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 Donizetti LA FAVORITE Lee Woodward Zeigler 1899

Dos amantes castellanas en el reino de Donizetti

A lo largo del extenso catálogo de obras dramáticas de Gaetano Donizetti (Bérgamo, 1797-1848) nos encontramos con numerosos títulos con nombre de mujer. Mujeres, en general, enamoradas, heroínas románticas siempre presas del destino, casi siempre cruel, y que a la postre sucumben a lo que esos hados y la sociedad en la que viven les imponen. De las más famosas, de las que su historia se mantiene hasta nuestros días, figuran las protagonistas de la llamada Trilogía Tudor. Aparecen tres reinas de indudable influencia y poder en su tiempo: Ana Bolena, María Estuardo e Isabel I. Los libretistas de Donizetti están, bastante a menudo, poco preocupados por la realidad histórica pero en este trío de ases operísticos sí que se acercan un poco más a lo que la historia nos cuenta. Sobre todo en “Roberto Devereux” donde la imagen de Isabel I, reina y mujer, es uno de los retratos más conseguidos del maestro de Bérgamo. Isabel ejerce su poder y sacrifica su amor en aras de lo que le exige la razón de Estado, conjugando en la ópera esas dos divisas que atormentan las mentes románticas: el deber y la renuncia.

Pero también hay un grupo de mujeres que a lo largo de la Historia han sido poderosas e influyentes y a las que dedicó Donizetti su inspiración. Dos de ellas, de las que vamos hablar en estas líneas más ampliamente, son dos españolas, dos castellanas, coetáneas ambas, mujeres que vivieron en el convulso siglo XIV español y amantes de dos poderosos reyes, padre e hijo. Hablamos de Leonor de Guzmán y Maria de Padilla. La primera, más conocida por su sobrenombre operístico de “La favorita”, será durante décadas la amante, y esposa de facto, de Alfonso XI al que dará diez hijos, uno de ellos, Enrique. Éste será el fundador de la dinastía Trastámara que reinará en Castilla y luego en Aragón, siendo los Reyes Católicos, conocidos por ser los artífices de la unión de todos los reinos peninsulares -excepto Portugal-, descendientes ambos de Leonor. La segunda, también amante (aunque el rey reconocería en las cortes de Sevilla, un año después de su muerte, que era su primera y única esposa) de Pedro I, hijo legítimo de Alfonso XI y enemigo de los hijos de Leonor, los Trastámara, sus hermanastros. ¿Se reconocen estas dos poderosas mujeres de la alta nobleza castellana en las óperas de Donizetti? Poco, si hay que ser sinceros. Donizetti necesitaba, debido a las draconianas exigencias de teatros y empresarios, material sobre el que levantar sus obras. No era la época muy exigente en cuanto a rigor histórico y se acudía o dramas de autores conocidos (caso de “La Favorita”) o a leyendas medievales pergeñadas por un libretista prolífico y famoso, como Gaetano Rossi en “María Padilla”.

La Leonor de Guzmán de Donizetti poco tiene que ver con la real. Como se dijo más arriba el s. XIV fue uno de los más dramáticos de la Edad Media. Peste, crisis económicas, hambrunas y guerras fratricidas se suceden en suelo castellano. La lucha entre el poder real y la nobleza se tensa en estos años y las alianzas matrimoniales y dinásticas cobran gran importancia. Alfonso XI se casa con María de Portugal para buscar un aliado en su lucha con los últimos restos del poder musulmán en la Península. Pero nunca dejó a su amante Leonor, que pertenecía a una de las casas nobiliarias más influyentes de Castilla y que también garantizaba al rey aliados en ese bando. De hecho, con María tuvo dos hijos y con Leonor díez. Era ésta última la que acompañaba generalmente al rey en su itinerante corte, e incluso en las campañas bélicas. Era su consejera, su amante y ejercía gran poder. De ella un gran intrigante de la época y poderoso noble, aunque su fama sea más ahora como literato, D. Juan Manuel, dijo: “aquella mala mujer”. Pero sitiando Gibraltar, muere Alfonso de peste y aquí la suerte de Leonor cambia radicalmente. Su rival María de Portugal y el hijo de ésta, el rey Pedro I, sus grandes enemigos, toman el poder y es apresada al poco tiempo. Pocos meses sobrevivirá a su amante Alfonso y será ejecutada por orden de la reina madre en el castillo de Talavera de la Reina. En la ópera poco se trasluce de la mujer real. No es creíble que una mujer tan inteligente y calculadora como Leonor se arriesgue a perder su status por el amor de un joven al que ha conocido casualmente y que, como nos cuenta el libreto, acabe dejándolo todo para seguirle a Santiago de Compostela y morir en sus brazos. Pero el público exigía estas mujeres abnegadas, que renuncian a todo para estar con su amante. Aunque sí que hay algún detalle que tiene enlace con la realidad histórica. Leonor da a su amante un documento que le permite progresar en la escala social, llegar a tener mando en el ejército y contacto directo con el rey, lo que denota el poder de la valida (porque eso era también Leonor, la confidente y asesora política del monarca). Poco más hay de coincidencia con la realidad histórica, si acaso situar dos de los actos en los lugares donde se desarrolló gran parte de la vida de Leonor: Andalucía (concretamente Sevilla y la gaditana Isla de León).

La historia de María de Padilla y el argumento de la ópera de Donizetti también tienen solamente algunas coincidencias. Pero si que la idea que es el centro de la  ópera fue una cuestión importante en la vida de la María real. María Padilla, hija como Leonor de una noble familia de mucha influencia política en la época, y Pedro I empiezan su relación desde muy jóvenes. Pedro, cómo se comentó más arriba, acabaría reconociendo que fue su única y legal esposa, no se sabe si por resarcir póstumamente a María o por asegurar la legitimidad de las hijas que tuvo con ella. Por cuestiones dinásticas y de alianzas, y en plena Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, Pedro se compromete con Blanca de Borbón, se casa con ella en Valladolid a regañadientes (el matrimonio había sido amañado por su madre María -la rival de Leonor de Guzmán- y su valido Alburquerque) y a los dos días abandona la ciudad y a la reina, que pasará la mayor parte de su vida encarcelada, muriendo a la temprana edad de 22 años, unos dicen que envenenada, otros de peste. Pedro I, llamado por unos el Cruel por otros el Justiciero, se enfrenta por éste y otros problemas a parte de la nobleza y sobre todo a sus hermanastros, los Trastámara. Mientras, María será, como lo fue Leonor, amante, confidente y valida de Pedro. Le dará cuatro hijos pero morirá de muerte natural a los 27 años de edad. Las crónicas cuentan el gran dolor del rey por la pérdida de este apoyo tan importante en su tormentoso reinado que acabará en 1369, en el famoso enfrentamiento cara a cara con su hermano Enrique que, apoyado por Beltrán de Duguesclín (aquel, que pronunciará en ese momento la conocida frase: “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”) lo mata con su puñal. En la ópera efectivamente María se casa con Pedro, pero por razones de Estado, tiene que guardar silencio. El hecho de aparecer como amante del Rey y no como su legítima esposa levanta las críticas de la corte, reflejo en el libreto de las tensiones que vivió el reinado de Pedro I entre sus aliados y sus enemigos, una auténtica guerra civil donde gran parte de la nobleza, incluida la familia de María, cambiaba constantemente de bando. En la ópera la relación entre el rey y su amante tiene vaivenes que tienen mucho que ver con la pretensión de Alburquerque, el malvado consejero real, de casar al monarca con Blanca de Borbón. La situación se complica por la aparición de un padre que pide que se le restañe su honor (en la realidad el padre de María consideraría un gran ascenso social y garantía de poder la relación de su hija). Al final de la obra Pedro reconoce a una viva María Padilla como su única y legítima esposa. Exactamente cómo ocurrió, pero con nuestra protagonista ya muerta.

Como tantas veces ocurre en la ópera, ficción y realidad poco tienen que ver. Pero es indudable que a los personajes históricos que por sí mismos ya tenían vida propia, el ser argumento operístico les ha dado una nueva luz, un nuevo interés, una nueva proyección que será tan eterna como la música.

 

 

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