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Meistersinger Bayreuth18 EnricoNawrath 

Los maestros juzgados de Núremberg

Bayreuth, 17/08/2018. Festival de Bayreuth. Richard Wagner, Los maestros cantores de Núremberg. Barrie Kosky, director de escena. Emily Magee, Eva; Daniel Behle, David; Johannes Martin Kränzle, Sixtus Beckmesser; Michael Volle, Hans Sachs; Günther Groissböck, Veit Pogner; Klaus Florian Vogt, Walther von Stolzing; Wiebke Lehmkuhl, Magdalena. Coro y orquesta del Festival de Bayreuth. Philippe Jordan, director musical.

En estos Maestros, a pesar de ser una comedia, nos encontramos ante una de las producciones más profundas, analíticas y fascinantes de los últimos años. Barrie Kosky lo ha vuelto a hacer. El director australiano acierta asumiendo riesgos, mostrando y desvelando sin tapujos los elementos conflictivos con los que el tiempo ha ido envolviendo la obra original. Construye así un ejemplar tratado sobre el devenir de la obra a lo largo de la historia. Y lo hace conjugando tres líneas de reflexión, equilibradamente, y con una naturalidad tal que pareciera que el libreto llevara más de un siglo preparándose para esta propuesta escénica.

La primera línea argumental correspondería a la concepción de la obra por parte de su autor, que se plasma en esa alocada reunión familiar en Wahnfried -la cercana villa de Wagner- que constituye el primer acto. Es bien sabido que Walter es un trasunto del propio autor, pero Kosky lo lleva varios pasos más allá identificando también a Cosima con Eva, a Liszt con Pogner y a Hermann Levi con Beckmesser. El narcisismo del compositor se muestra con gracejo y poca piedad caracterizando no solo a Walter, sino también a Sachs e incluso al ingenuo David, como el mismo Wagner en diferentes etapas de su vida: como inocente aprendiz, como revolucionario y como custodio definitivo del arte alemán respectivamente. A través de estas mascaradas, Kosky elimina las caretas.

En un giro lleno de dramatismo, se incorporan además el peso y los efectos del tiempo y de la historia, moviendo la acción a la sala de juicios del proceso de Núremberg. Se analiza entonces la obra como fetiche del nazismo y del propio Hitler a través de un proceso a Cosima y a Wagner y, sobre todo, con un Beckmesser que aparece dignificado, como una víctima injusta de los prejuicios de los maestros. Convertido a su pesar en una caricatura del judaísmo que invade literalmente la caja escénica, es apalizado bajo la imagen del compositor. Un resumen certero del devenir político que esta obra ha tenido que sufrir.

El tercer elemento es el propio libreto original de los Maestros que, a pesar de las derivas comentadas, en ningún momento se pierde. La genialidad de Kosky consiste en integrar estas tres narrativas en una sola hacia una solución final en la que –al igual que en el libreto- el arte vence, imponiéndose por encima del tiempo. Una vez que Walter canta su canción del concurso, la sala de juicios desparece por innecesaria, Wagner-Sachs aparece como forjador de la gran tradición artística alemana y Cosima como garante. Algo especialmente interesante en este caso, viniendo de un director judío. En un final memorable, repleto de emoción y grandeza escénica, Kosky reivindica la grandeza de la creación artística, tras haber mostrado también sus miserias.

Para completar una producción sobresaliente, nos encontramos con un cartel musical a la altura de lo escénico. Michael Volle construyó un Hans Sachs sólido y versátil: paternal, dulce, autoritario u orgulloso, según requirieran las circunstancias. El luminoso timbre y el lirismo cuidado del Walther de Klaus Florian Vogt atrajeron la atención en cada una de sus intervenciones, haciéndonos olvidar algunas faltas de fiato. Un David espectacularmente brillante de Daniel Behle hizo buenas migas con la penetrante claridad y dicción de Wiebke Lehmkuhl como Magdalena. Sin embrago, lo más original de la noche estuvo en Johannes Martin Kränzle que, en línea con la escena, pudo mostrar un Beckmesser cómico, pero también lleno de dignidad y valores a través de un canto apuesto. Tan solo la Eva de Emily Magee, de voz poco flexible y algo pesada en el quinteto, desmereció un reparto vocal por lo demás redondo.

En el foso Philippe Jordan mantuvo una tensión dramática extraordinaria que no decayó durante las más de cuatro horas de representación -el encuentro de los amantes en el segundo acto pareció más bien el de Tristán. Un coro en estado de gracia, mayúsculo, rotundo y orgulloso, defendió como una sola voz esta reflexión crítica sobre el arte y la historia. Y la noche en su conjunto creó muchos de esos momentos de gloria ante cuya grandeza incontestable no cabe juicio alguno.

 

 

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