Makropulos Vlaamse 

Thriller y ciencia ficción

Gante. 04/10/2016. Vlaamse Opera. Janacek: El caso Makropulos. Dir. de escena: Kornél Mundruczó. Dir. musical: Tomáš Netopil.

Es raro que una producción de la Vlaanderen Opera yerre. Esta institución es uno de los pocos teatros de ópera en el mundo que proponen a menudo no sólo producciones muy cuidadas y lecturas nuevas de las óperas de repertorio, contando además con artistas jóvenes y directores de escena originales, no tan conocidos en el mercado internacional. La producción inaugural de la temporada, El caso Makropulos de Janacek, presentada en Amberes y en Gante, no es una excepción a esta tónica general. Musical y escenicamente es a buen seguro una de las propuesta más interesantes de este arranque de temporada. Es cierto que la obra de Janacek (estrenada en 1926) se presta a producciones originales, vista la historia de esta mujer de 337 años que decide renunciar a la inmortalidad para poder morir, inspirada en una obra de Karel Čapek (1922). 

La escena inicial no es aquí el gabinete del abogado Dr. Kolenatý sino la sala del tribunal, poniendo de relieve el largo proceso que sostienen los Prus y los Gregor desde 1827. Llegan motociclistas, todos vestidos de negro y con sus cascos, escondiendo su rostro. Buscan un fragmento de una carta, en una visión inquietante, hasta la llegada de Emilia Marty caracterizada de igual manera, como salida de una escena de Street Hawk: una figura anónima cuya identidad no debe ser desvelada. El director de escena Kornél Mundruczó, que firma aquí su segundo trabajo para la ópera, es de hecho un director de cine y no en vano su propuesta aquí, referida al universo del thriller, arranca como es habitual en este género cinematográfico, con motos que se lanzan a toda velocidad por un paisaje de bosques y montañas, como en un huida hacia los abismos.

Este thriller mezcla ingredientes giallo y del cine negro, pero también de la ciencia ficción : el propio personaje de Emilia, lejos de la diva alla Marilyn Monroe propuesta por Warlikowski en París y en Madrid, asume aquí los ropajes de una motociclista primero y se descubre después como una suerte de alíen calvo, sanguinoliento, casi un robot, primo lejano del monstruo de Frankenstein. El personaje es retratado como ajeno, como aislado en un universo frío, en mitad de un lujoso apartamento (escena y vestuario verdaderamente notables de Monika Pormale), en cuyo frigorífico busca Emilia los productos que la mantienen artificialmente con vida. Este universo se refiere también a un mundo irreal, efecto estroboscópico cuando por arte de magia aparece el viejo amante Hauk-Sendorf (el excelente y veterano Gilles de Mey), o por ejemplo la pared que se convierte en tumba al final, cuando todos los muebles se elevan en el aire, en la espléndida imagen que cierra el espectáculo. Estamos ante una dirección de escena muy precisa y atenta al recitado del texto, al mínimo gesto, y rica al mismo tiempo en imágenes espléndidas e impresionantes, gracias también al uso de las luces (de Felice Ross) y al ritmo del texto que crea una tensión continua, sin una explicación clara, como sucede en una película. Así, el espíritu de esta obra de Janacek, siempre difícil de captar, porque está entremezclado de lo fantástico y lo hiperrealista, del universo judicial a la metafísica, se manifiesta en toda su complejidad y la música se convierte casi en una inspirada banda sonora, con un ritmo perfectamente acompasado al de la escena. Estamos sin duda ante un gran trabajo.

Como es habitual en la Vlaanderen Opera, la compañía de canto está integrada por cantantes jóvenes y valiosos, sumamente comprometidos y esforzados con el desarrollo de la producción, perfectos actores-cantantes, comenzando por la joven mezo Raehann Bryce-Davis, nuevo miembro del joven ensemble de la Vlaanderen Opera, premiada en el concurso Belvedere de Viena y aquí en la parte fresca y sonriente de Kristina, que sirve con voz bien impostada, rica en colores y de bella presencia; se adivina una formación a la americana en su caso. Los tenores Sam Furness (timbre agradable y bellos colores), Michael Laurenz (un Albert Gregor con agudos potentes) y Adam Smith (Janek Prus), perteneciente desde algún tiempo al ensemble joven del teatro, dan buena prueba de un trabajo preciso, con su dicción y su coloración del texto, si bien no todos hacen gala de una proyección solvente. Michael Kraus es un notable, incluso un magnífico Jaroslav Prus, con una voz cálida, potente y elegante que impone su personaje en una lectura rica, muy sensible y madura, por mucho que se trate de su debut con la parte. Idénticas cualidades se aprecian en el Dr. Kolenaty de Karoly Szemerédi, de voz profunda y potente, con imponente presencia escénica. Más allá del idioma, estos papeles tienen la dificultad de un recitado casi teatral, requiriendo una particular expresividad y un color variado, en línea con una música exigente en manos de una orquesta potente.

Rachel Harnisch convence sobremanera en una parte en la que se espera más bien a una lírico pinto (como Karita Mattila, Ricarda Merbeth o Angela Denoke): la voz de la cantante suiza, sobre todo conocida por sus interpretaciones de Mozart, nos convenció ya en Lyon con La juive, donde intentaba a Rachel. Con una voz ciertamente no voluminosa, consigue una excepcional tensión y expresividad a partir de su dicción, importando y proyectando el texto con suma solvencia y con apenas síntomas de fatiga: la escena final es excepcional. El canto de Harnisch es ejemplar por su inteligencia: interpretación, color, refinamiento y apoyo en el texto. Al margen de esto, las exigencias de la dirección de escena no son pocas ni fáciles (canta casi desnuda buena parte de la función) y el personaje es de una frialdad y cinismo difíciles de expresar. Harnisch consigue hacerlo con tensión y sensibilidad, resaltando la complejidad del personaje, con tantas facetas al mismo tiempo. Es cierto que su voz no está hecha para grandes teatros, pero en una sala de dimensiones medias como los de Gante o Amberes, consigue enganchar al espectador con suma eficacia, con una proximidad que sobrecoge. Hemos redescubierto pues a una cantante que pocos esperaban que pudiera medirse con un rol tan expuesto, en el que se demuestra como una intérprete de referencia. Bravísima.

Pero al Cesar lo que es del Cesar: la perfecta sintonía de la escena con la orquesta se debe sobre todo al trabajo de Tomáš Netopil, el director musical responsable de estas funciones. Es cierto que está al frente de su repertorio natural y no debería sorprender lo idiomático de su versión, pero al margen de esto convence sobre todo su labor en la medida en que consigue que el reparto funcione con homogeneidad, sobre todo teniendo en cuenta que muchos de los solistas afrontaban su papel por primera vez. Su versión musical es dilatada en tiempos, aunque nunca lenta, con un control meditado de los volúmenes, algo relevante en el caso de una partitura como esta, tan rica en intervenciones de los metales. Estas funciones tienen brío y al mismo tiempo refinamiento, el propio de una música -la de Janacek- que a menudo recuerda a la orquestación pucciniana, con melodías que se suceden con suma fluidez, en una aproximación analítica y lírica al mismo tiempo: todos los colores posibles se encuentran en esta versión musical, que hace justicia a una obra caleidoscópica, con reflejos múltiples, con acentos líricos y también con sacudidas que consigue hilvanar en un discurso coherente y homogéneo. En suma, una producción de gran fuerza que se proyecta por méritos propios a los primeros puestos entre las propuestas que se han acercado últimamente a El caso Makropulos.

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