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Ballet Lyon Liceu19 aA Bofill

 

La gran belleza

Barcelona, 27/04/2019. Gran Teatre del Liceu. Wings of wax, Bella figura, Petit mort. Kylián (coreografía). Ballet de la Ópera de Lyon. Véronique Werklé (piano). Orquesta Sinfónica del Liceu. Dir. artístico: Yorgos Loukos. Dir. musical: Santiago Sarrate.
 
Pocos coreógrafos modernos han comprendido la belleza profunda, intrínseca pero también alegórica, de la relación de dos cuerpos danzando como el checo Jiří Kylián (1947). Kylián bebe directamente de las fuentes del ballet clásico, de la escuela rusa que aprendió en sus primeros tiempos de bailarín en su Praga natal. Esta influencia es fundamental en sus coreografías, muchos de cuyos movimientos parecen una descomposición abstracta, o más bien un desarrollo lógico y temporal, de pasos clásicos. Esta pátina clasicista consigue también que sus mensajes, que las imágenes que nos envía a través de su creación, sean mucho más identificable para el público que con otros creadores, ya que sus códigos, aunque no dejan de tener un gran arraigo con el tiempo de su creación, no nos son extraños. Pero sobre todo Kylián es un gran alquimista que con elementos de diversas procedencias crea ballets donde la belleza es la reina. Belleza en los gestos, en las figuras, en los movimientos. Una conjunción que deja al espectador totalmente hipnotizado por lo que ocurre en el escenario. El poder de seducción, de atracción irresistible hacia la danza que nos muestra, es otra de las genialidades del maestro checo. Uno se siente atrapado por esa tela de araña que crean los cuerpos entrelazados, en movimientos armónicos, generalmente delicados, pero también a veces bruscos, donde es primordial el flujo de los brazos, verdaderos protagonistas, más que cualquier parte del cuerpo, del mensaje del coreógrafo. Todo ello, apoyado siempre en una música perfectamente elegida, transmite esa belleza reconfortante pero a la vez, de forma contradictoria, un punto inquietante. Porque no es una belleza almibarada y distante. Es una belleza humana, palpable y con la que el espectador se siente identificado, pero que por eso mismo, deja siempre una sensación de desazón, por miedo a perderla, por quizá no conseguirla uno mismo nunca.
 
Tres coreografías de Kylián nos presentaba el prestigioso Ballet de la Ópera de Lyon. Tres muestras de un trabajo que tiene su núcleo en los años que el coreógrafo dirigió el Nederlands Dans Theater, aunque su vena creativa surgió desde muy joven cuando era bailarín en Praga y más tarde cuando trabajó en el Ballet de Stuttgart con el gran John Cranko, al que él considera su mentor y que más ha influenciado en sus obras. Del amplio repertorio que creó para el conjunto holandés, el ballet de Lyon ha elegido tres coreografías de los noventa que representan de manera clara el hacer de Kylián en estos años de fructífera producción artística. Aunque se presentaron en orden inverso, comentamos la primera coreografía, fechada en 1991, y que no es otra que la famosa, y me atrevería a decir que ya inmortal, Petit mort. Encontramos aquí el más genuino y fundamental Kylián, el que en las otras coreografías se desarrollará, evolucionará, pero, para mí, no igualará esa belleza de la que hablaba al principio. Desde la sorprendente utilización de los floretes por los bailarines en la primera escena, en una exhibición de virtuosismo y de habilidad apabullantes, hasta los diversos pas de deux que configuran el núcleo de la coreografía, todo sorprende, admira, enamora. Kylián confiesa, en un excelente documental sobre su vida firmado por Kent y Christian Dumais-Lvowski editado en DVD, su atracción desde niño por el mundo del circo y sobre todo por el equilibrismo. Mucho de esto hay en este trabajo, donde los cuerpos componen figuras casi imposibles, en movimientos complicados pero de obnubilante estética que se unen de forma perfecta con las notas de dos de los movimientos de los conciertos 21 y 23 de Mozart. Pero bajo esa capa de belleza hay un mensaje irónico, marcado por el título de la coreografía, que en francés significa orgasmo. El autor juega con nosotros dándonos un placer visual y estético indudable pero que basa su esencia fundamental en que tiene un final, un corte radical y claro que nos devuelve a la realidad cotidiana. Extraordinario.
 

Ballet Lyon Liceu19 bA Bofill

 
Como extraordinaria es Bella figura, coreografía de 1995 y que supone un paso adelante en la trayectoria de nuestro artista. Nos presenta un trabajo donde los elementos ajenos al cuerpo toman ya mayor importancia en contraste con Petit mort. Diversos telones, el fuego, telas, son utilizadas para transmitirnos una idea que recorre toda la coreografía: la evolución de la danza. Porque esa es la sensación que tiene el espectador, un recorrido por diversas épocas históricas. Los movimientos de los bailarines nos trasladan a la Grecia clásica, al Renacimiento, a un teatro de títeres que podría ser perfectamente de la Commedia dell’Arte italiana… y también, claro, a nuestra época. Una coreografía que se sustenta en una selección musical centrada en maestros barrocos pero que, una vez más, se adhiere perfectamente a la historia que nos cuenta el coreógrafo. Y por último (aunque fue la primera representada) Wings of wax (alas de cera)  que es una interpretación de la historia de Ícaro, el hombre que quiso ser dios, que quiso llegar más allá de su reducido mundo y alcanzar el cielo. En 1997 se estrena este trabajo que tiene el sello inconfundible de Kylián y que aparenta ser una evolución de Petit mort, con una mayor presencia de danza a tres, con movimientos más amplios y prolongados de los bailarines desplazándose por el escenario y bailando debajo de un gran árbol invertido y de un foco, a modo de sol implacable y destructor, que gira (¿o somos nosotros los que giramos a su alrededor?) hasta que las alas de cera son derretidas y el hombre vuelve a su lugar en la Tierra.
 
Nada de lo descrito anteriormente tiene sentido sin el trabajo de los bailarines. Un conjunto excepcional el del Ballet de la Ópera de Lyon que demostró una implicación total con el mensaje, con la esencia pero también con las formas y el desarrollo de lo planteado por el coreógrafo, que no podría hacerse entender sin la imprescindible plasmación de su quehacer a través de cada movimiento indicado en la danza (muchas veces protagonizada por esa mezcla tan de Kylián, y tan difícil de ejecutar con soltura y aparente facilidad, de cámara lenta y agitación espasmódica). La exigencia técnica y física de estas coreografías son extremas y requieren artistas con gran formación clásica y una entrega absoluta. Todo ello lo tuvieron estos excelentes artistas. Nadie destacó y todos fueron destacables, habría que nombrar aquí a cada uno de ellos para hacer justicia al conjunto, pero es evidente que su trabajo no lo olvidará el aficionado en mucho tiempo. Bien la aportación en directo en Petit mort de la pianista Véronique Werklé y la Sinfónica del Liceu dirigida por Santiago Serrate.
 

 

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