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 Peter Schreier blanco negro

Un cantante de otra época 

Obituario en recuerdo de Peter Schreier (1935-2019)

“Aber einst, wie Alles flieht,

Scheidest du mit deinem Lied,

Wenn dich Liebe fortbewogen,

Oder dich der Tod entzogen.”

Tercera estrofa del poema “Die Sennin” de Nikolaus Lenau, musicado por Robert Schumann en el ciclo Sechs Gedichte und Requiem op. 90 (1850)

El tenor Peter Schreier, nacido en Meißen (Sajonia) en 1935, llegó al Kreuzchor de Dresden a la edad de ocho años. De 1956 a 1959 estudió canto y dirección en la Universidad Estatal de Música de Dresde. En 1959 se subió al escenario de la ópera por primera vez, como primer prisionero en el Fidelio de Beethoven. Las etapas de su carrera internacional lo llevaron primero a la Staatsoper de Dresde y luego a la Staatsoper de Berlín. Rápidamente se convirtió en el cantante más popular de la antigua República Democrática de Alemania (RDA). Algunas de sus grabaciones, especialmente la de villancicos alemanes, fueron superventas con más de un millón y medio de discos. 

A raíz de esta popularidad, la RDA otorgó a Schreier la libertad casi completa de viajar libremente. Fue invitado a numerosos escenarios internacionales desde mediados de la década de 1960. Ya sea la Staatsoper de Viena, la Scala de Milán, Salzburgo o el Metropolitan Theatre de Nueva York, sus actuaciones siempre fueron recibidas con entusiasmo. Schreier incorporó más de 50 papeles, entre los que destaca el Conde Almaviva del Barbero de Sevilla de Rossini (que cantó en más de 150 funciones en la Staatsoper de Berlín en la lóngeva puesta en escena de Ruth Berghaus). También interpretó a causa del funcionamiento (en ocasiones, caprichoso) del modelo de compañía de los teatros alemanes los personajes de David, Mime, Lensky, Fenton, Des Grieux, entre muchos otros. También lució su timbre plateado en grabaciones de obras maestras poco frecuentadas hoy día como Alfonso und Estrella de Schubert y Genoveva de Schumann. Su incursión en los papeles mozartianos de Ferrando y Don Ottavio atestiguan una cierta rigidez, debido al aroma alemán de su tratamiento textual y también resulta extraño su “cast” en el rol de Max en la, no sólo en ese sentido, fallida grabación del Freischütz de Dresden con Carlos Kleiber a la batuta. Su interés por el “Palestrina” de Pfitzner no estuvo exento de polémica por la connivencia del compositor con el Tercer Reich. Schreier cantó este papel en la Staatsoper de Munich (uno de sus feudos habituales) y posteriormente insitió en cantarla en Berlín, topándose con ciertas resistencias del comité central político. 

También contó con la complicidad de Herbert von Karajan que tras una colaboración en una Pasión de Bach le ofreció el papel de Loge en Das Rheingold que cantó en Berlín, Salzburgo y grabó en la excelente versión de Marek Janowski al frente de la Staatskapelle de Dresde y también bajo la batuta de Christoph von Dohnanyi con la Cleveland Orchestra. Otra producción discográfica wagneriana, la memorable versión de Die Meistersinger von Nürnberg de Karajan grabada también en la capital sajona, en la que Schreier interpreta el papel de David, muestra de manera magistral como el tenor sabía incorporar en su canto las reglas académicas de las que habla su personaje en esa ópera. Su David es, sin duda alguna, uno de sus papeles referenciales. Ante la repentina muerte de Fritz Wunderlich en 1966, que gozaba de la máxima popularidad en los países de habla alemana, Schreier fue requerido por muchos directores y teatros para “sustituir” a Wunderlich en papeles como Tamino. Esta manera de relacionar ambos artistas no fue una suerte para Schreier, que no podía situarse más en las antípodas, por carácter y timbre. 

Schreier fue el éxito de exportación de la RDA más importante en su campo y disfrutó de privilegios, todo ello sin llegar a ser nunca miembro del partido comunista. Nunca pensó en emigrar de la RDA, como recordaba en una entrevista en 2000: "No tenía motivos para irme. No me impidieron hacer mi arte, nunca me pusieron una camisa de fuerza”. Estaba arraigado en el hogar. "Me perdería algo si no pudiera vivir en Dresde", dijo siempre.

Es bastante olvidada su carrera como director de orquesta, que aprendió en paralelo a sus estudios de canto. Centró su actividad en los teatros y orquestas alemanas pero llegó a dirigir la New York Philharmonic y funciones en el Metropolitan Opera. Karajan le invitó a dirigir los Berliner Philharmoniker en diversas ocasiones. En España dirigió funciones de Don Giovanni en el Liceu en una residencia de la Bayerische Staatsoper de Munich en 1990 y realizó giras on orquestas alemanas. Como director grabó las grandes obras de Bach con el Rundfunkchor de Leipzig y la Staatskapelle de Dresden. Su versión de la Pasión según San Mateo resulta especialmente equilibrada y emotiva en sus números finales. 

Schreier era en vida considerado como uno de los más grandes liederistas de todos los tiempos. Su dicción inmaculada y exacta no tiene igual. Este aspecto, siempre comentado, no es menor y el propio Schreier destacaba este aspecto en su enfoque ante este género: “El intérprete de Lied tiene como rol principal ser un transmisor del texto poético, un trovador, un bardo, un contador de poesías. El contenido emocional viene dado por la poesía, no tanto por la actitud, intención o acaso impostación del intérprete.” Siempre se destaca la titánica labor de Dietrich Fischer-Dieskau en la recuperación y revitalizació de este género, pero la aportación de Schreier no es menor como demuestra que grabó numerosos discos dedicados a los lieder de Beethoven, Schubert, Schumann, Hindemith, Prokofiev, Wolf, Einem, Kreutzer, Downland, Meyer, Mozart, Brahms, Dvorák y Weber. Grabó cinco veces la Molinera sin repetirse. La espontaneidad y naturalidad eran sus grandes activos, basados en una técnica a prueba de bombas y alejado del estilo mucho más enfático de Fischer-Dieskau. Colaboró con numerosos pianistas, repertoristas destacados como Shetler, Olbertz, Deutsch, Vignoles, Rieger, así como grandes figuras como Sviatoslav Richter, Jörg Demus y András Schiff. Schreier tenía un timbre acerado, un color un tanto velado y una extensión limitada, pero a la técnica de la emisión se le pueden poner pocos reparos ni al metal de su voz atribuirle la menor frialdad. Era un cantante inteligente que conocía a la perfección sus límites y sus posibilidades. Su arte consistía en manejar a la perfección los grises entre ambos. 

En España se recuerdan sus actuaciones en la (ya legendaria) primera edición del Ciclo de Lied en el Teatro de la Zarzuela programado por Antonio Moral, así como una posterior actuación en el malogrado Ciclo Lied al Palau en Barcelona. Mención a parte merece el Winterreise que interpretó en 1991 también en el Palau de la Música presentado por Ibercamera. Ese recital fue mi primer encuentro con Schreier y supuso mi descubrimiento a los 14 años del lied. Jordi Llovet escribió con atino en “La Vanguardia” sobre ese recital memorable: “Con su voz hoy más ancha que otrora, su dicción perfecta, su capacidad de ponerse en el lugar del sombrío protagonista del ciclo, su firmeza en lo técnico, su timbre muy seductor y un dominio sencillamente prodigioso del patetismo narrativo, deleitó a los propios, que no a los extraños, hasta el más noble y sentido recogimiento y el aplauso ulterior no menos entusiasta.” En los años 70 y 80 su presencia en Barcelona fue regular en los ciclos de Promusica y el injustamente olvidado Festival Internacional de Música de Barcelona. 

Tuve la suerte de verle en alguna ocasión más, pero sin duda destacaría su última Molinera en la Schubertiada de Schwarzenberg en verano de 2005, junto a Wolfram Rieger, donde el público y la dirección del festival le tenían auténtica devoción.   

Dejo para el final su papel estrella, el del Evangelista en las pasiones de Bach y el Oratorio de Navidad. Lo cantó en infinidad de ocasiones y lo grabó en tres ocasiones. Trascendió el rol de narrador y llegó a ofrecer momentos de máxima  espiritualidad, como cuando anuncia la oscuridad a partir de la sexta hora en la agonía de la crucifixión o en el anuncio del fallecimiento de Jesús.

Artista estajanovista, y de una modestia natural se dice que tenía enormes reparos en rechazar las ofertas que le llegaban. Su muerte revela un artista con un repertorio y una discografía casi inabastables. En el reciente y ameno libro de Helmut Deutsch “Gesang auf Händen tragen” revela las prácticas de Schreier en la preparación de sus Liederabende conjuntos con el veterano pianista acompañante. Deutsch habla de “aversión” a los ensayos y revela que para su primera Molinera conjunta sólo tuvo lugar un rápido ensayo de la primera mitad del ciclo y que salieron al escenario para afrontar el concierto sin tener Deutsch ni idea de los tempi o dinámicas que Schreier utilizaría en la mayoría de los lieder. Otra época. 

Victor Medem es el Director de la Schubertíada Vilabertran y de Barcelona Obertura

 

 

 

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