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mercadante discos

(Re)descubir a Mercadante a través de su música

ARTÍCULO PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA EDICIÓN IMPRESA DE ENERO 2021.
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Resulta curioso (utilizaré curioso como eufemismo) que en el mundo de la ópera podamos vivir como si Mercadante nunca hubiese existido… cuando, en cierto modo, mucha de la lírica que hoy en día disfrutamos no existiría sin él. Uno de esos puentes que unen épocas, nombres, estéticas, porqués… y que llegado un momento son olvidados, durmiendo el más injusto de los sueños.

Se cumplen ahora 150 años de su muerte, a buen seguro ensombrecidos por quien terminó, aún sin pretenderlo, por enterrar su nombre: Giuseppe Verdi (de quien se conmemora el 120 aniversario de su fallecimiento). Saverio Mercadante (1795-1870) tuvo difícil abrirse camino en la música, rodeado de quienes hoy en día tenemos por los tótems del bel canto. Contemporáneo de Rossini (1792),  Donizetti (1797) y Bellini (1801), sobrevivió en el tiempo a todos ellos. Con Verdi también compartió gran parte del camino, aunque, sin embargo, pocos serán los melómanos que recuerden alguno de los muchos títulos operísticos que conforman el catálogo de Mercadante.  Coincidió también con Pacini, con quien disputó un reñido puesto en la fama belcantista que ninguno llegó a alcanzar... pero si apenas recordamos a uno, el otro, como dijo aquel, es “un ignorito muy bonito”.

De hecho, el éxito en su tiempo del compositor se debió en gran medida al apadrinamiento de Rossini: “Su joven alumno comienza donde nosotros terminamos”, escribió a Zingarelli, maestro de Mercadante. Su música resulta fundamental, ya digo. Cada una de sus óperas es un lugar donde convergen las formas, estilos y estéticas que también fluyeron desde el genio de Pésaro hasta el de Busseto, via Bellini y Donizetti. Y sin embargo, apenas nos acordamos de él. De hecho, resulta extraordinario que dos de las cantantes que aparecen en este número hayan cantado alguno de sus títulos: Leonor Bonilla en Francesca da Rimini y Julie Fuchs en I due Figaro.

Este último, por cierto, estrenado en Madrid (Teatro Príncipe) en 1835,  pudo disfrutarse de nuevo en el Teatro Real hace una década, bajo la batuta de Riccardo Muti. Supuso un acercamiento de Gérard Mortier a la figura del músico, quien vivió en la capital durante un tiempo, así como en Cádiz (allí estrenó La rappresaglia y Don Chisciotte alle nozze di Gamaccio). Quizá aspectos circunstanciales, pero que motivan un poco más estas líneas, en reconocimiento de un legado que merecería ser mejor tratado.

Para un primer acercamiento a su grueso corpus operístico (al menos más de 50 títulos entre estrenos y revisiones), recomendaría picotear de los fragmentos que algunos nombres de la lírica han llevado a los estudios de grabación. No son muchos y prácticamente ni siquiera estaremos obligados a decantarnos por una versión u otra, por desgracia. No obstante, empezaré  por el que quizá sea su título más conocido (“conocido”, entiéndanme...):, Il Giuramento y su aria Compita è omai… Fu celeste, que ha sido grabada por varios tenores. De hecho, Plácido Domingo cantó la ópera completa en la Wiener Staatsoper, más por sumar un número a su registro personal que por servir a Mercadante como merece. En recital, su pupilo Rolando Villazón grabó la parte comentada en el disco Cielo e Mar, que presentó en el Teatro de la Zarzuela y donde, sin embargo, no cantó al compositor italiano. Mucho antes, Josep Carreras lo llevó a disco como carta de presentación. Toda una declaración de intenciones en un timbre tan ardiente como luminoso. Finalmente, José Bros titulaba su único disco en DECCA como Giuramento, incluyendo el mismo fragmento. Para mí, las tres versiones son estupendas (Carreras me arroba los oídos, eso sí), cada una en sus coordenadas y he querido dejar las tres en la playlist asociada a estas líneas, para disfrutar del abandono y el lirismo con el que Mercadante insufla estos compases, en tres voces distintas de tenor.

También de Il Giuramento, Agnes Baltsa grabó Ah! Si… Mie care… Or la sull’onda, con una notable intervención del flautista Herbert Segl (Orfeo). Como veremos más adelante, Mercadante siempre prestó especial atención a la flauta, instrumento que estudió como solista.  Me viene a la cabeza también, en el mismo estilo, Ah si del tenero amor mio, de Elena da Feltre. Bellini con una flauta, podría ser perfectamente.

Por continuar con la voz de mezzosoprano, Joyce DiDonato grabó no hace mucho Se fino al cielo escendere, de La vestale, (Erato) si bien los cuatro minutos escogidos le dejan a uno con sensación de falta de compases, de resolución, de remate de la escena. Por su parte, Martine Dupuy hizo lo propio con Soave Immagine, de la ópera Andronico, en un bonito vinilo en el que unía al compositor con sus valedores Rossini y Zingarelli. Lástima que, por el momento, no parezca estar catalogado en las principales plataformas digitales.

Imprescindible todo el disco, no hay que perderse el dueto de dos grandes, míticas sopranos como son Mirella Freni y Renata Scotto, en un disco maravilloso en el que cantan, mano a mano, Leggio già nel vostro cor, de Le due illustre, además de otras escenas de Mozart y Bellini. Y de otra enorme de la lírica siempre dispuesta a la recuperación, Leyla Gencer, podemos escuchar un directo de 1985 en el que interpreta Addio, felici sponde, de Didone abbandonata. De la ópera Virginia también podemos encontrar varios cortes, de entre los cuales me quedaría con el brillante, vigoroso Ah! Tant’oltre non credea de Bruce Ford en Opera Rara.

Con un somero repaso, tan solo hablando de piezas sueltas, ya he nombrado siete títulos distintos que bien valen la pena en su totalidad. Sigo sumando con una protagonista muy frecuentada en el Romanticismo y más allá: Francesca da Rimini y la ópera homónima que le dedicó el compositor. Un título estupendo, de puro bel canto, que tendría que haberse estrenado en Madrid, en 1831 y que no ha visto la luz escénica hasta 2016 (!).

Escuchándolo (Dynamic), uno pronto se dará cuenta de cuánto debe Mercadante a Rossini. También a Bellini en este título, pero sobre todo al primero, tan de moda en el Madrid de 1830. De sus dos extensos actos, marca del de Pésaro, merece y mucho la pena escuchar desde È l’ultima lagrima... Ivan resister tento. Además de la brillante intervención de Leonor Bonilla, disfrutaremos de una página para soprano que bien recuerda al Rossini serio, especialmente y por ejemplo, al de Semiramide (estrenada en 1823). Una escritura exigentísima, con la que también riega el rol del tenor, así como el de la mezzosoprano, que aquí canta travestida en un personaje masculino. Tras su aria, mezzo y soprano se unen en un exquisito duo (A quel pianto es maravilloso) que precede justo a un final eléctrico y dramático, de los que ponen la piel de gallina. Efectivo y efectista bajo la batuta de Fabio Luisi, como uno espera en los grandes dramas belcantistas. Una pasada, hagan la prueba.

Del buen puñado de óperas de Mercadante que ha registrado Opera Rara, sello que sigue siendo la (única) referencia belcantista por antonomasia, traigo aquí un título más conocido en coordenadas donizettianas: Maria Stuarda. 16 años se llevan los estrenos de una y otra versión, habiéndose subido primero a los escenarios la del músico napolitano, en 1821.

Las reinas Tudor, ya lo saben ustedes, fueron un caldo de cultivo extraordinario para los autores del bel canto. Desde la Elisabetta rossiniana (1815) a la tetralogía de Donizetti, esta Stuarda supone un magnífico punto medio entre unas y otras. Y un admirable contraste con el argumento de todas ellas, centradas en la rivalidad entre mujeres (Maria e Isabel I de Inglaterra en el título de Donizetti de mismo nombre). Mercadante, sin embargo, pone el foco en años anteriores, cuando la Estuardo luchaba por hacerse valer frente al heteropatriarcado de nobles escoceses. De hecho, el personaje de Isabel aquí ni aparece. Maria Stuarda encarada a un montón de personajes masculinos, con no uno, sino dos roles travestidos. En la acertada grabación de Opera Rara, se escucha a Judith Howard como protagonista, junto al Olfredo de Jennifer Larmore y el Carlo de Manuela Custer.

Al libreto, tampoco se vayan a creer, no podemos pedirle demasiado y la reina es salvada por uno de ellos. Entre tanto, Mercadante hace maravillas en los concertantes, con una escritura vocal por momentos de órdago y una orquesta que anticipa al mismísimo Verdi. “Las óperas mejor instrumentadas”, llegó a decir Liszt (que era Team Wagner) de sus partituras. Atención a la curiosa aria de la protagonista, sobre un violín obbligato.

Del resto de títulos que Opera Rara grabó en su “etapa Mercadante”, no podría dejar de mencionar aquí Emma d’Antiochia (im-pre-sio-nan-te), I Normanni a Parigi, o los Orazi e Curiazi con los que, muchos años más tarde, Bertolt Brecht nos enseñaría más de una verdad sobre el nazismo y las guerras impuestas por quienes dominan el mundo. 

Terminaré destacando aquí su Virginia, título al que hacía referencia anteriormente. Debiendo haberse estrenado en el Nápoles de 1851, con una trama que mezcla asesinatos y política en la antigua Roma, se encontró de frente con la censura de los Borbones. Una “costumbre” que, por ejemplo, también vivió Verdi con su Ballo in maschera y que obligó al título de Mercadante a dormir en un cajón durante 15 años. Sólo fue rescatado hacia el final de sus días, poco antes de morir, cuando el compositor ya estaba completamente ciego, a modo de homenaje. Pero 15 años en el arte, en la música y en la ópera se antojan demasiados, más en aquella época, donde Verdi reinaba sin corona, haciendo que este título pasara sin pena ni gloria.

Selecciono en la playlist el final de la partitura, como ejemplo y resumen de todo aquello que prevalece en la ópera: personajes muy perfilados psicológicamente, trama política, subtrama paterno-filial... pareciera que esté hablando de Verdi, pero es Mercadante, en el mismo año en que aquel estrenó Rigoletto. Ah! M’odi almeno para barítono, seguido del Ch’io t’annodi de la soprano (arpa mediante), antes del cierre de la ópera, es canela en rama.

Merece también la pena que dedique unas líneas al corpus de canciones del compositor, aunque sea para dejar constancia de ellas. Muy contados recitales en disco las incluyen, con voces tan variadas como las de las sopranos Suzanne Danco o Renata Tebaldi. A esta última podemos escucharla en la playlist con La sposa del marinaro, en “respuesta” a La serenata del marinaro que también escribió Mercadante, dándose juego a sí mismo. Dejo asímismo esta canción tanto en versión para voz aguda (el tenor William Matteuzzi) como para voz grave (el bajo Michele Pertusi), para que ustedes mismos puedan decidir cuál les gusta más. Por lo demás, acudir a Opera Rara vuelve a hacerse necesario, con un álbum dedicado a las mismas: Les Soirées Italiennes y un plantel de buenas voces.

Fuera del sello inglés, siempre puede acudirse a Naxos para completar nuestra inmersión mercadantiana. Basada en la inmortal obra de Cervantes, allí encontraremos su ópera Don Chisciotte alle nozze di Gamaccio, así como I Briganti. En Dynamic también está Pelagio y Luciano Pavarotti grabó en DECCA su Qual Giglio Candido, de Le sette ultime parole di nostro Signore sulla croce, toda una singularidad.

Aunque de menor calado, el trabajo de Mercadante más allá de los escenarios líricos resulta muy interesante y, no podía ser de otro modo, bebe del drama, vive de la ópera. Títulos sinfónicos que respiran psicología e historia, como el dedicado a Garibaldi, uno de los unificadores de Italia; melodías a menudo sustentadas sobre lo cantabile, u homenajes directos a autores como Bellini o Rossini trufan su catálogo de obras.

Un cedé en Naxos recoge buena parte de todo ello, bajo dirección de Francesco La Vecchia, incluyendo la dramática sinfonía mencionada como celebración de la Unificación; así como la Sinfonía sobre temas del Stabat Mater de Rossini, o su Homenaje a Bellini, todas ellas contrastando lo lírico con lo dramático. En su Sinfonia sulla 2a caratteristica napoletana, escuchamos una apasionada tarantela.

Por otro lado, no parece que sus conciertos para clarinete hayan llamado demasiado la atención de los numerosos instrumentistas que han acudido a los estudios de grabación. Aún así, podemos encontrar varios álbumes con ellos, de entre los cuales he escogido la versión de Dieter Kñöcker en Orfeo, junto a la Orquesta de cámara de Praga. Escuchándolos es imposible no retrotraerse hasta Mozart y el Clasicismo.

Ya por último, no puedo despedirme sin fijarme en el que fue el instrumento favorito de Mercadante más allá de la voz: la flauta, que estudió desde su época en el conservatorio y cuyos conciertos dedicados a ella llegó a estrenar personalmente en Nápoles. Me atrevería a decir, aunque uno nunca está seguro tratándose de Mercadante, que aquí sí, han sido numerosos los músicos que han cuidado y grabado su obra. Varias opciones pueden disfrutarse aún en las plataformas digitales y en medios físicos: Jean-Pierre Rampal, Marzio Conti, Andrea Griminelli, Irena Grafenauer... no parece que haya habido flautista con cierto reconocimiento que los haya grabado durante décadas pasadas del siglo XX; algo que, no sucede de un tiempo a esta parte.

De todos ellos, me quedo con James Galway junto a los Solisti Veneti de Claudio Scimone, quienes le dedicaron un disco al completo a finales de los años ochenta. Recoge tres conciertos íntegros, del que tengo que destacar aquel en mi menor, con ese Rondo russo central y su Allegro vivace scherzando al que, en estos tiempos que estamos viviendo, ojalá todas y todos podamos volver más pronto que tarde. ¡Feliz escucha!

 

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