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Caballe retrato blanco negro

Montserrat Caballé en mis recuerdos

Por Roger Alier

Los inicios de la carrera de la gran soprano catalana Montserrat Caballlé coincidieron casi exactamente con los de mi interés por el género operístico  que llevaría más tarde a dedicarme a la crítica y otras actividades relacionadas con el mundo de la ópera. En los primeros años de esta dedicación, no siempre asistía todas las funciones del Gran Teatre del Liceu, y por lo tanto me perdí su debut en la Arabella de Richard Strauss (7 de enero de 1962) y mis padres se “apropiaron” de mis entradas para la Butterfly que cantó poco después, pero a partir de este momento ya no me perdí ninguna de las representaciones que se ofrecían en el Liceu bajo la égida del empresario Joan Antoni Pàmias, quien precisamente a partir de 1963 consolidó su posición como dirigente del teatro, no sin algunos momentos de tensión con la entonces todopoderosa Propiedad del mismo. Pero no fue hasta el rotundo triunfo de la soprano en el Carnegie Hall de Nueva York, con su Lucrezia Borgia de Donizetti que su fama la convirtió en la figura prominente de las temporadas del Liceu y recuerdo perfectamente el grandioso triunfo que obtuvo con Il trovatore verdiano en los primeros días de enero de 1967. Pude presenciar la inolvidable aclamación de que fue objeto la diva después de la última aria de Leonora de esta ópera, que cantó con su cabaletta, que en aquella época se suprimía muchas veces. La inmensidad de ese triunfo no se ha borrado jamás de mi mente, y recuerdo que llegué a temer por la integridad del teatro, ya que las aclamaciones del público no se ciñeron a los bravos y los aplausos, sino que en todos los pisos del teatro el público mostraba su entusiasmo también con los pies, algo que en lenguaje teatral de entonces podía haber significado un fracaso (un “pateo”), pero que en esta ocasión  quedaba muy claro que se trataba de un entusiasmo desbordante. Esto ocurría en el edificio antiguo del Liceu, el que había sido edificado en 1862 tras el primer incendio, y si en alguna ocasión estuvo en peligro la antigua estructura del local fue sin duda en esas noches de enero de 1967, con el triunfo descomunal de Montserrat Caballé en su “D’amor sull’ali rosee” y su correspondiente cabaletta.

Como en esta época el empresario Pàmias había conseguido la generosa participación de la Caballé en las temporadas pagándole unos caches muy inferiores a los que ahora ya cobraba la diva, se aprovechaba de la costumbre inveterada de Montserrat de pasar las fiestas de Navidad y Año Nuevo con su familia en Barcelona para obtener su colaboración en más de un título. Recuerdo una inolvidable Traviata, y también la capacidad de la diva para el repertorio alemán para que ofreciera todavía, ya en los últimos días de la temporada, un Tannhäuser con una exquisita Elisabeth de noble factura, que causó una gran impresión. Dirigía el maestro Oskar Danon, que con el tiempo descubrimos que era uno de los preferidos por la Caballé, cuyas peculiaridades en el canto y en el fraseo la llevaron a preferir cada vez más la presencia de “sus” directores y no otros.

Crítico “a distancia”

En aquella época yo ya realizaba unas modestas tareas como crítico para la revista Serra D’Or, unas columnitas que no leía casi nadie, pero que me permitían irme curtiendo en la actividad en la que me fui especializando. Con acierto o sin él, en aquellos años yo consideraba que era más pruedente abstenerme de ir a saludar a los cantantes después de la funciones, como hacían muchos en estos años en que el acceso al escenario desde la platea no ofrecía ninguna dificultad y se podía realizar sin control alguno. Por este motivo no tuve ningún contacto personal con Montserrat Caballé ni en el Liceu ni fuera de él: la primera vez que la pude saludar fue en el aeropuerto de Heathrow, en Londres, en que me limité a saludarla al encontrármela sola, de pie, esperando a alguien. Me limité a un breve saludo sin ningún otro comentario. Yo seguía convencido de que mi actitud era la mejor y más adecuada como crítico ahora ya en activo, primero en el diario Avui y mucho más tarde en La Vanguardia.

Fueron transcurriendo así los grandes años de los triunfos inolvidables de la gran soprano en “su” teatro, en los que los “platos fuertes” de las  temporadas eran las óperas cantadas por ella en el breve ciclo que entonces suponía la temporada de ópera (desde principios de noviembre hasta principios de febrero. Ahora parece inconcebible tal como funcionan los teatros, pero entonces en el Liceu no se concretaban las fechas de las representaciones y por extraño que parezca, los abonados no sabían con precisión qué títulos verían con su abono, y si les “tocaría” alguna de las funciones con la Caballé o no. Descubrí con gran satisfacción, que en la centralita telefónica que  había junto a la administración, y que regentaba el minúsculo y gruñón Pepe, había una lista con las diez o doce funciones siguientes, valiosa información que  utilicé a partir de entonces para no perderme ninguna de las actuaciones de nuestra diva.

El gran malentendido

Cuando el 9 de mayo de 1980 murió el empresario Pàmias, el Liceu entró en una nueva dinámica; previendo lo inevitable, Pàmias había creado una empresa, Espacios Escénicos, para que pudiera gestionarlos su viuda, Gloria Pecorara, que llevó a cabo la gestión de la siguiente temporada, 1980-1981. Pero la magnitud de los problemas que presentaba un teatro como el Liceu sobrepasaban las posibilidades de la nueva empresa, y la señora Pecorara, desoyendo los cantos de sirena de un posible empresario interesado que “rondaba” la casa, decidió recurrir a la recientemente restaurada Generalitat de Catalunya que el político Jordi Pujol lideraba desde hacía poco más de un año.

El drástico cambio que supuso el nuevo sistema implicaba un pacto con la  Propiedad del Liceu, un limpieza de los principales espacios del teatro, incluyendo el famoso Saló dels Miralls y el funcionamiento del cargo de empresario, que pasó a manos, modificado, del  promotor de conciertos Lluís Portabella. 

También para la crítica hubo cambios: en aquella época yo había formado parte del grupo de siete críticos de la revista Ritmo de Madrid, y con dos de ellos redactaba también la parte informativa de los programas de mano del teatro, que ahora eran más “serios” y solventes. Pero la situación desembocó en un conflicto, porque uno de los siete –que no era yo- se permitió unos comentarios en la revista madrileña que ponían en cuestión la calidad de algunos de los cantantes que promocionaba el hermano de Montserrat Caballé, Carlos. La diva, que siempre tuvo en un pedestal a su hermano, sacó el hacha de guerra, y amenazó con no cantar más en el Liceu si los implicados en el asunto seguíamos colaborando en los programas.Pasaron algunas semanas sin que la dirección del Liceu tomara decisión alguna sobre el tema hasta que un domingo por la tarde, habiendo observado por las “galeradas” del próximo programa, el de La Vestale de Spontini, que seguía habiendo artículos de los “culpables” en él, la diva amenazó con no cantar en esta ópera. Por una vez, el siempre indeciso Portabella, que había manifestado que tenía que hablar con los del equipo, pero no lo había hecho aún, dio órdenes a su empleado Diego Monjo que llamara a un agente teatral para encontrar otra Giulia para cantar La Vestale. No hizo falta más para que se solucionara en un minuto el conflicto:la Caballé retiró su amenaza y el equipo de los programas continuó en su labor. 

No recuerdo ahora en qué momento preciso cambió completamente la actitud de Montserrat hacia mí, pero seguramente fue con motivo del homenaje que tributó la ya entonces célebre entidad de amigos de la ópera Fra Diavolo que había fundado el entonces también crítico F. X. Mata unos años antes, y en cuya fundación intervine yo; el homenaje se llevó a cabo en el Club Marítimo de Barcelona, gracias a la intervención de un socio de esta entidad, Francesc Riera Perxachs y su esposa Montserrat, que eran amigos de la Caballé desde hacía  tiempo. En todo caso, la diva aceptó asistir al amistoso almuerzo y ocupó la mesa presidencial. No dijo ni una palabra acerca del pasado incidente y se mostró incluso afectuosa conmigo y se hizo fotografías con todos los asistentes al acto incluido yo mismo.

Ninguna sombra del conflicto se levantó en mis relaciones con ella, y  partir de este momento los Caballé tuvieron toda clase de deferencias con mi persona. Se me ofreció la asistencia a varias actuaciones de la Caballé en Roma incluso viajando con la familia al estreno en Tivoli de una ópera de Massenet, y más tarde la asistencia al debut de su hija Montserrat Martí en la Scala de Milán, en el papel de la protagonista Maria del célebre West Side Story de Bernstein en el teatro milanés. No quedaba ya nada de mi antigua reserva respecto de ir a saludar a los cantantes después de las funciones y recuerdo que después de su relativamente afortunada interpretación de Tristan und Isolde, que la diva me confesó personalmente que la había emprendido como homenaje a su marido Bernabé, ahora hacía tiempo ya apartado de la escena por decisión familiar. 

No hubo, como se ha dicho a veces, una fuerte amistad mía con los Caballé, pero éstos confiaron  en mí para participar en el jurado del Concurso Caballé en los cuatro últimos años que tuvo lugar en Zaragoza. He seguido en contacto con la familia desde entonces y como es lógico, he sentido como aficionado a la ópera de toda la vida y como profesional del tema, la pérdida de esta gran figura universal del canto. Mi último contacto con la Caballé fue cuando la encontré en la ocasión en que su hija Montserrat Martí cantó en la Ópera de Sabadell el rol de Nedda, en Pagliacci de Leoncavallo, a la que, como solían hacer siempre, asistieron desde un lugar discreto del teatro, sus padres Montserrat y Bernabé. 

 

 

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