Klaus_Tennstedt_c_Klaus_Hennch_copia.jpg© Klaus Hennch 

Tennstedt, el director que convirtió las heridas en música

Un recorrido por su discografía esencial 

 

“No estoy aquí para marcar el compás. Estoy aquí para unir a la orquesta en mi propia verdad musical personal"

Hay vidas y circunstancias que quizá solo puedan entenderse a la luz de aquello que las redime. Probablemente la de Klaus Tennstedt fuera una de ellas. Creció en la Alemania nazi con el peso de las prohibiciones y la sombra de Dresden ardiendo a sus espaldas. Llegó a ser concertino en la Orquesta de Halle, pero un bulto entre dos dedos —ese detalle brutal, casi simbólico— le arrebató el violín y con él la única identidad que conocía. A los veintiún años ya acumulaba un matrimonio roto, una hija que alimentar y una carrera destrozada. Llevaba su inseguridad como quien lleva una cicatriz visible, sin ocultarla, casi con orgullo.

Tambaleándose entre podios, alcohol y dudas, perdió también a esa hija —por suicidio—, y algo en él se quebró de una manera que ninguna batuta podría reparar. Era, como escribió alguien que lo conoció, un peligro para sí mismo y para los demás.

Y, sin embargo, cuando en 1973 un agente llegó casi por casualidad a Kiel para escucharle dirigir una Séptima de Bruckner, el mundo musical tardó exactamente una semana en ponerse a sus pies. Su técnica era caprichosa, su figura desgarbada, su presencia sudorosa e imprevisible. Pero había algo en él —esa vulnerabilidad sin disfraz, esa ausencia total de egolatría— que hacía que las orquestas y el público lo adorasen con una intensidad casi inexplicable. En el Royal Festival Hall de Londres, donde llegó a ser director titular de la Filarmónica, las ovaciones lo recibían antes de que levantara la batuta.

Klaus_Tennstedt_c__Clive_Barda_copia.jpg© Clive Barda 

Mahler: la patria espiritual de Tennstedt

«Siempre tendremos que dirigir a compositores que no nos entusiasman tanto... pero con un compositor esto no sirve. No sirve con Mahler. Uno debe creer en Mahler, proclamar su lealtad de todo corazón, para poder interpretarlo» 

Mahler fue su lengua materna secreta. Cuando hablaba sobre él gesticulaba con los brazos de par en par y murmuraba que aquella música no era cuestión de análisis sino de instinto, de vida o muerte. Había leído la biografía del compositor en lágrimas, reconociéndose en el dolor por la hija perdida y encontrando por fin un sentido a tanto naufragio. Dirigió Mahler como quien se confiesa, no como quien se exhibe. Como si el lenguaje mahleriano fuera consustancial a su personalidad: “Se agachaba, bailaba, apuñalaba, golpeaba”, describía el crítico Harold Schonberg en el New York Times.

Desde los primeros compases de la grabación de la Primera Sinfonía (EMI, 1991), junto a la Orquesta Sinfónica de Chicago, emerge una sensación difícil de describir y aún más difícil de conseguir, esa alegría luminosa y frágil, casi inocente, que parece brotar de la propia naturaleza sonora de la partitura. Pero esa delicadeza convive con repentinas oleadas de entusiasmo, con una exuberancia vital que estalla en los episodios más expansivos como un paisaje que, de pronto, se abre bajo una luz cegadora. Tennstedt conduce a la orquesta por ese itinerario emocional con una mezcla de sensibilidad poética y fervor visionario. Bajo su batuta, la sinfonía despliega toda su riqueza de colores, desde los susurros más íntimos hasta las arrebatadas culminaciones del movimiento final, donde la orquesta alcanza una plenitud sonora de extraordinaria intensidad, evocando ese mundo juvenil, soñador y contradictorio que habita en la primera gran obra sinfónica de Mahler.

Este artículo completo estará disponible en la próxima edición de la edición impresa de Platea Magazine, en el mes de julio

Klaus_Tennstedt_c_Richard_Holt_copia.jpg© Richard Holt