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Merbeth Holandes Real 

Tocado… ¿Hundido?

Madrid. 17/12/2016. Teatro Real. Wagner: El holandés errante. Evgeny Nikitin (Holandés), Ingela Brimberg (Senta), Kwangchul Youn (Daland), Nikolai Schukoff (Erik), Kai Rüütel (Mary), Benjamin Bruns (Timonel). Dir. de escena: Àlex Ollé. Dir. musical: Pablo Heras-Casado.

Madrid. 18/12/2016. Teatro Real. Wagner: El holandés errante. Samuel Youn (Holandés), Ricarda Merbeth (Senta), Dimitry Ivashchenko (Daland), Benjamin Bruns (Erik), Pilar Vázquez (Mary), Roger Padullés (Timonel). Dir. de escena: Àlex Ollé. Dir. musical: Pablo Heras-Casado.

Vaya por delante que Pablo Heras-Casado ha salvado los muebles en el que es su primer cara a cara con Wagner, al frente de este Holandés errante del Teatro Real. Pero su versión musical tiene algunas limitaciones importantes. La primera de ella compete a la respuesta de la Sinfónica de Madrid, muy irregular en el foso, con una cuerda opaca, sin brillo, apagada las más de las veces, sumamente anónima y falta de riqueza, sin apenas presencia durante toda la representación. Con ese punto de partida, el pulso brioso y lleno de ímpetu que Heras impone da lugar a un desequilibrio importante, en el que los metales se apoderan de la representación en demasía. Por otro lado, la batuta de Heras-Casado peca por momentos de un ánimo demasiado caligráfico (singularmente en la primera escena con Daland y el Holandés y en el dúo de éste con Senta), lo que impide que el drama fluya como es debido, aún más en este caso que se opta por la versión sin cortes, sin solución de continuidad, impuesta por Cosima Wagner en 1901 como parte del canon de Bayreuth, con ese final “tristanesco”.

Es un error de bulto, a todas luces, reducir la espectacular escena del enfrentamiento de los dos coros de marinos al encuentro entre un coro que canta en escena y otro que comparece como voz en off. La escena como tal desaparece. El Coro Intermezzo cae de nuevo en uno de sus principales pecados: enmascarar con volumen y más volumen otras carencias que sin embargo es inevitable advertir, como la falta de empaste entre las voces (se escucha una por una a las sopranos en la escena con Senta) y la muy mejorable dicción en alemán. El empaque de unas voces bien timbradas no evita una sensación agridulce a la postre.

Como ya es costumbre en su hacer, Àlex Ollé sigue la máxima “furera” de hacer girar todo el edificio de su dramaturgia en torno al artificio, diría más, al artilugio: en este caso el casco de un enorme buque, una escalinata de grandes dimensiones, un ancla no menos voluminosa, etc. Todo ello en un entorno -incómoda escenografía, con los cantantes tropezando una y otra vez- que recrea las costas desérticas del puerto de Chittagong, la segunda mayor ciudad de Bangladesh, conocida como “el infierno en la tierra” por el fantasmal cementerio de barcos que acoge y donde miles y miles de trabajadores se afanan en desguazar los buques, sin protección alguna ante los materiales tóxicos de los navíos. 

Se pregunta Àlex Ollé en el programa de mano: “¿Podría pasar hoy una historia así? ¿Dónde? ¿Entre qué gentes? ¿Puede creer alguien todavía en esta emanación de los infiernos? ¿En qué lugar un padre es capaz de vender a su hija por dinero? ¿En qué lugar la vida tiene tan poco valor que la muerte, a su lado, no es necesariamente una mala opción?”. Qué bonitas preguntas y qué poco responde a ellas lo que vemos en escena. Y es que esta producción estrenada en la Ópera de Lyon en 2014 es un nuevo ejemplo de la deriva habitual en las propuestas de La Fura dels Baus: el impacto escenográfico en un primer plano y una dramaturgia apasionante sobre el papel, pero una realización teatral que brilla por su ausencia, dejando todo en manos del buen hacer de los cantantes y su conexión con la batuta. 

De los dos repartos previstos, el segundo se impone sin duda como el más compacto y resuelto. En el primero, Evgeny Nikitin no posee ya los medios de antaño, con un instrumento sin empaque, por mucho que el timbre tenga el color idóneo, fantasmagórico, para la parte del Holandés. Su voz carece ya de la suficiencia requerida para hacer frente al papel, que desgrana sin pena ni gloria, ciertamente desganado. Mucho más firme, en cambio, se presenta Samuel Youn, precisamente el solista que reemplazó a Nikitin cuando se produjo la consabida polémica en Bayreuth, al hilo de sus tatuajes, etc. El instrumento de Youn está más en forma, es más homogéneo, tiene más presencia y el fraseo es mucho más desenvuelto y comprometido, recreando verdaderamente el papel en escena.

La Senta de Ingela Brimberg supera las expectativas -no muy altas tras escucharle el papel hace un par de años con Minkowski, entonces incapaz de vérselas con la tesitura del rol-. Canta con seguridad, con unos medios suficientes aunque no descollantes; no es una intérprete magnética aunque consigue al menos levantar un tanto el vuelo de la función, al lado de un Nikitin demasiado taimado y gris. Ricarda Merbeth es en cambio una Senta de manual, con una voz genuinamente wagneriana, idónea para resolver sin fatigas ni fisuras la exigente partitura, que resuelve con entrega y denuedo pero también con lirismo y autenticidad. Ella es, seguramente, la mejor solista de todo este doble elenco.

Nikolai Schukoff estuvo a punto de naufragar como Erik, con una emisión tensa y muscular, al borde del accidente una y otra vez. Mucho mejor estuvo Benjamin Bruns, de emisión más dúctil y canto más lírico. Bruns por cierto se alterna en estas funciones como Erik y como timonel, turnándose en este papel con un correcto Roger Padullés. El coreano Kwangchul Youn y el ruso Dimitry Ivashchenko son dos estupendas opciones para el rol de Daland: el primero ofrece grandes dosis de oficio, a pesar de un instrumento que se va gastando poco a poco; el segundo en cambio ofrece un material más en forma, aunque adolece de un fraseo menos genuino. Kai Rüütel y Pilar Vázquez cumplen con el breve papel de Mary, para el que sorprende que hagan falta dos solistas que se turnen.

En conjunto, de no ser por el buen hacer de Samuel Youn y Ricarda Merbeth en el segundo reparto y las buenas intenciones de Heras-Casado, lastradas por una orquesta en baja forma, este Holandés hubiera terminado no ya tocado, sino incluso hundido.

 

 

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