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2NabuccoMiguel Lorenzo Mikel Ponce Les Arts min 
Sull'ali dorate

Valencia. 02/12/19. Palau de Les Arts. Verdi: Nabucco. Plácido Domingo (Nabucco). Anna Pirozzi (Abigaille). Riccardo Zanellato (Zaccaria). Arturo Chacón-Cruz (Ismaele). Alisa Kolosova (Fenena). Dongho Kim (Gran Sacerdote). Mark Sardiuk (Abdallo). Sofía Esparza (Anna). Orquesta y Coro de la Comunitat Valenciana. Thaddeus Strassberger, dirección de escena. Jordi Bernàcer, dirección musical.

Desde la primera vez que escuchamos Nabucco, Verdi consigue hacernos sentir exactamente lo mismo que él debio sentir tras leer la historia que le da vida. La atracción de algo nuevo. El furor de una verdad personal y la esperanza de caminar hacia un horizonte propio. Para comienzos de la década de 1840, las obras de Bellini (ya fallecido) y Donizetti (con La favorite, Lucrezia Borgia, Lucia di Lammermoor, o Roberto Devereux ya estrenadas) se habían asentado como la nueva carne en la lírica italiana, tras un Rossini ya retirado de la ópera, pero de larga sombra. Hasta entonces, Verdi, quien vivía uno de sus muchos momentos de crisis (había decidido no volver a componer), tan sólo había subido a escena Oberto y Un giorno di regno. Tras el fracaso de esta última, necesitaba ir más allá para no ser uno de tantos, para escapar de ser visto como flor de un día. Y entonces, él mismo lo cuenta con cierto romanticismo: lanzó el manuscrito de Nabucco violentamente contra una mesa, los papeles se dispersaron y sus ojos se fijaron en una sola frase: “va pensiero sull’ali dorate” (vuela pensamiento, sobre alas doradas). "¡Venga, que no muerde!" le dijo Merelli en su despacho de La Scala cuando le mostró el libreto de Solera... ¡vaya que si le mordió! ¡Nos mordió a todos!

Esa fascinación inicial es la que Verdi depositó en cada compás de una música que nos arrolla y atrapa desde su Sinfonía. Una obertura que puede llegar a sonar atropellada, abrasiva. Nabucco es poder, fuego, luz solar. La sangre de un pueblo. Verdi es también fervor, la fuerza de la palabra (del comentado Solera, quien fuera primer empresario del Teatro Real de Madrid)… y de la música. Todo aquello que enganchó al compositor al leer esa frase, una de las más conocidas de la ópera, fue trasvasado a una partitura que "inicia", verdaderamente, su propio historia (“se podría decir que mi carrera había comenzado", dijo él mismo). La ópera como pueblo. Y nosotros, italianos o no, latiendo con ella.

El modelo, decía, es Bellini, Donizetti y también Rossini, aunque obviamente, como decía antes, este último va siendo progresivamente abandonado, por mucho que el paralelismo con Moïse-Mosè sea palpable: Tu sul labbro, O di qual'onta... De hecho, en la misma obertura, todo un popurrí de temas que se desarrollarán más tarde en la partitura y en la que predomina la síntesis coral, atendemos a una especie de crescendo que ya escapa del patrón rossiniano. Diría que en las formas, las aguas en las que mirarse corresponden más bien a Bellini y Donizetti (la aparición de Zaccaria, toda la página solista de Abigaille, de estructura belliniana y recursos donizettianos...), aunque insisto una y mil veces, esta obra ya es veramente verdiana. Jordi Bernàcer construye una visión homogénea de toda la obra, destacando los acentos y tensiones del genio de Buseto, con especial acierto en las páginas más encendidas, las de mayor ímpetu. Quizá un poco de mayor equilibrio en los planos de momentos más íntimos, como el Va pensiero sin ir más lejos (en manos de un maravilloso Coro de la Generalitat Valenciana), hubiese redondeado una gran labor.

Como protagonista vocal, el Nabucco de Plácido Domingo. De nuevo sin que realmente su tesitura sea la de un barítono y sus colores no se adapten al rol, el cantante madrileño, quien comenzó nervioso y algo trastabillado, apuesta por un personaje cuyo patetismo, cuyo drama, puede ajustarse a sus posibilidades cánoras, cumplidos los 78 años (hay quien dice más, incluso 81) y tras (casi) toda una vida como tenor. Con un fraseo entrecortado en ocasiones, brilla como animal escénico que es,especialmente en su Dio di Giuda, antecedente de Macbeth y tantos otros roles baritonales verdianos y especialmente en el dueto con Abigaille del tercer acto, primero de los grandes duetos del compositor. La confrontación de dos mundos, puestos frente a frente a través del tratamiento de la línea melódica, tanto en la voz como en la orquesta. Dos personajes realmente caracterizados psicológicamente, también a través de los atriles, una de las grandes señas de identidad y aportaciones a la lírica de Verdi. Domingo fue muy aplaudido, lanzándose octavillas al finalizar la función, con un apoyo muy genérico. Pareciera que aquí tenemos claro que se puede respetar sin tener que aplaudirlo todo como sí sucedió, por ejemplo, en Salzburgo.

El otro gran personaje de Nabucco es, sin duda, Abigaille, quien recayó en esta ocasión en la soprano Anna Pirozzi, una de las cantantes italianas de mayor renombre de su generación. Una mujer inteligentísima con un instrumento privilegiado que le permite hacer suyo uno de los roles más complicados para su cuerda. Su página solista es una completa novedad para el momento del estreno, con una  extensa introducción, de intensidad inusitada en un patron belliniano modificado, que vendría a recordar de nuevo a Macbeth. Un timbre sugestivo el de Pirozzi, como ha demostrado recientemente con Aida en Verona y Un ballo in maschera en Oviedo, al que suma una capacidad única para las graduaciones y busquedas de los colores, juego de las dinámicas, resolviendo la zona grave, la más comprotmetida en su instrumento, de forma honesta e inteligente. Y entre estratosféricos agudos y descensos al infierno, Verdi introduciendo una flauta donizettiana (como en su página final) ¿Es que quería volvernos locos? No, Verdi quería que nos hirviese la sangre. Y Pirozzi lo consigue. Y por si todo esto fuera poco, ni se despeinó cuando, mientras cantaba, tuvo que hacer de "bombera" para sacar del escenario una vara en llamas que no estaba previsto que se quemase en cierta escena (!) Brava.

El bajo Riccardo Zanellato, con un instrumento que hubiese requerido de mayore extensión en la zona grave, dio vida a Zaccaria, un bajo que bebe mucho de Rossini y en el que brilla otra gran marca de la casa verdiana: la confrontación de voces graves masculinas, como escucharíamos más adelante en Rigoletto, Luisa Miller,Don Carlo. Completaban el reparto el Ismaele de Arturo Cruz Chacón, un personaje de galones verdianos, que supo llevar a su terreno y la  estupenda Fenena de Sofía Alisa Kolosova, de emisión redonda, tersa y certera proyección (estupenda magia la creada entre ella y Pirozzi en el terceto con el tenor, engarzando las notas de una con la otra). Por su parte, Dongho Kim como el Gran Sacerdote, Mark Sardiuk como Abdallo y Sofía Esparza como Anna, redondearon un buen reparto. 

La puesta en escena de Thaddeus Strassberger juega dos bazas principales: la tradición (el cartón piedra) y el metateatro, para crear una apuesta sin riesgos, demasiado clásica en escenarios y dirección de actores, con algunas decisiones demasiado superficiales en los movimientos de masas, o en la escena que sucede a modo de epílogo, cuando Anna Pirozzi ha de callar al público para que deje de aplaudir y puedan llevar a cabo una reivindicación del pueblo italiano frente a la alta burguesía de una nación dividida, contemporánea al estreno de Nabucco.

Foto: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce / Les Arts.

 

 

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