores”. En efecto, con él se hicieron “mayores” en el escenario del Palau los miembros del Cuarteto Pavel Haas. Las virtudes que sólo bosquejaron con Martinů  y Dvořák, aquí se desplegaron en toda su extensión, aprovechando todas las posibilidades que ofrecía la pieza y dibujando con claridad todas sus texturas y su construcción tremendamente expresiva. Primero, poniendo de manifiesto un control apabullante del Allegro, y a continuación a través de una sabia administración, muy trabajada, de todas las fluctuaciones dinámicas en el Adagio donde tanto el violonchelo de Jarůšek como la viola de Sedmidubský encandilaron con un vibrato muy cuidado y un sonido muy nítido. Aún con algunos pasajes inestables en el último movimiento, tanto el Allegretto como el Finale nos revelaron una Jarůšková clarividente, liderando con carácter el cuarteto, que logró un andamiaje sonoro de excelente solidez, con un Jarůšek desatado y vehemente sin dejar de ponerse al servicio de la formación. 

Un Palau con poca asistencia y descentrado, terminó seducido por el Beethoven traído de la Bohemia por el Pavel Haas Quartet, que hizo valer el lema de su país inscrito en la bandera: Pravda vítězí: “la verdad vence”. Sí, sólo a veces y al final. Pese a todo y contra todo. 

 

 

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