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El sueño de Mélisande

Aix-en-Provence. 07/07/2016. Gran Teatro de la Provenza. Debussy. Pelléas et Mélisande. Stéphane Degout (Pelléas), Barbara Hannigan (Mélisande), Laurent Naouri (Golaud), Franz-Josef Selig (Arkel), Sylvie Brunet-Grupposo (Geneviève), Chloé Briot (Yniold), Thomas Dear (Le Médicin). Fhilarmonia Orchestra. Dirección de escena: Katie Mitchell. Dirección Musical: Esa-Pekka Salonen

Es casi obligatorio en muchas de las óperas que se comentan en la actualidad comenzar hablando de la producción. No es que yo le de más importancia que al aspecto musical, más bien al contrario, pero en el caso que nos ocupa es necesario analizar la propuesta de Katie Mitchell, que se estrena este año en el Festival d’Aix-en Provence, para después pasar a comentar la extraordinaria parte musical de esta noche.

Pelléas et Melisande es la obra maestra del simbolismo operístico. Basada en una obra teatral del belga Maurice Maeterlinck, los planteamientos musicales de Claude Debussy siguen fielmente estos caminos. Debussy inventa, crea, delinea esos caminos con una música completamente propia y original. Sí que tiene influencias de otros compositores anteriores, pero su lenguaje resulta novedoso y producirá una influencia que marcará muchas de las composiciones que vendrán después. La historia dibujada, con esos doce cuadros que la componen unidos pero todos con vida propia, nos presenta unos personajes no del todo definidos, pero sí con marcadas características (el misterio que rodea siempre a Melisande, la inocencia y la pasión de Pelléas, las inseguridades y los celos de Golaud). Los acontecimientos, y sobre todo los sentimientos que ellos nunca dominan les abocan irremediablemente a la tragedia final. 

Parece que Mitchell quiere aclarar esa indefinición de los protagonistas al espectador, lo que son y lo que han podido ocultar. Explicarnos Pelléas et Melisande. ¿El espectador busca esto? No lo sé, yo, personalmente, no; prefiero esa especie de nebulosa ensoñación de la idea original. Pero es indiscutible el inteligente planteamiento de la directora. El camino por el que nos va llevando, unas veces más acertado (recalcando y dando más crudeza a las escenas de más impacto emocional de la obra, como la tensa conversación entre Golaud y su hijo o la escena de amor en la fuente de los ciegos, que aquí se vuelve infinitamente más explícita que en el original). Pero también mas errático en otras, como la famosa escena del cabello de Melisande en la torre. Mitchell nos saca de los paisajes marinos, de los oscuros jardines, de la indefinición temporal, y nos sitúa en una casa burguesa de los años sesenta o setenta del pasado siglo donde se desarrolla una historia plenamente realista de amores, celos y traiciones en la que casi todos los personajes participan. Al final (aunque ya se esboza al principio), todo se resume en un sueño de Melisande, que Mitchell convierte en protagonista absoluta de la producción, quizá abandonada en su noche de bodas en un hotel cualquiera.

Todo este entramado dramático se sustenta en una escenografía, firmada por Lizzie Lachan, precisa, bella e inquietante en su aparente sencillez, con momentos de una calidad excepcional como los de la piscina (localización del la fuente de los ciegos), y que perfectamente se adapta al cambio constante de esas doce escenas gracias a un equipo técnico de una gran categoría que recibió unos merecidos aplausos al final de la representación. Muy acertada también la iluminación de James Farncombe y el vestuario de Chloe Lamford. Todo lo hablado de esta dirección se completa con un movimiento de actores (responsabilidad de Joseph W. Alford) que admira por su calidad y por la total implicación de todos los que participan en la producción. Pero nada funcionaría aquí sin el trabajo espléndido de unos cantantes que son a la vez espléndidos actores. 

Si la puesta da pie a diversas opiniones e interpretaciones, nada que reprochar a una versión musical que raya en la perfección. Esa-Pekka Salonen es un especialista en este repertorio y casi sin mandar, solo insinuando con sus gestos y su batuta, es el protagonista indiscutible de la representación. La música de Debussy se muestra bajo su mano rica en detalles, cohesionada, fluida y de una belleza embriagadora, completamente fusionada con la escena. Poco que decir de una orquesta de semejante categoría como es la Philarmonia, que tiene un sonido cálido y empastado, donde los solistas (excelente el clarinete) se funden con el resto de familias, especialmente con unas cuerdas en estado de gracia. 

Barbara Hannigan debuta en estas funciones, si no me equivoco, como Mélisande, y su fusión con el personaje es completa y total. Hannigan no es una Melisande perdida, melancólica, mística… Es una mujer de carne y hueso que vive con pasión su historia, inclinada afectivamente, se podría pensar por la producción, más a Golaud que al propio Pelléas. Excelente como cantante, nunca resultó histriónica, con una bellísima línea musical y unos pianos que emocionaban. En esta recitación, canto, declamación, que es el alma vocal de la obra, todos los cantantes estuvieron adecuados. Stéphan Degout, que ha cumplido en estos días su cincuenta representación del papel de Pelléas, domina su rol a la perfección. Estuvo lastrado quizás como actor por una caracterización de un joven excesivamente tímido, casi retrasado, que huye de un amor que parece le es impuesto por Melisande para provocar a Golaud, pero su nivel vocal fue espléndido. Degout posee una preciosa voz de barítono que mostró toda su belleza en la zona más aguda de su tesitura. Impresionante fue su escena en la fuente, donde acabará muriendo, que emocionó a todo el teatro. Laurent Naouri también es un veterano en el papel de Golaud, y se notó en la seguridad demostrada en toda la representación. Resultó tremendamente impactante en la escena de los celos con su hijo, pero en todas sus intervenciones su voz pudo oírse sin dificultad y con ese color oscuro que tan bien le va a su papel. Es un lujo contar como Arkel con un cantante de tanta calidad como Franz-Josef Selig. Una voz que destacó sobre todo en su monólogo del cuarto acto ante Melisande, y en la escena final, donde supo transmitir la derrota y la pena que siente su personaje. Excelentes también la Geneviève de Sylvie Brunet-Grupposo y el Yniold de Chloé Briot. Completó el elenco un correcto Thomas Dear como el doctor. 

 

 

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