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AIDA, UNA VISIÓN SUBJETIVA

¿Cómo enfrentarme a un artículo que trate sobre una ópera del calibre de Aida? ¿Opto por un acercamiento digamos “clásico” donde cuente los orígenes de la obra, su génesis, el discurrir de sus representaciones, su éxito mundial? ¿Qué puedo aportar con mis líneas para salir de lo más trillado comentando una obra de las más conocidas del repertorio lírico? Lo tengo difícil. Al final creo que lo mejor, en circunstancias como estas, va a ser acudir a mis propias vivencias, al sentimiento, al alma de aficionado que realmente es lo que da sentido a la pasión por la ópera. 

Como tantas óperas, la historia de Aida, aunque amarrada a las orillas del Nilo, puede extrapolarse a cualquier latitud (¡ojo! no estoy proponiendo una producción con una esclava esquimal de Groenlandia raptada por los invasores vikingos). Una sierva que en realidad es princesa, un militar valiente y aguerrido pero que se deshace de amor, una princesa altiva enamorada del hombre equivocado, un padre-rey vengativo, todos son personajes abocados a un final trágico aunque con el consuelo romántico del triunfo del amor. Ingredientes, que mezclados de diversas maneras, hemos visto dar vida a óperas de diversos nombres. Tampoco nada nuevo en los libretos de las óperas de Verdi. ¿O sí? El genial compositor, sobre todo en sus obras de madurez, medita mucho los temas y cómo dar brillo a los pentagramas para crear música inolvidable. Ya no son los años 70 del siglo XIX como aquellos, al principio de su carrera, en los que necesitaba perentoriamente dinero para vivir con cierto desahogo. Verdi en estos años es un asentado y reconocido terrateniente de la llanura padana, ese valle del Po al que siempre estuvo tan unido. Pero es en esos momentos, con permiso (y sin él, según quien opine) de Wagner, el compositor operístico más famoso del mundo. Los teatros lo cortejan y hasta el esquivo París lo reclama, aunque no siempre lo entienda. Verdi siempre tuvo una relación amor-odio con la “Gran Boutique” como denominaba a Teatro de la  Ópera Imperial. París es el centro del mundo cultural y político de la segunda mitad del siglo. Las cortes europeas imitan las modas y usos franceses y si Verdi estrena en París, otras capitales quieren originales verdianos para sus teatros. Primero será San Petersburgo en 1862 y diez años después vendrá un encargo del jedive (el virrey turco) de Egipto. Ismail Pachá, que así se llamaba el mandatario, quiere del maestro italiano una ópera ambientada en Tebas, en el  antiguo Egipto, que emerge con sus fabulosos monumentos de años de abandono impulsada por el fervor arqueológico nacido desde que Napoleón conquistara el país. El argumento de la ópera proviene del egiptólogo Auguste Mariette y le da forma de libreto Camille du Locle. Aunque, como tantas veces, Verdi no sólo es el compositor de la música si no también el alma del libreto. 

Ese libreto, interesante pero no magnífico, se pone al servicio de una música sublime, que ahora puede parecernos arquetípica por los toques exóticos y también excesivamente pomposa, pero que sigue teniendo el mismo gancho teatral y dramático que cuando se estrenó. Porque para mi, lo más atrayente de Aida es esa mezcla perfectamente engarzada de, por una parte,  lirismo e intimidad, y por otra de pomposidad y espectáculo. Pero en esa ambivalencia radica el principal problema a la hora de llevarla al escenario. Creo, sin temor a equivocarme, que Aida es una de las óperas más maltratadas a la hora de representarla. Se suele tender a resaltar en ella todo aquello que es más llamativo visualmente y también más marcial en lo musical. No es extraño ver producciones con excesiva parafernalia en la famosa escena del segundo acto, la de la puerta de Tebas. Esclavos, soldados, fieras, estandartes, tronos, todo sirve para llenar el escenario mientras vemos volver las tropas victoriosas de Radamés (nuestro capitán protagonista) de la campaña de Etiopía (de donde es princesa nuestra heroína, Aida, aunque nadie lo sepa y se la considere una simple esclava) y donde el faraón anuncia, como premio al victorioso militar, la mano de su taimada hija Amneris (la rival de Aida y el personaje psicológicamente mejor dibujado de la trama) en presencia del rey etíope, Amonasro (capturado como esclavo pero sin que se conozca su rango y que clama venganza).  Un despliegue que resulta ideal para espacios como la Arena de Verona o el Festival de Orange pero que en muchos teatros menos espectaculares, apabulla. 

En cambio el aficionado aprecia tanto o más esos momentos íntimos, de intenso lirismo que salpican la partitura. Por ejemplo la maravillosa escena de Aida (a la que luego se incorporará en un maravilloso dúo, Radamés) con la que comienza el acto tercero, en una noche de luna a la orilla del Nilo. O el dúo final, en la tumba en la que es encerrado Radamés y a la que acude también Aida a morir, mientras una arrepentida y aún enamorada Amneris susurra "Pace, t'imploro, salma adorata, Issi placata ti schiuda il ciel!”. Pero para mostrar más aún lo polifacética que es esta partitura también aparecen momentos de sutil sensualidad como el coro que acompaña el baño de Amneris con el que comienza el segundo acto. El lado más rígido e intransigente de la historia aparece con la casta sacerdotal y el juicio por la supuesta traición a Egipto de Radamés. Una intolerancia religiosa que ya se mostró con más virulencia en la anterior ópera verdiana, Don Carlo, representada allí por ese personaje temible que es el Gran Inquisidor. El anticlericalismo que Verdi a esa altura de su vida ya se permite no ocultar, se hace presente.

Releyendo lo escrito espero que al que no conoce la obra le entre la curiosidad por descubrirla. Si ya la conocen perdonen muchos de mis comentarios que les parecerán perogrulladas. A todos recomiendo coger una buena versión de Aida y oírla-verla por primera vez o por enésima. Y mejor aún, asistir a una representación en directo y dejarse llevar por melodías inolvidables, admirar la valentía de los tenores, de los que parece vengarse Verdi al colocar nada más comenzar la obra esa joya envenenada que es el aria Celeste Aida, disfrutar de la envolvente melodía de ballet en la escena de la consagración de Radamés como capitán en el templo de Isis, compadecerse de los dilemas de Aida presionada por un padre inmisericorde… En fin disfruten de una de las mejores obras del repertorio operístico y que ¡Viva Verdi!

 

 

 

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