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Celibidache 

Sergiu Celibidache. La extravagancia de un genio.

En el XX aniversario de su fallecimiento

El director rumano Sergiu Celibidache (su apellido original era Celebidache, aunque un error de un funcionario de aduanas lo cambio para siempre) ha sido una de las figuras más excéntricas y singulares de la reciente historia de la música clásica. Genio indudable, dotado de una fortísima personalidad e imbuido por una honda espiritualidad, su trayectoria profesional es un reto continuado a todos los estándares.

Primero en la localidad moldava de Iassy y después en Bucarest, cursó sus primeros estudios musicales y se formó también en matemáticas y filosofía. De Rumanía partió a París para continuar sus estudios y de allí se trasladó después a Alemania en 1936, al objeto de estudiar composición en el conservatorio de Berlín. En esos años forjó sus primeros contactos con dos ramas de conocimiento que le acompañarían de por vida: la fenomenología (llegó a ser Catedrático de Fenomenología Musical en la Universidad de Maguncia, entre 1978 y 1992) y el budismo (que descubrió de manos de Martin Steinke). Se doctoró de hecho con una tesis sobre el compositor Josquin des Prés. Desde 1939 a 1945, Celibidache estudió en el Colegio de Música de Berlín.

Tras ganar un concurso de dirección, durante un breve lapso de tiempo -en la temporada 1945/1946- Celibidache asumió las riendas de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín, ocupando el puesto que hasta entonces había ostentado Eugen Jochum. Su presencia en Berlín en fechas tan fatídicas como las de la Segunda Guerra Mundial le convirtieron en alguien tocado por la fortuna: y es que en el verano de 1945 la Filarmónica de Berlín le llamó para sustituir al ruso Leo Borchard al frente de sus conciertos. Fallecido repentinamente por un encontronazo con un soldado estadounidense, Borchad a su vez había reemplazado a Wilhelm Fürtwängler, separado de la orquesta por dudas sobre su reciente pasado político en relación con el nazismo. Sergiu Celibidache fue así el principal director de la Orquesta Filarmónica de Berlín entre 1945 y 1952, en esa suerte de interregno obligado que la formación atravesó al cierre de la Segunda Guerra Mundial, en la transición entre la titularidad de Wilhelm Furtwängler y el nombramiento de Herbert von Karajan como sucesor. 

Celibidache acompañó después a Furtwängler en 1947, en su retorno a la Filarmónica de Berlín tras el citado proceso de “desnazificación” y ambos compartieron la dirección de la formación alemana durante esos años. En todo este tiempo Celibidache dirigió más de cuatrocientos conciertos con la Filarmónica de Berlín. Sin embargo, en 1954 y tras el fallecimiento de Furtwängler se produjo la total ruptura de Celibidache con la Filarmónica de Berlín, herido el rumano en su orgullo por el nombramiento de Karajan como batuta titular del conjunto berlinés, al que Celi sólo volvería a dirigir en dos memorables conciertos benéficos en 1992

El Celibidache de aquellos años impacta por una suma extraordinaria de vigor y transparencia, en un estilo que por momentos recuerda a la conjunción actual que domina el hacer de Kirill Petrenko. Resulta impagable el testimonio en vídeo de Celibidache dirigiendo a la Filarmónica de Berlín en las ruinas de la vieja Philharmonie, al frente de la obertura Egmont de Beethoven. Sus interpretaciones en directo durante aquellos años en Berlín, editadas en CD en 2013 por el sello Audite, revelan a un director fulgurante. DECCA publicó también una apasionante Sinfonía no. 5 de Tchaikovsky del año 1948, con Celibidache al frente de la London Philharmonic Orchestra: un prodigio de color, fraseo, balance y dinamismo. 

Ya por entonces Celibidache se manifestó claramente distante de la ópera y contrario a las grabaciones en disco. Llegaría a decir que “una grabación es la negación del momento artístico”. Sostenía que “con el disco se ha hundido el mundo musical”. De ahí que sorprendiera a propios y a extraños cuando a finales de los años ochenta suscribió un contrato multimillonario con Sony Classics para la grabación en vídeo de varias de sus actuaciones con la Filarmónica de Múnich.

En todo caso, tras su tiempo en Berlín, Celibidache trabajó como director invitado en varias orquestas italianas (Sinfónica de la Scala, RIAS, Academia de Santa Cecilia, Turín, Nápoles, etc.). En 1952 tuvo lugar su primer contacto con la Orquesta Nacional de España. Entre 1960 y 1962 impartió asimismo cursos magistrales en la Accademia Chigiana de Siena, donde algunos directores españoles como Enrique García Asensio y Antonio Ros Marbá tomaron contacto con él (Juanjo Mena recibiría también lecciones de Celibidache, mucho más tarde). Entre 1960 y 1963 trabajó frecuentemente con la Royal Danish Orchestra.

Sólo en 1965 aceptó el puesto de titular en la recién formada Orquesta de la Radio Sueca, en Estocolmo, donde permanecería hasta 1971, relevado por Herbert Bloomstedt. Su siguiente compromiso estable tuvo lugar a partir de ese mismo año, con la titularidad de la Orquesta de la Radio de Stuttgart, formación con la que había empezado a trabajar en 1959 y donde dio ya rienda suelta a su repertorio predilecto, desde Ravel a Prokofiev pasando por Debussy o Stravinsky. Permaneció seis años ligado como titular a esta formación alemana, cediendo el testigo después a Sir Neville Marriner.  Al mismo tiempo, Celibidache fue durante dos años el principal director invitado de la Orquesta Nacional de Francia, entre 1973 y 1975, sucediendo a Jean Martinon y siendo a su vez relevado por Lorin Maazel.

En 1978 fue invitado a dirigir por vez primera la Orquesta Filarmónica de Múnich, de la que sólo un año después, en 1979, se convirtió en director titular sucediendo a Rudolf Kempe en el cargo y capitaneando uno de los periodos más personales y controvertidos de esta formación bávara, que dirigió de hecho hasta su muerte en 1996, momento en el que James Levine fue nombrado su sucesor. En aquellos años en Múnich, Celibidache logró ciertamente eclipsar a las demás batutas de la ciudad como Wolfgang Sawallisch, director de la Bayerische Staatsoper, o Sir Colin Davis, titular de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera. Y es que Celibidache no sólo cambió el sonido de la orquesta sino que transformó incluso las condiciones de trabajo y las retribuciones económicas de los músicos.

Celi tenía un verdadera obsesión con los ensayos. Llegó a decir: “Como los ensayos no dan dinero, en Estados Unidos sólo montan conciertos. No hay una orquesta, en los Estados Unidos, que te deje hacer más de dos ensayos. Ése es el mundo musical de hoy”. Batuta puntillosa y abnegada, sus versiones musicales poseían una arquitectura del sonido tremendamente nítida. Sobre todas las cosas, Celibidache se hizo famoso por sus lentísimos y dilatados tempi y por una capacidad extraordinaria para estirar la tensión de las partituras que dirigía, como si entrasen en una nueva dimensión. Como bien dijo Enrique Franco en su obituario para El País en 1996, Celibidache “trascendía los sonidos”, llevando consigo la música a otras coordenadas, para algunos demasiado espirituales y metafísicas. Sus extravagancias en este sentido iban mucho más allá incluso que las de Leonard Bernstein o las del último Klemperer, habituales también en el uso tiempo lentos. Celibidache dijo a este respecto: “¿Dónde está la riqueza de la música? Allá donde se pueda percibir el lento. Si yo me doy prisa en un sonido, se pierde el de antes”. No en vano, sus grabaciones de algunas obras duran diez, veinte o incluso treinta minutos más de lo acostumbrado en manos de otras batutas.

Hombre disparatado y excéntrico, la fortísima personalidad del maestro rumano dio lugar a algunas sonadas controversias, como la que mantuvo con la principal trombonista de la Orquesta Filarmónica de Múnich, la norteamericana Abbie Conant, que acusó a Celibidache de sexismo y sostuvo con él un pleito de más de una década de duración. Asimismo, en el invierno de 1984 Celibidache abandonó a la Filarmónica de Múnich a mitad de temporada, causando no sólo grandes quebraderos de cabeza sino también enormes perdidas a las finanzas de la institución. Sus espantadas fueron ciertamente sonadas: en una ocasión llegó a dejar tirada a una orquesta en Madrid, nada más comenzar los ensayos, partiendo para Barajas de vuelta a su casa sin previo aviso.

Celibidache mantuvo un fructífero y estrecho vínculo con España ya desde los años 50, de cuando data su primer contacto con la Orquesta Nacional de España. Dirigió más tarde también a la Orquesta de RTVE y se presentó asimismo en los ciclos de Ibermúsica con la Filarmónica de Múnich. De todas sus visitas, se recuerda sin duda el mítico coloquio que mantuvo en 1991 en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Su lengua viperina dejó entonces apelativos memorables. De Toscanini dijo que era “un idiota que gobernó durante sesenta años, el pero músico de todos los tiempos, un ignorante total”. A Karajan le tildó de ser nada más que “un genio del marketing, como la Coca-Cola; tiene poco de músico y mucho de ministro de exteriores”. Con la entonces joven Anne-Sophie Mutter, a la sazón protegida de Karajan, fue sumamente faltón: “una gallina que toca el violín”, dijo de ella. De Daniel Barenboim, con quien había trabajado previamente, dijo que “no sabía decir que no”; le parecía “un buen pianista pero incapaz de transmitir sus ideas como director”. 

Tres años antes de morir, en octubre de 1993, llevó a cabo una gira por España con la Orquesta Filarmónica de Múnich, con conciertos en Madrid, Santiago de Compostela, Sevilla y Valencia. Sergiu Celibidache falleció con 84 años de edad el 14 de agosto de 1996, encontrándose en La Neuville sur Essonne, en las proximidades de París. Había dirigido su último concierto dos meses antes, en junio de ese mismo año.

 

 

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