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andras schiff 

Piano en majestad

Barcelona. 4/5/2016, 20:30 horas. Palau de la Música. Palau 100 Piano. F. J. Haydn: Sonata núm. 60, en Do mayor, Hob. XVI:50. L. van Beethoven: Sonata núm. 30, en Mi mayor, op. 109. W. A. Mozart: Sonata núm. 16, en Do mayor, KV 545. F. Schubert: Sonata en Do menor, D. 958. András Schiff, piano.

Hay algo de mítico y algo de postureo de entendidos, en la susodicha afirmación que las últimas obras de los grandes artistas condensan el summun de la condensación y la madurez de sus creadores. Una afirmación muy de etiqueta, que no por obvia en muchos casos, tampoco es del todo cierta, ni veraz. En todo caso, en el concierto que presentó Sir András Schiff en el Palau de la Música catalana, se puede afirmar que más allá de la madurez y calidad de las obras expuestas, un ‘mini ciclo’ que pretende ofrecer en tres temporadas seguidas las últimas sonatas de piano de Haydn, Mozart, Beethoven y Schubert, protagonizadas por el maestro húngaro al piano, lo que sí quedó claro, es la majestuosa interpretación de un virtuoso de las teclas. 

Concierto pues de un indiscutible atractivo, que comenzó con la sonata núm. 60 de Joseph Haydn, padre y faro del clasicismo musical. En el extenso y temáticamente rico y variado primer movimiento, Sir András, pareció estar todavía acoplándose al instrumento, pues el principio pareció algo borroso, con las notas en staccato algo difusas, para pasar al cabo de pocos compases a comandar cual timonel experto con fluidez y limpieza acústica los diferentes temas y a mostrar las cualidades que lo han encumbrado al olimpo de los solistas del piano actual. Digitación diáfana, técnica con la que controla el volumen y la creación de un sonido transparente y fresco, ideal para esta sonata haydiana, naturalidad y concentración en la obra, que expone con la clarividente mano de un experto. Cinceló con un detallismo arquitectónico los tres movimientos, enlazando el hermoso Adagio con notas que evocaron a la familia Bach, balanceado con el temple sereno de un pianista en dorada plenitud. Los silencios, el tempo, el discurso de la obra, honda y ligera, con ese último movimiento, un Allegro molto, articulado con precisión y dejando entrever la humorística intención subyacente cerró una sonata hermosa tocada con gracilidad y maestría.

El paso a Beethoven, con la sonata núm. 30 op. 109, fue como saltar de un suspiro a otro mundo. El cambio de una obra fechada en 1795 ( sonata núm. 60 de Haydn) a la núm. de 30 de Beethoven, escrita en 1820, en realidad con ‘tan solo’ 25 años después, no esconde la revolucionaria aportación del compositor de Bonn. Beethoven, con sus tres últimas sonatas para piano, da un salto formal y estructural con una libertad que apunta directamente al futuro, sobrepasando no ya el fin del clasicismo y el comienzo del romanticismo, sino que ofrece unas obras de una modernidad y una libertad musical visionarias. Sir András Schiff comenzó el atmosférico Vivace ma non troppo. Adagio espressivo, como si fuera un movimiento salido de una obra ya comenzada, susurrando los primeros compases con sigilo y despertando una partitura libre y crepuscular a la vez. De nuevo el contraste con el segundo movimiento, un Prestissimo como surgido a borbotones entre las teclas del piano, con intensidad y lleno de ritmo, algo menos de dos minutos y medio para llegar al corazón de esta sonata que es el último y tercer movimiento, el célebre Andante molto cantabile ed espresivo. Este andante, que dura casi trece minutos, aparece realmente como la puerta a un mundo donde el sonido se crea y explaya con la imaginación como llave para el instrumentista quien ha de recrear una partitura rica y frondosa. Schiff aprovechó el reto para ofrecer una visión hedónica y naturista del piano beethoveniano, recreado desde un sonido hondo y lleno de colores, con el uso del pedal, la limpidez en la digitación y el control elástico del tempo como base, cerrando una obra que parece suspenderse en el aire con el último acorde final que dejó ensimismado al respetable. 

Recital planteado sin solución de continuidad, cosa que encumbra todavía más si cabe la labor titánica del pianista húngaro, siguió con la celebérrima Sonata núm. 16 KV 545 de Mozart, descubriéndose una especie de juego de espejo en la concepción de las cuatro sonatas expuestas, pues si en la frescura clásica de Haydn se volvió libertad formal con la sonata de Beethoven, aquí la denominada ‘Sonata facile' mozartiana apareció de nuevo cual jarra de agua fresca, después de los caminos abiertos dejados por la sonata beethoveniana. Schiff interpretó los tres breves movimientos, Allegro, Andante y Rondo Allegretto con luminosidad y ligereza, dejando brillar las notas cual gotas de cristal que recordaron el mágico sonido del glockenspiel de Die Zauberflöte. Incluyó trinos y variaciones en las melodías, jugó con el espíritu siempre expansivo y alegre del compositor de Salzburgo mostrando el carácter rococó y cerrando la sonata cual juguete musical fantasioso de irresistible degustación. 

El último paso, la llegada a la sonata en Do menor, D,958, se volvió de nuevo otro capitulo de atmosférico resultado al piano. Sir András ofreció un mosaico musical del espíritu más romántico y atormentado del casi moribundo Schubert, pero no como un preludio macabro a su muerte, las tres últimas sonatas D. 958, 959 y 960, fueron escritas en los últimos meses de vida del compositor -1828-, sino como una llamada intensa y expresiva, paradójicamente, llena de vitalidad, como se pudo apreciar en un Allegro inicial, fogoso y conmovedor. El espíritu que imprimió el pianista húngaro a esta última sonata del programa fue una suma mayestática de toda la música anteriormente tocada, como si la clarividencia clásica de Haydn, la libertad formal de Beethoven y la chispa lumínica mozartiana confluyeran en el mundo característico de un Schubert en estado de gracia. La capacidad de recreación de la obra a medida que la va interpretando, ofreció de nuevo a un instrumentista en plenitud, donde la experiencia y recursos expresivos casan con una técnica depurada y dominadora. Los casi diez minutos del Allegro final se aparecieron como la culminación evidente de un programa completo y cómplice. El aplauso rendido del público sonsacó todavía hasta tres preciosistas bises, el Andantino de la Sonata D. 859 de Schubert, un anticipo a la próxima visita al Palau la temporada que viene de este coloso del piano, el primer movimiento del Concerto Italiano de Bach, y la Bagatela número 6 beethoviniana. Andrés Schiff, un pianista en estado de majestad.

 

 

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