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Tosca Harteros DeLeon Viena 

Reconciliarse con la diva

Viena (10/10/2016) Wiener Staatsoper. Puccini: Tosca. Anja Harteros (Tosca). Jorge de León (Cavaradossi). Marco Vratogna (Scarpia). Jongmin Park (Angelotti). Wolfgang Bankl (Sacristán). Michael Roider (Spoletta). Coro y Orquesta de la Wiener Staatsoper. Dirección de Escena: Margarethe Wallmann. Dirección musical: Mikko Franck.

Permítanme que comience esta crónica con una reflexión personal: la problemática relación que como aficionado mantengo con una diva de la clase y altura de Anja Harteros. A la rendida admiración por una de las sopranos más destacadas de su generación se une en mí una cierta contrariedad hacia su figura, tan dada a cancelar con demasiada asiduidad y sin motivo aparente, citas musicales de su agenda. Tengo bastante claro que no voy ya a invertir con antelación tiempo y dinero en viajar para ver una ópera donde Harteros esté en el cartel. Pero también es seguro que si los astros se alinean correctamente y tengo la ocasión de oírla cantar tampoco la voy a desaprovechar. Y más, cómo en esta ocasión que relato, si es protagonista de una obra tan emblemática como Tosca. Y sí, como siempre que la escucho, al final tengo que reconocer su grandeza y vuelvo a reconciliarme con ella. Harteros se apropia de Tosca y crea, como las grandes Toscas de otras épocas, su Floria personal e intransferible. En su caso, humana, elegante, rabiosa cuando se le ataca pero siempre con grandes dosis de nobleza. No es ni una Tosca histérica ni mojigata, sino una mujer enamorada que lucha por su amor. Pasión que se traduce (y ahí está su maravillosa grandeza) en un canto de una belleza exquisita, lleno de matices y aristas, con agudos fáciles y diamantinos, canto casi recitado que susurra al oído del espectador. Su “vissi d’arte” es de los que pasarán a la historia. También hay que reconocer que alguna subida al agudo tiene sus dudas pero esa es la magia del teatro: el sentir la humanidad del cantante, su pálpito real y directo, fuera de los artificios de la grabación. Hoy por hoy nadie la supera en este papel.

Esta Tosca de la Wiener Staatsoper no sólo ha sido un éxito gracias a Harteros. La artista germano-griega ha estado flanqueada por dos cantantes de extraordinarias cualidades que han demostrado la calidad de su trabajo. Jorge de León es ya un consumado Cavaradossi. Su dominio del papel es palpable. Si empezó con una “recondita armonia” bien resuelta pero no brillante, poco a poco se pudo disfrutar de ese timbre tan característico, tan adecuado a papeles como éste, que rezuma frescura y demostrando que tiene un agudo limpio, amplio, de bello color, al que llega sin apoyaturas forzadas, elegante y regio. Fenomenal en su “Vittoria, vittoria” del segundo acto, puso la guinda en una maravillosa “E lucevan le stelle”. Admirable. Los tres protagonistas estuvieron muy bien actoralmente pero destacaría el Scarpia de Marco Vratogna, verdadero maestro en dar vida al retorcido policía. Todo su gesto pero también todo su canto estuvo al servicio de dibujar esa figura demoníaca. Su voz, en plena forma, corría sin dificultad pasando casi a la declamación cuando el papel lo exigía pero siempre con ese estilo tan particular del barítono pucciniano. Supremo en un segundo acto donde, junto a Harteros, hizo vibrar a todo el teatro.

Irrelevantes los comprimarios encabezados por el Angelotti de Jongmin Park, con un Spoletta de Michael Roider para olvidar, y donde sólo se salvó el sacristán de Wolfgang Bankl. Correcto,en su pequeña participación, el Coro titular del Teatro.

Mikko Franck es un curtido director finlandés de reconocido prestigio y que ha puesto toda su profesionalidad al servicio de una muy adecuada dirección musical. Atento a los detalles, siempre dejando respirar a orquesta y cantantes, su Puccini ha sido reposado cuando se exigía y brillante en los momentos más dramáticos. Claro que con unos profesores como los del foso de la Ópera de Viena todo parece fácil, pero no lo es. Tanto individualmente como en conjunto éstos han hecho justicia a la fama que mantiene la Orquesta.

La producción que firma la ya fallecida Margarethe Wallmann y que estrenara Von Karajan en sus gloriosos años vieneses es todo un clásico de la Ópera de la capital austriaca. Y justamente. Ciñéndose muy estrictamente a lo indicado en el libreto, sus movimientos escénicos siguen siendo excelentes, de expresión casi cinematográfica , plenamente reconocibles por cualquier público, clásicos pero no obsoletos. La escenografía es vistosa y el vestuario adecuado y elegante. No es de extrañar que, después de tanto tiempo, se siga volviendo a reponer.

 

 

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