Elbphilharmonie Bertold Fabricius

 

Urbi et mari

Un orgulloso navío se hace a la mar

Hamburgo. 11/01/2017. Elbphilharmonie. Hanna Elisabeth Müller (soprano), Wiebke Lehmkuhl (alto), Philippe Jaroussky (contratenor), Pavol Breslik (tenor), Bryn Terfel (barítono). NDR Elbphilharmonie Orchester, NDR Chor, Chor des Bayerischen Rundfunks, Ensemble. Dir. musical: Thomas Hengelbrock.

Concierto inaugural : »Zum Raum wird hier die Zeit«. Benjamin Britten: fragmento de Sechs Metamorphosen nach Ovid op. 49. Henri Dutilleux: Appels, Echos und Prismes de: Mystère de l'Instant. Emilio de' Cavalieri: Dalle piu alte sfere, aus : La Pellegrina. Bernd Alois Zimmermann: Photoptosis / Prélude für großes Orchester. Jacob Praetorius: Quam pulchra es / Motette für 5 Stimmen und Basso continuo. Rolf Liebermann: Furioso. Giulio Caccini: Amarilli, mia bella, aus : Le nuove musiche. Olivier Messiaen: final de Turangalîla-Sinfonie für Klavier, Ondes Martenot und Orchester. Richard Wagner: Preludio de »Parsifal«. Wolfgang Rihm: Reminiszenz / Triptychon und Spruch in memoriam Hans Henny Jahnn (Estreno mundial / Encargo de la NDR). Ludwig van Beethoven: Final de la Sinfonía no. 9 op. 125

Y por fin llegó el tan esperado momento: la Elbphilharmonie se ha inaugurado y ocupa desde ya un lugar de preeminencia entre los grandes monumentos a la música erigidos en el presente siglo XXI. Estamos ante un edificio impresionante, por el que uno se deja fascinar de inmediato, con esa figura de proa abierta sobre la ciudad, sin duda una de las más bellas de Alemania, mirando al mar; urbi et mari, he aquí la crónica de esta inauguración.

“¡Inaugurada!” Así es como el director artístico Christoph Lieben-Seutter comenzaba su discurso ante el público, haciendo hincapié en la necesidad de pellizcarse para creerlo; bromeando incluso con la idea de que todo esto fuera más que una ficción tras la cual, acabada la fiesta, se desalojaría el edificio y se volvería a cerrar. No extraña el planteamiento: han sido diez años de tribulaciones, ya fueran técnicas, ya fueran políticas o financieras, incrementando el proyecto en unos cuantos millones de euros (el proyecto ha pasado de los 70 millones iniciales a nada menos que 790 millones, pero ¡vaya resultado!) [1].

La inauguración de este edificio plantea varias preguntas para las que no es fácil hallar una respuesta: ¿Está justificado tal esfuerzo económico en tiempos de crisis? ¿La cultura merece semejante inversión? Recuérdense también los debates al respecto, al hilo de la Philharmonie de París, con un coste que se cifró en aproximadamente la mitad que esta nueva sala de conciertos, y con el absurdo añadido allí de seguir adelante con la inauguración sin haber acometido las pruebas y últimos ajustes que se precisaban. Ya antes sucedió lo mismo con la Opéra Bastille, donde casi treinta años después de su inauguración aún se habla del proyecto original de una sala modular, con tareas incompletas que dieron lugar a desprendimientos, hasta tal punto que fue sido necesario cubrir parte de la fachada con redes de seguridad.

Si se recurre al renombre de un afamado arquitecto para un edificio de esta suerte, no deben escatimarse los esfuerzos económicos, no caben medias tintas. De antemano se sabe que se sobrepasará muy probablemente el presupuesto inicial, pero de antemano se sabe que el resultado final será muy probablemente excepcional. El propio Jean Nouvel construyó en Lucerna el KKL, un magnífico proyecto cultural y una de las salas de referencia hoy en día para la música clásica.

La Elbphlharmonie, la “Elphi” para los (ya) íntimos, forma parte de un vasto proyecto de reordenación y reconstrucción de las áreas portuarias de la capital alemana, bajo el nombre de Hafencity. Concebido por el estudio Herzog & de Meuron de Basilea (responsables por ejemplo de la Tate Modern), el proyecto se basa en unos preexistentes almacenes de cacao y café con cuyo contenido se podría haber alimentado a Alemania durante tres años.

Con el objeto de recuperar estas áreas previamente vinculadas al trabajo de estibadores e industrias portuarias, se planificó un nuevo distrito que simbolizase la unión de tierra y mar de la que se precia Hamburgo, una de las ciudades hanseáticas más grandes, libres y abiertas. Se planificó así un nuevo distrito con un tercio de espacios para oficinas, un tercio de viviendas y un tercio de espacios sociales, ya que el Ayuntamiento del SPD, dirigido por Olaf Scholz, rechazaba la idea de un exilio forzado para muchos habitantes de la ciudad a tenor de los exorbitantes precios. El proyecto en cuestión, patrocinado por la ciudad de Hamburgo desde 2005, ha supuesto la construcción de una sala de música abierta a todos, siguiendo uno de los primeros requisitos de esta planificación, simbolizando la unión del trabajo y la cultura, como así subrayó el alcalde de la villa en su hermoso discurso antes de segundo concierto inaugural. La nueva sala de conciertos es así de algún modo un punto de encuentro entre la ciudad propiamente dicha y el puerto, que se convierte así -también por su propia forma arquitectónica- en proa de ese gran navío que es Hamburgo. De ahí que la Plaza que sirve de enlace entre la ciudad y el puerto vaya a estar siempre abierta, como un espacio de todos, con sus impresionantes vistas, abriéndose Urbi et Orbi (o más bien Mari et Orbi) y siendo accesible gracias a una gigantesca escalera mecánica de 86 metros.

elbphilharmonie foto thies raetzke

 

La construcción misma de la sala juega con el empleo de diversos materiales, muy sobrios, desde el ladrillo para la Plaza hasta la madera clara de los espacios superiores, con abundantes ventanas y espacios abiertos a la luz del exterior, jugando con los reflejos de la noche, en tonos que van del rosa al violeta, y con grandes muros blancos que se entrelazan en un ballet de escaleras y pasamanos.

El interior de la sala recuerda en un primer vistazo a la Philharmonie de París por su forma, pero su volumen, sus materiales, sus asientos y su señalización son ciertamente distintos. Par comprender el sentido de su estética, que está ligada a exigencias acústicas, es necesario partir del órgano y de sus tubos disimulados tras un espacio que se abre a cielo abierto, semejándose a estalactitas en una gruta.

Y es que esa, la de una cueva, es la apariencia que confiere al espacio el recubrimiento de yeso irregular, adecuado a la acústica. Ese enorme espacio a cielo abierto da la impresión de hacer las veces de aislamiento entre la sala y el hotel y los apartamentos contiguos, al tiempo que evita la penetración de los ruidos del puerto; una suerte de doble casco alberga así la mejor cueva musical del mundo.

Un hábil sistema de corredores, casi como una bobina sin fin, permite pasar de un nivel a otro del edificio. La iluminación es variada, brillante o mate, estudiada para crear diferentes atómicas con lámparas de un modelo único fabricado expresamente por la firma austríaca PYME. La sala dispone de un equipamiento de luz que haría las delicias de cualquier espectáculo de música pop.

 

Elbphlharmonie iwan baan

El concierto inaugural, bajo el prometedor título de Zum Raum wird hier die Ziet, estaba dirigido por Thomas Hengelbrock, director musical de la NDR Elbphilharmonie Orchester (Hengelbrock colecciona orquestas que inauguran auditorios, pues es codirector musical de la Orchesta de París) con el objeto de mostrar la adecuación de la sala a los más diverso estilos. De ahí lo demostrativo del programa, amplio y a decir verdad poco popular: Britten (con el oboe solista de Kelv Kuljus), Dutilleux, De Cavalieri y Caccini (Jaroussky, residente en Hamburgo), Liebermann tan ligado a Hamburgo, cuya ópera dirigió), el Ensemble Praetorius (que fue maestro de capilla en Lunebourg, no demasiado lejos de Hamburgo), Zimmermann, messiaen, Rihm (creación de una nueva obra para tenor y orquesta encargada por la NDR y dedicada a Hans Henni Jahnn, nacido y fallecido en Hamburgo), Wagner, Beethoven (coro y solistas para el último movimiento de la Novena). Hengelbrock concibió así el programa en función de la ciudad. Los solistas fueron dispersados un tanto por toda la sala: Jaroussky en lo alto con la arpista, el oboísta Kolev Kuljus, también en lo alto aunque en otro lugar, lo mismo que algunos percusionistas y el grupo de música antigua. Ademas, Hengelbrock escogíó obras con órgano, con la pretensión evidente de mostrar el sonido y presencia de este instrumento, genialmente integrado en la arquitectura de la sala.

El programa se desarrolla, tanto en la primera como en la segunda parte, sin solución de continuidad entre los diversos fragmentos, dando la impresión de dos bloques homogéneos, evitando las interrupciones de los aplausos y logrando una mayor cohesión. La Orquesta de la NDR, que desde ahora se llama NDR Elbphilharmonie, tomaba posesión así de su nueva sala, a la que tendrá que habituarse. No obstante, me arriesgo a decir que la orquesta y la sala se ajustan ya como una horma a su zapato. De ahora en adelante ambas, sala y orquesta, evolucionarán de la mano. De ahí lo importante que resulta escuchar a una orquesta en su sala original y no sólo en gira. La Orquesta de la NDR se fundó en 1945 y es una formación tradicional, que ha contado con directores al frente, partiendo de Hans Schmidt-Isserstedt hasta 1971, y pasando después por Klaus Tennstedt, John Eliot Gardiner, Herbert Blomstedt, Günter Wand, Christoph von Dohnanyi y finalmente Thomas Hengelbrock desde 2011. 

Lo más fascinante de todo es el lugar preeminente que la música contemporánea ha dispuesto en estas tres jornadas inaugurales, con dos estrenos mundiales (Rihm para la inauguración, Widmann para el primer concierto de la Philharmonisches Staatsorchester Hamburgo con dirección de Kent Nagano). Lo mismo sucedía con la música del siglo XX, quedando en fin en un lugar casi residual el bloque del programa dedicado a la música del repertorio tradicional (Wagner con el Preludio de Parsifal y el inevitable último movimiento de la Novena de Beethoven, además de la Sinfonía “Lobgesang” de Mendelssohn que Hengelbrock dirigió el sábado 14 al frente de la NDR Elbphilharmonie).

El sonido de la orquesta posee un color típicamente alemán, con una cuerda suntuosa (violonchelos y contrabajos) y unas maderas de bello sonido. Desde mi ubicación, todas las voces de los instrumentos y secciones se escuchaban perfectamente. Pavol Breslin estuvo magnífico en la obra de Wolfgang Rihm (Reminiscenz, Triptychon und Spurch in memoriam Hans Henni Jahn), revelándose como un cantante apreciable en el lied, especialmente en las partes más íntimas y recogidas, no tanto en las de acentos heroicos, ofreciendo sonidos filados muy bien controlados y proyectados. En el cuarteto vocal de la Novena de Beethoven encontramos a Sir Bryn Terfel un tanto histriónico y alborotado, pero el instrumento es tan robusto y auténtico que se le perdona, sobre todo en una jornada festiva como la de esta inauguración. Hanna Elisabeth Müller, voz clara, sonora y potente, se impone como una de las sopranos de más bello sonido de nuestros días, lo mismo que la mezzo Weibke Lehmkuhl a quien habrá que seguir de cerca próximamente.

Quedan en la retina algunos bellos momentos, como el excepcional coro de la Novena en manos de las voces del Bayerischer Rundfunk (dirigido por Howard Arman) y el coro de la NDR (con dirección de Philipp Ahmann) llenando la sala y emocionando hasta las lágrimas. En el debe cabe mencionar algunas insuficiencias, seguramente por razones técnicas y por la falta de fluidez del mismo programa: el piano y las ondas Martenot para el fragmento de Turangalila no se escucharon apenas, lo mismo que el órgano salvo cuando tuvo un protagonismo solista.

En conjunto, no obstante, la impresión acústica es positiva, si bien no cabe un juicio definitivo tras una experiencia tan breve. Serán los conciertos por venir los que confirmen o desmientan estas primeras impresiones. Lo cierto es que el sonido se antoja claro y preciso, escuchando hasta el más mínimo detalle, incluso cuando la música viene de lo alto de la sala, como sucedió con la voz de Jaroussky, a quien se escuchó con suma nitidez palabra por palabra. El sonido posee una mínima reverberación, no es seco, y quizá le falta la calidez de salas como Berlín o Lucerna, o el mismo Concertgebouw. El Preludio de Parsifal sonó “objetivo”, sin esa calidez mencionada. Seguramente sea la música del siglo XX la que encuentre aquí un mejor acomodo.

Estas primeras impresiones arrojan pues un juicio positivo sobre la decisión de Herzog y Meuron a la hora de emplear materiales diversos, opulentos quizá pero nunca demasiado llamativos, otorgando un tremendo protagonismo a la luz, incorporada con gran sentido, incluso en sus reflejos, haciendo del discurrir por la sala  un ejemplo de abstracción formal, casi pictórica. Conviene en todo caso estar sobre aviso ante las numerosas escaleras que conectan los diversos niveles, desde la Plaza al vestíbulo (piso 11), hasta llegar a la sala (pisos 12 a 16); hay no obstante unos discretos y eficaces ascensores que sirven como alternativa.

Esta inauguración se ha cerrado casi como una fiesta nacional y al tiempo ha sido una reivindicación de Hamburgo, Freistadt, ciudad libre, orgullosa de serlo. La presencia en la inauguración de la Canciller Merkel y el Presidente de la República Gauck demuestran hasta qué punto hay un vínculo indefectible en este país entre la música y la cultura. Pasadas ya las tribulaciones de su edificación, este monumento se yergue ya con un perfil reconocible desde cualquier parte del mundo, abierto ya como una suerte de Arca de Noé concebida para salvar la música, una música que es patrimonio de todos. Una aventura apasionante comienza.

[1] Hablamos de cifras de dinero público, a las que habría que añadir otros 70 millones de inversión privada, lo que hace un total de 860 millones de €.

* Texto publicado originalmente en Wanderersite.com

 

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