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LeticiaMoreno CameraMusicae18

 

Crescendo juntos 

Barcelona. 25/11/18. Palau de la Música Catalana. Piazzolla: Cuatro estaciones porteñas. Leticia Moreno, violín. Ginastera: Suite de “Estancia”. Stravinsky: Suite de “El Pájaro de fuego”. Orquesta Sinfónica Camera Musicae. Dirección: Tomàs Grau.

No pierde la sonrisa la Orquesta Sinfónica Camera Musicae en el segundo concierto de la temporada en el Palau, con un repertorio de impacto y en cierta medida efectista, pero bien trenzado. Y lo hicieron de nuevo muy bien acompañados, en este caso de la violinista madrileña Leticia Moreno, con una muestra de su último disco para Deutsche Grammophon. Moreno ha grabado esta y otras partituras de Piazzolla con la London Philarmonic Orchestra dirigida por Andrés Orozco-Estrada en los estudios de Abbey Road. 

En este caso, hablamos del arreglo de Leonid Desyatnikov de las “estaciones porteñas”, que aunque esté en manos de un compositor de oficio, se hace difícil de escuchar si uno ha navegado mínimamente por la sensibilidad ya no del tango, sino de Piazzolla –que llegó a definir la ortodoxia tanguera como una “secta”–. En definitiva, para renovar algo hay que tener algo que decir y cuesta reconocerlo en este peculiar ejercicio musical. 

Eso no quiere decir que no exija de solista y orquesta un espléndido trabajo de equilibrio sonoro y musicalidad. De hecho permitió calibrar no sólo el virtuosismo sino la pertinencia estilística y profundidad estética de la violinista. Lo encontró, en primer lugar en una apabullante interpretación de Moreno, con una amplísima gama de matices y claridad cristalina en un fraseo muy logrado y de gran mérito, teniendo en cuenta el fuerte arraigo de esta música. La música de Piazzolla –incluso bajo el aparatoso ropaje del arreglo– empuja al diálogo entre intérpretes, un diálogo endiablado y demencial como el que se puede escuchar en cualquier rincón de Buenos Aires. Fue quizás ese el aspecto más logrado en el liderazgo de la solista y la batuta de Tomàs Grau, con una soberbia respuesta de todas las secciones –a destacar un incisivo y preciso contrabajo y un violonchelo solista de nitidez y calidez sonora–. La propina de Oblivion nos ofreció otra muestra del mismo disco, un homenaje al legado de Piazzolla en manos de brillantes intérpretes.   

En el ballet Estancia se entrevé entre otros Stravinsky, Bartók o los aires de la vanguardia francesa pasados por el tamiz personal de Alberto Ginastera. Una obra tan profundamente europea que hoy puede sorprender que fuera criticada por aquellos que no soportaban los rasgos de la propia cultura. Lo que escuchamos es esa suite extraída del ballet que tantas veces se ha interpretado. A pesar de un inicio algo atenazado en “Los trabajadores agrícolas”, con ella la orquesta se fue soltando para redescubrir el espíritu que suele caracterizar todas sus apariciones: energía, vigor, entusiasmo. Tomàs Grau eligió la fluidez y un rubato sensual muy adecuado en el interludio “Danza del trigo”. A partir de entonces, destacó la respuesta y agilidad de la orquesta, especialmente en una percusión que resolvió con prestancia la papeleta. 

Sin grandes detallismos, la dirección primó siempre dar salida al discurrir melódico y el fruto fue una versión que logró matizar dinámicas para terminar dibujando un magnífico crescendo en el célebre Malambo, leído en un tempo mucho más adecuado a lo que es, una danza, que el que en los últimos años lamentablemente ha popularizado cierta star de la dirección. 

Como sucede con Estancia, la versión más interpretada del ballet El pájaro de fuego es la suite de 1919. No fue tal vez el momento más brillante de la tarde, con algún desajuste y cierta falta de presencia sonora de la cuerda grave, pese a que la formación fue de menos a más. En la batuta madurado concepto, gesto sobrio como es costumbre y buen trabajo de nitidez en las superficies sonoras que se vio enriquecido por un metal muy inspirado (trompa solista de lirismo espléndido), maderas expresivas y cuerda de empaste sólido. De nuevo hasta alcanzar un brillante final convertido en una celebración, un estallido de júbilo hacia el que creció la orquesta, que logra crecer siempre cuando parece que ya no puede hacerlo más. 

A lo mejor me equivoco y debo rectificar. De no ser así, la crítica de este país –si es que todavía existe tal cosa– al parecer ha decidido en bloque acercarse sólo al concierto inaugural de temporada de la orquesta, para cumplir con el mandato de aplaudir su buen trabajo. Después de la excelente y merecida recepción que tuvo su estreno junto a Alexander Melnikov, podría parecer inexplicable. Pero no lo es. Así se suele comportar la crítica aquí, como también programadores, gestores y demás actores del panorama musical: cumplir con el expediente y patada hacia adelante. 

La realidad (mucho más que proyecto desde hace tiempo) de la orquesta por su parte, sigue su camino con paso firme. Habrá que esperar hasta la próxima parada y quizás tengan tiempo de acercarse los grandes musicógrafos de la ciudad con la agenda llena de “citas imprescindibles”. Será en enero al compás de una destacada visita, la del director Josep Caballé para abordar otro programa de impacto, con Carmina Burana de Carl Orff. 

 

 

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