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  • Christoph Eschenbach (c) KR Klassik
  • Matthias Goerne (c) Marco Borggreve

 

 

Espectáculo extraño, laboriosa barbarie

Madrid. 04/12/15. Auditorio Nacional. Temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España. Obras de Wagner y Stravinsky. Matthias Goerne, barítono. Christoph Eschenbach, director musical.

Es, fue más bien, la Consagración de la primavera un “espectáculo extraño de laboriosa y pueril barbarie”. No es que lo apunte un servidor sino Henri Quittard, crítico de Le Figaro que quedó algo defraudado con la obra – como prácticamente toda la sala, bien es sabido – la noche de su estreno en 1913. Difícil es aportar más palabras a aquella noche de histeria colectiva y siempre, siempre, siempre resulta mejor quedarnos con aquellas de Cocteau, de actualidad fueran las que fueran, en este caso aportando luz a la crónica social: “matices de snobismo, supersnobismo y snobismo invertido estuvieron representados”. Lo cierto es que podríamos considerar la Consagración como el mayor exponente del subgénero Hard-boiled (por aquello de lo extremo y lo violento) del post-impresionismo musical, si es que resultase posible extrapolar lo uno a lo otro. Tanto que ahí tenemos a McCoy con su They Shoot Horses, Don’t They? que en nuestro país se tradujo como Danzad, danzad malditos al llevarla Pollack a la gran pantalla, título que bien puede enlazarse con esta magnífica temporada “Malditos” que está ofreciendo la Orquesta Nacional.

Al frente de la formación el alemán Christoph Eschenbach, cuyo nombre llegó incluso a sonar como sorprendente posible titular de la casa, cuando las batutas se convirtieron en motivo de especulación hace unos años. Eschenbach, quien personalmente no terminó de convencerme en el mismo podio tiempo atrás con una Quinta de Tchaikovsky, erigió ahora una Consagración de visión analítica y pulso vehemente hacia la catarsis auditiva. Nada desmedido en una lectura de gran respeto por tímbricas y texturas, con incisiva rítmica, presentando una Consagración colorista e imperativa donde brilló cada atril de la orquesta, con especial mención a la cuerda grave*, metales y percusión, tan elementales en esta partitura. La Glorification de l’Elue junto a todo lo que vendría por delante, tan vivo, tan tenso y medido, nos reveló a un Stravinsky verdadero. Una pena que ya no se vivan noches de histeria colectiva como aquella de 1913 en el Théâtre des Champs-Élysées. Pero la música, siempre tan generosa, nos recuerda siempre quiénes somos, aunque sea de forma un tanto incómoda. Y no puede ser más maravilloso.

Antes, en la primera parte, se unió a Eschenbach sobre el escenario el barítono Matthias Goerne, más habitual en los ruedos liederísticos, para dar vida a Wotan y el Rey Marke wagnerianos. El director de orquesta tiene bien cogido el patrón al barítono, Schubert mediante, y le regaló unas lecturas de Tristan y Walküre hechas a su medida en una visión lírica y sostenida, sin demasiado aliento ni decibelios, como pudo disfrutarse especialmente tras “Denn einer nur freie…” en el abrazo de Brünnhilde . De esta forma, Goerne supo y pudo defenderse, tirando de dramatismo, con unas partituras (Tatest du’s wirklich? en Tristan und Isolde y Wotans Abschied und Freuerzauber de Die Walküre) que le reclamaban mayor tesitura, sobre todo hacia la zona más grave y con las que construyó unos protagonistas que fluctuaban en la evocación del abandono antes que sobre la figura del hombre, del rey, del dios… o del mito.

Los asiduos al Auditorio Nacional debemos ser conscientes y, si ya lo somos, repetírnoslo casi como un mantra: No nos hemos visto en otra igual desde hace mucho tiempo. La Orquesta Nacional de España se encuentra en su mejor momento y jamás nos había ofrecido tal calidad y cantidad de invitados ilustres en su programación . Afortunadamente hay quien entiende, y Félix Alcaraz demuestra ser una de esas personas, que la evolución es un proceso demasiado lento y pasivo, prefiriendo remangarse en pro de una “(R)evolución(es)” que nos era tan necesaria como merecida.

*Llevaba tiempo sin acudir al Auditorio y ya todo merece la pena sólo por ver a los dos solistas de chelo, Miguel Jiménez y Ángel Luis Quintana, disfrutando y sintiendo la música de tal manera.

 

 

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