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Brahms Piano Quartet 630 40 

Mucho que celebrar

Barcelona. 12/10/2016. Auditori. Brahms: Cuarteto con piano núm. 2 en la mayor, op. 26 y núm. 3 en do menor, op. 60. Brahms Piano Quartet.

Una inauguración de altos vuelos para la temporada de cámara de L’Auditori. Primero porque ni la lluvia torrencial logró estropearlo: las casi seiscientas localidades de la sala Oriol Martorell se quedaron cortas como pocas veces para la expectativa generada. Después, porque fue protagonizada por una nueva formación nacional que si individualmente está compuesta por intérpretes de nivel y trayectoria, en conjunto han demostrado que son capaces de lograr un magnífico resultado.      

Su proyecto dedicado a los cuartetos con piano de Brahms y que se materializará en un próximo disco, culmina con el segundo y tercero que presentaron en Barcelona, antes de llevarlos por distintos lugares de España. El equilibrio logrado de principio a fin permitió no sólo una incontestable fidelidad a la riqueza camerística de Brahms sino un desplegamiento de técnica puesta al servicio de la expresividad compleja y ambigua del romanticismo brahmsiano; un romanticismo muy personal, psicológicamente complejo y de atmósferas nada evidentes al que los miembros del flamante Brahms Piano Quartet respondieron con un intenso trabajo de conjunto. 

Una meticulosa complejidad atraviesa la intimidad lírica del segundo Cuarteto de Brahms estrenado en la Viena de 1862 por el propio compositor al piano. El Allegro non troppo del segundo Cuarteto, dubitativo y con algunas dificultades en la integración del piano en el trío de cuerda, quedó pronto atrás cuando se fue asentando en ese largo primer movimiento, y el conjunto logró iluminar todas las atmósferas que se reúnen: lo misterioso, lo luminoso, lo tormentoso. En el Poco adagio brilló el fraseo del pianista barcelonés Enrique Bagaría y la creciente sintonía del violín de Josep Colomé y la viola de Joaquín Riquelme dotó al conjunto de un equilibrio orgánico a partir del cual se desataron todos los delicados juegos de matices. El Finale se redondeó con un sólido empaste, muy meritorio sobre todas las fluctuaciones de tempo. En general, destacó –incluso en el violonchelo, en ciertos pasajes el menos austero– una capacidad de contención expresiva muy acorde al espíritu de la pieza, sin grandes aspavientos ni añadidos innecesarios como demasiadas veces estamos acostumbrados a escuchar.   

El tercero de los cuartetos, que tuvo que esperar casi dos décadas para ver la luz definitiva tras su predecesor, dibuja líneas programáticas y está impregnado de un tono confesional. Sin quitar una coma a lo que hemos descrito respecto al segundo, en el tercero el cuarteto logró una versión más redonda, en una versión coherente y compacta. La viola de sonido noble, precisión técnica y magnífico sentido estético contribuyó sin duda al excelente resultado. En el logrado Andante destacó la calidez y el fraseo del violonchelo, mientras que escrupuloso en el piano, Bagaría navegó con brillantez técnica por todas las costuras de la obra, que el lirismo y la admirable sutilidad sonora de Colomé, con una espléndida administración del vibrato, supo ponerse siempre al servicio de las complicidades subterráneas que se tejían. Todas las tensiones y dilataciones de las que riega Brahms la arquitectura de la música recibieron atención, y la sinergia sin fisuras logró dar relieve a los matices, esenciales en el mago del detalle como es el compositor de Hamburgo. Para que eso suceda, el cuarteto debe ser mucho más que la fortuita suma de cuatro. Y el Brahms Piano Quartet lo fue. 

Para una vez que podemos celebrar y celebrarnos sin ningún borrón la gente no quería marcharse. El cuarteto terminó de convencer al auditorio fuera de programa, con una soberbia lectura del vertiginoso Rondo alla zingarese que cierra el primer cuarteto con piano en sol menor.  

Algunos críticos –con razón–, dieron la voz de alarma cuando en enero de este año el cuarteto Quiroga junto a Javier Perianes tocó frente a un Palau inmerecidamente semivacío. Lógicamente hay en Barcelona muchas cuentas pendientes con la música de cámara –no lo olvidemos: la auténtica piedra de toque de la música en un país– pero con una inauguración de la temporada de cámara de L’Auditori como esta, nadie podrá decir que no tiene mucho que celebrar. Con unanimidad, sin tachas ni discusiones, en el hastiado país de la tacha y la discusión. 

 

 

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