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WestSideStory Salzburg Silvia Lelli 

Siempre actual

Salzburgo. 21/08/2016. Festival de Salzburgo. Bernstein: West Side Story. Cecilia Bartoli, Norman Reinhardt y otros artistas. Dir. escena: Philip William McKinley Dir. musical: Gustavo Dudamel

La presencia de West Side Story en el Festival de Salzburgo era más bien algo inesperado: el musical no es exactamente un género que se sienta como en casa a orillas del Salzach. Cecilia Bartoli ya sacudió la tradición en el Festival de Pentecostés, dedicado a Romeo y Julieta en referencia al 400 aniversario del nacimiento de Shakespeare, proponiendo una nueva producción de la obra maestra de Leonard Benstein, Stephen Sondheim, Arthur Laurent y Jerome Robbins, en un adaptación del original shakespeariano. Y es que estamos verdaderamente ante una obra maestra, una partitura que marcó a su manera el siglo pasado y que está hoy de plena actualidad: luchas entre clanes, enfrentamientos mafiosos, racismo, vida marginal en la periferia de las grandes ciudades, problemas de integración de los inmigrantes… todas ellas son cuestiones todavía hoy sin resolver, cuya urgencia salta a la vista. Pero estamos también ante una obra maestra en términos musicales y cinematográficos, lo que complica aún más su puesta en escena.

Por otro lado, tanto el de Bernstein como los de Bartoli y Dudamel son nombres que por sí solos arrastran ya al público: de hecho, el Festival se ha visto obligado a abrir el ensayo general al público, ante la enorme demanda generada por estas funciones, agotadas sus localidades hace tiempo y con abundantes espectadores con el consabido cartel de “Suche Karte” (busco entrada) en las inmediaciones de la Felsenreitschule. Se podía temer pues que fuese todo una mera operación de marketing y lentejuelas. Pero no fue así. La producción, como sucede con tantas grandes producciones en el mundo del musical, parece destinada a reponerse por medio mundo: parte de un dispositivo escénico (firmado por George Tsypin) de talla monumental que se sobrepone a la arquitectura natural de la Felsenreitschule, que ya de por sí constituye un marco espectacular para cualquier tipo de espectáculo. En el caso que nos ocupa, dicho marco natural apenas se emplea, salvo momentos muy puntuales. Y es que la piedra de la Felsenreitschule se ve sustituida aquí por una estructura de metal y vidrio, cubierta por graffiti, con tres niveles que delimitan los diversos espacios escénicos, rematado todo por una inmensa pasarela que sirve para la última y trágica imagen de la representación. La estructura en cuestión se abre y se cierra según los deseos del espectáculo, en función del espacio necesario para acoger las bellas y vivas coreografías de Liam Steel, obviamente inspiradas en las originales de Jerome Robbins.

El espectáculo, en modo alguno “operístico”, juega plenamente con las leyes y las reglas del musical americano (incluso en los saludos finales, típicamente al modo de Broadway), sonorizado discretamente (eficaz trabajo con el sonido de Gerd Drücker) y perfectamente regulado, con precisión de relojero. Todo funciona en fin perfectamente: ritmo, coreografía, transiciones entre la danza y el canto, intervenciones del coro, dinamismo, entrega, agilidad escénica… Es un espectáculo de gran profesionalidad, sin ningún defecto formal.

La dirección de Philip William McKinley tiene que tener en cuenta que Cecilia Bartoli no tiene ya ni la edad ni el físico del personaje de María. Para hacer plausible la historia, partiendo d la idea de la adaptación de Arthur Laurent, donde María no muere, McKinley hace ver una doble figura de María, de modo que la más mayor de las dos (papel cantado) recuerda las vivencias de la más joven (papel hablado y bailado). La joven María se ve aquí acompañada por un doble, la vieja María en un luto eterno, que piensa y revive con mimo la trágica historia de su amor por Tony, hasta tal punto que se termina suicidando, arrojada a las vías del metro. La caracterización permite a Cecilia Bartoli no sólo construir un personaje más maduro, más conmovedor y más sabio, y al mismo tiempo otro más fresco que vive la historia en directo, como una proyección del pensamiento y de los recuerdos de la María del presente. El planteamiento permite también a Bartoli abstraerse del código del musical como tal, pues no participa de las coreografías ni de los diálogos, casi fija e inmóvil al fondo o a los lados del escenario, cantando en un estilo más lírico más “operístico”, que no corresponde en fin al estilo del musical, del que la maravillosa Anita di Karen Olivo es un ejemplo paradigmático. Parece justificada esta diferencia de estilos: la Maria que Bartoli encarna ha superado ya la edad y el período del musical, puede cantar de modo diverso, puede abstraerse del código del musical, hasta un punto en el que se diría que su interpretación es una suerte de coqueta y estudiada distancia, para acentuar el contraste entre su estilo, su legato, su fluidez, y la diversa naturaleza de los otros intérpretes. Todo ello confirma, en última instancia, la diferencia radical entre su personaje y la historia que recapitula. El resultado final es a decir verdad conmovedor: invita verdaderamente a llorar, compartiendo el espectador la mirada de María sobre sí misma, hasta un punto en que su historia se convierte en la nuestra. 

El resto de los intérpretes resultan bravísimos, si bien son muchos para poderlos citar a todos: Sharks (en particular el Chino de Liam Marcellino), Jets y sus chicas, una cuarentena de de cantantes-bailarines excelsos, naturales, frescos, violentos, rebeldes; y cuatro adultos, entre los que destaca el policía Krupke de Daniel Rakasz. George Akram (Bernardo) y Dan Burton (Riff) son dos jóvenes especialistas del musical que cuentan ya con una buena experiencia en América, habiendo participado en diversas producciones. Su frescura y su fluidez al pasar del canto al baile o a los diálogos son algo verdaderamente excepcional. La joven actriz Michelle Ventimilla es la “joven” María, la del pasado. También ella ha participado ya antes en varios espectáculos, incluidas series de televisión: resuelve con honores su cometido, en una parte ingrata donde recita sin cantar, doblada aquí por la María del presente (Cecilia Bartoli es obviamente el centro de atención de la representación). Tony es Norman Reinhardt, un joven cantante americano salido del estudios de la Houston Grand Opera que canta ya en varias ciudades europeas y americanas, en roles de tenor lírico. Su formación le permite cantar la parte de Toy en un estilo intermedio entre la ópera y el musical, cuidado mucho los agudos en falsete, que consigue sostener de maravilla. En otros momentos a la voz le falta un poco de ductilidad, pero en conjunto defiende el rol de forma convincente: cantando a dúo con una Bartoli que está, digamos, fuera de escena, debe encontrar el camino de en medio para sonar al mismo tiempo joven y vigoroso. Un tenor a seguir.

Subrayaba antes la prestación excepcional de Karen Olivo, de origen portorriqueño. Ella es también una especialista del undo del musical que obtuvo un Tony Award por su rol de Anita en la reposición de West Side Story en Broadway, en 2009. Actriz genuina, increíblemente humana, natural, perfecta en su canto y en su baile: su “America” es un momento excepcional del espectáculo y no en vano recibe el entusiasmo de público. Frente a Bartoli, Karen Olivo representa el mundo del musical en su perfección y en toda su vivacidad, precisamente allí done Bartoli, más madura, canta en un modo más clásico y controlado, más propiamente lírico, la parte de Marie. Quizá esto haya podido decepcionar a algunos espectadores, que esperaban una Bartoli más lanzada y entregada al estilo del musical. Pero Bartoli es demasiado inteligente como para exponerse en un estilo que no domina. Esta solución escénica, con la doble presencia del personaje de Marie, le permite seguir siendo ella misma: en “Somewhere” ofrece un canto dulce, muy lírico, sentido y mórbido, que parece fundirse de hecho con la joven María planteada por la producción. Es un momento de extraordinaria tensión emocional.

Todo este joven reparto está sostenido por una orquesta prodigiosa, en manos de Gustavo Dudamel, muy atento desde el foso a cuanto sucede en escena: nadie se ve cubierto por el sonido de la versión musical, bien es cierto que también ayudadas las voces por una ligera sonorización. Dudamel conduce todo con un ritmo ejemplar, sin privilegiar las partes más dinámicas o más jazzísticas sobre las líricas, que resuelve con gran ligereza, con dulzura incluso, introduciendo poco a poco una tensión y una fluidez que dotan al espectáculo de un gran sentido teatral. Se muestra pues aquí su batuta como la de un verdadero artesano del equilibrio musica y la coherencia estilística: consigue dirigir todo el espectáculo desde una aproximación global, en la que nos se advierten transiciones bruscas entre los diferentes estilos. Su acompañamiento en “Somewhere” es ya motivo suficiente para suscitar una increíble emoción. Consigue asimismo que el foso baile de algún modo con la música, con una orquesta tremendamente dinámica, capaz de sonar brillante y tersa, hasta un punto casi impalpable. Su dirección es en suma excepcional, idiomática y capaz de trascender el color operístico de algunos momentos, acompañando a la Bartoli con delicadeza inaudita. 

En conjunto, pues, un espectáculo que podía ser superficial y sólo brillante y que gracias a Bartoli y a Dudamel, pero también a una compañía excepcional de artistas, se desvela como uno de las propuestas más apreciadas de este verano en Salzburgo, subrayando la capacidad emotiva de West Side Story y apuntando hasta qué punto esta obra merece entrar de un modo natural en los teatros de ópera, en la medida en que es ya un “clásico” de nuestros días, una obra que habla a nuestro corazón y la humanidad de nuestro mundo.

 

 

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