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  • © E. Moreno Esquibel
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DIRECTORES QUE ENGRANDECEN UNA OBRA

Bilbao. 21/11/15. Palacio Euskalduna. Donizetti: Roberto Devereux. Gregory Kunde (Roberto Devereux), Anna Pirozzi (Elisabetta), Silvia Tro Santafé (Sara), Alessandro Luongo (Nottingham). Orquesta Sinfónica de Euskadi. Coro de Ópera de Bilbao. Dirección de escena: Mario Pontiggia. Dirección musical: Josep Caballé-Domenech. 

Para preparar el estreno de Roberto Devereux de Gaetano Donizetti, que iba a tener lugar el pasado 21 de noviembre dentro de la 64 Temporada de ABAO, visioné de nuevo unos días antes un DVD de la obra que contaba con la participación de una gran diva internacional, un elenco bastante homogéneo, una orquesta de categoría y un director que, si no de los punteros. tiene fama de conocer su oficio. El resultado no pudo ser menos estimulante: ni la diva dio la talla ni sus compañeros de reparto pasaron del aprobado. La orquesta, como no podía ser en un teatro de ese nivel, sonó bien bajo una batuta profesional. Viene todo esto a cuento para señalar que, a veces, ni cartel de relumbrón ni el teatro que más gasta consiguen unos resultados tan brillantes como en la que nos ocupa. Porque el otro día se pudo ver en el Palacio Euskalduna una de las mejores representaciones que recuerdo del repertorio serio belcantista: ABAO sirvió un Devereux de primera categoría que pasa por encima del de muchos teatros de más nombre.

El éxito se basó en la conjunción de dos factores (por otra parte fundamentales en cualquier ópera): un reparto sólido y entregado y una dirección musical de muchísimo nivel. Se hubiera agradecido también una dirección artística de más vuelo, pero permitió el éxito de las otras dos. Desde la obertura (donde se desgrana el premonitorio himno “Dios salve a la Reina”) se constató la delicadeza, la elegancia y la sabia batuta del maestro Josep Caballé-Domenech. En todo momento dejó respirar las diversas melodías, atento a los contrastes y texturas de la música, mostrando cada pequeño detalle, creando un bello color camerístico en los momentos líricos y sin marcar decibelios innecesarios en los tutti. Toda esto repercutió en una fluidez y en un ritmo que nunca decayó. Siempre atentísimo a sus cantantes, con volúmenes que permitieron su lucimiento, fue un auténtico Kapellmeister sacando lo mejor de este Donizetti. Su éxito no hubiera sido posible sin el apoyo de una estupenda Orquesta Sinfónica de Euskadi, en una de las mejores noches oídas últimamente en el foso del Euskalduna. Hubo empaste y color y la orquesta siempre sonó precisa y clara.

Roberto Devereux es una obra con título masculino pero con un personaje femenino como eje central de la acción. Es Isabel I, la llamada reina virgen, ya en su decadencia como reina y como mujer, la que nos muestra, a través de los pentagramas de Donizetti, lo herida que se siente al no ser correspondido su amor. Es una mujer colérica y caprichosa, pero sobre todo, una mujer perdidamente enamorada. La soprano Anna Pirozzi llevaba por primera vez en su carrera  a escena este gran personaje y lo hizo con una seguridad que desmentía ese debut. Siempre estuvo metida en su papel y transmitió con su voz los sentimientos de su personaje sin caer en el histrionismo de otras cantantes. Vocalmente fue de menos a más, destacando en su famoso “Vivi, ingrato” del último acto, pero en el resto de sus intervenciones y sobre todo en su dúo con Roberto (Devereux es una ópera que se podría destacar por los bellos dúos que van cantando entre sí los cuatro protagonistas), se pudo apreciar la calidad de una voz que se desenvuelve sin dificultad por toda la tesitura, con una buenísima proyección y un adecuado volumen. Las coloraturas, piedra de toque de cualquier partitura belcantista, se resolvieron con brillantez destacando la limpieza de sus agudos. 

Pirozzi tenía enfrente a uno de los mejores Robertos que se puedan encontrar en el panorama operístico internacional. Pocos tenores hay que sepan cantar este papel con la elegancia, el sentimiento y el arrojo que transmite Gregory Kunde. Conoce su parte a la perfección y se nota en su seguridad y soltura en el escenario. Ya hemos glosado en otras ocasiones las virtudes vocales del norteamericano: Agudo ágil, bello color, acentos precisos, excelente proyección, bellísimo legato, matización precisa. Todo eso lo volvimos a comprobar en esta ocasión. Quizá estuvo más corto de fiato que en otras ocasiones pero eso no restó ni un ápice de belleza a un canto extraordinario que tuvo sus más bellos momentos en el dúo con Sara (¡qué elegancia y sutileza en los dos cantantes y en un director que hizo flotar la melodía por todo el teatro logrando el momento más especial de la representación!) y por su puesto en su aria del tercer acto “Come un spirto angelico”.

Silvia Tro Santafé no era la mezzo anunciada para este papel a principio de temporada, pero su incorporación al elenco sólo se puede calificar de pleno acierto. Tro conoce también a la perfección el papel (de hecho lo ha cantado esta misma temporada en el Real) y se notó desde el primer momento. Dentro del destacadísimo cuarteto protagonista fue, quizá, la que más sorprendió por la belleza de su timbre, el dominio de agudos como graves,  con un centro carnoso y potente, Nos regaló coloraturas perfectamente ejecutadas y una estupenda proyección. Incluso el vibrato, más destacado en su primera intervención, que en otras cantantes resulta un poco molesto, ella lo supo convertir en un rasgo bello más de su extraordinaria intervención. Como ya dijimos más arriba su mejor momento fue el dúo con Roberto pero no desmereció para nada el enfrentamiento con Nottingham con el que da comienzo el tercer acto. Precísamente el duque de Nottingham es el cuarto protagonista de la ópera. El barítono italiano Alessandro Luongo debutaba, como Tro Santafé y Pirozzi, en las temporadas de ABAO y la verdad es que dejó una muy buena impresión. Destacó sobre todo la buena dicción, el fraseo musical perfectamente adecuado a las melodías de Donizetti y la elegancia con la que acentuó sus frases, apoyadas en un impresionante fiato. Su voz, no demasiado grande, se perdió puntualmente en el temible espacio del Eskalduna, pero sus intervenciones fueron sobresalientes, como el dúo con Sara o la escena que cierra el segundo acto con Elisabetta, Roberto y el coro. Dentro de los comprimarios destacaron el buen papel de Javier Galán como Gualtiero Releigh y el correcto Gexan Etxabe en sus dos pequeñas intervenciones; más flojo Eduardo Ituarte como Lord Cecil. Poco se pudo lucir el Coro de Ópera de Bilbao ya que Roberto Devereux no se destaca por sus números corales, pero en todas sus intervenciones volvió a demostrar su calidad y profesionalidad.

La producción, procedente de la Ópera de Las Palmas, la firma Mario Pontiggia. La dirección de actores fue adecuada. No es Devereux una obra de grandes movimientos, pero sí que tiene momentos de gran tensión, donde la personalidad de cada personaje que se marca en la partitura se debe ver reflejada en el escenario. Hay que señalar que los cuatro protagonistas estuvieron muy bien dirigidos, lo que contribuyó a que  la acción escénica, como hablábamos antes de la musical,  fluyera sin dificultad. Menos acertada fue la escenografía (que como el vestuario también firmaba Portiggia). Resultó algo pobre en algunos cuadros (en la primera escena, aparte de unos arcos moriscos no muy del estilo tudor, había una figura de un caballero con armadura de un cartón poco “regio”) pero que se mantuvo fiel al libretto y dejó trabajar a los cantantes. Sí que fue más rico y vistoso el vestuario, muy acorde con la moda isabelina. Adecuada la iluminación de Santiago Mañasco.

 

 

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