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ROMPER LA FORMA

Madrid. 12/02/18. Auditorio Nacional. Fundación Ibermúsica. Obras de Chopin, Schumann, Debussy y Scriabin. Evgeny Kissin, piano.

Madrid tenía ganas de Evgeny Kissin. Entradas agotadas y asientos complementarios sobre el escenario, que quien escribe tuvo el privilegio de ocupar, a escasos metros de un pianista tan sumergido como encendido ante cuatro grandes del piano que se adentraron en la búsqueda de la expresión a través del color, que elevaron el piano en nuevas coordenadas y que, de algún modo, rompieron con la forma establecida.

El Chopin de Kissin se muestra a base de retención, contención y, por lo que demostró en una de las propinas ofrecidas (Vals brillante, op.34-1), detonación. Con mucho poso y un sentido más llamémosle terrenal, los Nocturnos 15, 12 y 18 (en este orden), fueron estirados, degustados y ralentizados en una vía que sólo los grandes pianistas, como Kissin demuestra ser, pueden permitirse sin perder la forma chopiniana. Y tras estas tres piezas, el acabose.

En muchas ocasiones el piano de Schumann se desborda en su propio continente. La magia del compositor, una de ellas, es esa tendencia a diluirse en la forma sin deslavazarse un ápice. Su Sonata para piano nº3 es un mural pintado a grandes trazos, sin marco aparente, donde fuerza, color y vigor parecen depositados a cubetazos sobre el piano. Sólo Clara sabe poner cierto orden y equilibrio ahí dentro, aunque tampoco son las variaciones más clásicas en la forma, precisamente. Ya sólo por el lujo que supone escuchar esta obra en directo, el disfrute podría estar asegurado, pero es que, además, Kissin sostiene y aguanta la fuerza desbocada de un Schumann de 26 años con rigor y músculo, haciendo gala de sus capacidades sobre la paráfrasis del color, de la que ya les he hablado en alguna ocasión. Rigurosa mano izquierda que le permitió elevar la partitura desde el Allegro inicial, cerrándolo de forma colosal y con fastuosos momentos que le seguirían, como la maravillosa construcción del contrapunto en el Scherzo, o las ponderadas variaciones sobre Clara que el pianista ruso supo mimar en la concepción, con Brahms sobrevolando el teclado. El juego de manos en el comienzo del cuarto movimiento fue una maravilla, convertida en genialidad con el despliegue de recursos schumannianos – ¡ese color que le arranca a uno los sentidos ante la superposición de texturas! -que vendrían después en un endiablado Prestissimo possibile, concluyendo, seguramente, con uno de los mejores momentos que Kissin ha regalado en España con Ibermúsica tras más de 30 años y 40 conciertos con ellos.

En la segunda parte, unas coordenadas aparentemente inhóspitas para el ruso como son los Preludios de Debussy, pero no hay nada que un buen aniversario (100 años de su muerte en 2018) no sea capaz de conseguir. El francés, de nuevo, rompiendo con la forma, reaccionando ante la estructura clásica y llevando al súmmum aquello de la armonía estética. El pianismo horizontal podría haberse desbordado en manos de Kissin, pero ya lo cantaba Sam en el Café de Rick: “A Kiss(in) is just a Kiss(in)…” (¡¿sabían ustedes que en realidad ese papel iba a interpretarlo Ella Fitzgerald!?). Kissin es mucho Kissin y está – sigue – en su mejor momento (lo de quienes hablan de su reciente matrimonio para decir que está mejor… ¿en serio? En 2019, ¿!En serio¡?). El Debussy de Evgeny quizá no sea el más evocador, pero discurre en un muy buen planteamiento del color y la narración, con momentos elevados al llegar La fille aux cheveux de lin y, desde luego, La cathédrale engloutie, demostrando que existen varios caminos para sublimarse bajo el mar, a la misma altura que el Pollini* que visitó el Teatro Real hace unos años.

Cerró el programa, ahora ya sí, una de las especialidades de la casa: Scriabin, con su Sonata para piano nº4, tan breve como arrebatadora, dejando al público inclinado hacia delante con el fastuoso y sí, también rompedor Prestissimo volando conclusivo. Ovación cerrada que mereció como propinas un Schumann, un Debussy, el Chopin comentado y una creación propia: Tango dodecafónico, ante unos asistentes que, sabían, estaban asistiendo a una (otra) noche histórica de Kissin con Ibermúsica.

 

*En España, que es un lugar donde los sabios son poco menos que apartados a un rincón al llegar a cierta edad, muchos se llevaban las manos a la cabeza por los años que acumula al piano el gran Maurizio Pollini, quien ofreció un programa similar la noche anterior a Kissin, en el mismo lugar. Sin contemplar ni lo que fue, ni lo que es. Uno es la suma de lo que ha sido y lo que será a cada momento. Y hay que reverenciarse ante nuestro mayores que tanto han aportado a las artes. Disfrutar con ellos hasta el día que decidan retirarse. Se lo dice alguien que ha gozado con Montse cantando Le roi de Lahore a los 80 años. Ante los que no dudan en tirar por los suelos – ahora - a Pollini, sólo cabe una receta: más Pollini. Más sabios. Y más sabios españoles… que uno no sale de su asombro al ver cómo la Fundación Scherzo (dirección artística y patronato) lleva más de diez años sin traer por sus feudos a alguien, por ejemplo, de la talla de Joaquín Achúcarro, mientras este tocaba Brahms con Colin Davis, a Falla con Rattle o próximamente Rachmaninov con Ono en Japón… Vuelvo a Dooley Wilson y aquel bar en Casablanca: Kissin, Pollini, Achúcarro, cada uno de los artistas que suben al escenario… quienes trabajamos o disfrutamos alrededor de un escenario deberíamos tener siempre claro que “The fundamental things apply as time goes by”.

Foto: Rafa Martín / Ibermúsica.

 

 

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