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Macbeth A Netrebko c W Hoesl 

Todo sea por la guinda

Múnich. 21/12/2016. Bayerischen Staatsoper. Verdi: Macbeth. Franco Vassallo (Macbeth), Anna Netrebko (Lady Macbeth), Ildebrando D’Arcangelo (Banco), Yusif Eyvazov (Macduff) Dir. escena: Martin Kušej. Dir. musical: Paolo Carignani

Si echan un vistazo a lo que publicaba hace apenas dos semanas respecto a la Turandot representada en la Staatsoper de Múnich, apreciarán que una de las sentencias, la que hace alusión a que “la cartelera muniquesa es noble amante de sus producciones”, la podríamos estar repitiendo hasta casi la saciedad. Este es de nuevo el caso del Macbeth de Verdi que nos ocupa, encargado al director de escena austriaco Martin Kušej en la temporada 2008/2009, con reposiciones en la temporada 2012/2013, en sus festivales de 2013 y 2014 (debut en el rol de Netrebko) y en la presente temporada. 

Empecemos poniendo los puntos sobre las íes. La Macbeth de Martin Kušej nunca ha funcionado ni funcionará. Una producción que da deliberadamente la espalda a Verdi, a Shakespeare y hasta a el apuntador no podrá nunca hacerlo, aunque nada más sea por justicia divina. Sus inmotivadas orgías, desnudos, espacios dexterianos y sangre a la Tarantino no provocaron entonces, sino que abochornaron, y lo mismo viene sucediendo en esta cuarta reposición. Y no crean que en Múnich no lo sabemos, somos más que conscientes, por eso cambiamos las guindas al pastel. Aunque sabemos que el cliente lo devolverá e incluso se lamentará (también la premiere tuvo sonoros abucheos), tenemos los pedidos garantizados. Así se funciona aquí. La ciudad más rica de Alemania tiene el dinero por castigo y casi cualquier cosa que se programe tiene un 90-95 por ciento de ocupación garantizada. En la Staatsoper el 99. Como el último disgusto macbethiano se remonta a algo más de tres años, se presume pues que es tiempo suficiente como para que se le pase a los clientes y se les vuelve a servir lo mismo. Netrebko (Lady Macbeth) es además esa guinda que se puede en cualquier caso volver a ofrecer, ella sola decora el pastel, pero si le añadimos algo de crónica rosa (Yusif Eyvazov, su actual marido) y al atractivo/efectivo D’Arcangelo (Banco) entonces moralmente estamos más tranquilos.

En una carta al poeta Salvatore Cammarano, Verdi le señalaba que auspiciaba para su Lady Macbeth una voz “aspra, soffocata e cupa”. Con Anna Netrebko es evidente que estamos lejos de las ambiciones del compositor de Busseto, no será seguramente recordada por este rol (al menos en este momento), su medio es contundente y firme, pero la presencia escénica de la soprano ruso-austriaca hubiese compensado a Verdi, tiene algo “del diabolico” que le hubiese sin duda convencido. Su instrumento evoluciona, se expande y su agenda lo refleja. El instinto lleva las riendas de su carrera, huyendo en sus entrevistas del encasillamiento en unas categorizaciones por las que sin embargo pretende transitar, pero de forma consciente, racional y con el reloj en mano. La diva camina por senderos seguros, rechazando incluso aquello anunciado y vendido si no está convencida de que es lo mejor para su voz (Norma, Royal Opera House). Cuando vamos a escucharla podemos estar pues convencidos de que ella cree que es lo mejor que puede cantar en ese momento, y así lo ha demostrado en la Staatsoper. Amplia, segura, cálida cuando lo debe ser, ruda cuando se le demanda, convencida. Esa última bandera no la pueden enarbolar todos los cantantes, y es hasta cierto punto un privilegio que el público debe también aprender a apreciar. Ni Kušej, con quien sinceramente dudamos que se sienta cómoda, provoca grietas en su intervención, espléndida. 

Franco Vassallo (Macbeth) con casi tres años aparcados en el rol, desde su ultimo Macbeth en La Scala, no es ningún asiduo al personaje, y motivos se encuentran. Pietà, rispetto, onore parece que es su bote salvavidas, y los aplausos enjuiciaron fundamentalmente este punto álgido, pues el resto de su rol se caracteriza más bien por una emisión forzada y una tirante complicidad dramática con el mismo. Aun así, la dirección de escena le benefició, pues el público encontró en él el espacio donde redimir su frustración por la velada y fue hasta sonoramente aplaudido. 

Ildebrando D’Arcangelo (Banco) es sin duda quien traía el papel más rodado, tras sus representaciones este año en Los Angeles (junto a Placido Domingo) y Viena. Su mayor afinidad con el personaje así lo demostró, acompañado además de una voy segura y potente, así como de la interiorización de las cualidades que debe subrayar un cantante en las líneas que le propone el compositor. Sin duda fue el compañero de reparto más afín a las cualidades de la primera dama. 

Yusif Eyvazov (Macduff) es otro cantar, en sentido literal. Salvo que en un futuro demuestre lo contrario pertenece a otra división, y como tal deberíamos juzgarlo, aunque su papel en este Macbeth ha sido más humilde que los que se le “ceden” en otros escenarios, por ser vos quien sois. Es lícito que esposa y esposo quieran conciliar sus agendas, pero para ello deberían jugar al menos en la misma liga, aunque fueren primero y último, y no es el caso. Por esa misma razón tampoco creo que sirva hacer leña de un árbol que debe estar en otro bosque, si bien, a mi juicio gracias de nuevo a Kušej, también obtuvo cierto reconocimiento.

La dirección musical, a cargo de Paolo Carignani deja siempre algo que desear. No se logra a veces entender por qué cuesta tanto hacer una lectura humilde de la partitura, cuando es menester. Macbeth está lleno de indicaciones que Carignani a menudo obvia, amén de querer convertir el foso en bullicioso protagonista con sus desequilibrios, su necesidad de dar protagonismo a secciones a destiempo y su interés, presumo ignoto, en no subrayar debidamente la inspiración melódica de Verdi.

Kušej tampoco respeta la voluntad del autor respecto a las intervenciones del coro y le constriñe con inusitada frecuencia a cantar dietro le quinte, hasta provocar situaciones absurdas y a todas luces incoherentes, tantas que es inútil enumerarlas. Quizás sin embargo eso les haya ayudado en esta ocasión para presentarse más compactos, y huir de los desajustes a los que nos venía acostumbrando.

Una anécdota final. El mismo día en que William Christie abroncaba al público madrileño del Auditorio Nacional, sonaban dos idénticos artefactos en Múnich, el último con devastadoras consecuencias, pero sin reproches. Netrebko tuvo un inusual desajuste –calado incluido- al culminar su última intervención, provocado con toda seguridad por el timbre de móvil que en ese momento se quiso convertir en protagonista. Un auténtico delito al que no parece que se le busque solución.

 

 

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