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Sujetando el timón

Bayreuth. 9/8/2025. Festspielhaus. Wagner: Lohengrin. Klaus Florian Vogt (Lohengrin). Elza van den Heever (Elsa). Miina-Liisa Värelä (Ortrud). Olafur Sigurdarson (Telramund). Mika Kares (Henrich). Michael Kupfer-Radecky (Heraldo). Yuval Sharon dirección escénica. Christian Thielemann, dirección musical.

La historia de la ópera Lohengrin, el caballero de nombre ignoto hasta que al final de la narración revela a todo Brabante su genealogía, se hunde, como tantas veces en las obras de Richard Wagner, en la bruma de la leyenda. Un mundo de fantasía, casi de magia, en el que todas las maquinaciones de los malvados, siempre (o casi siempre y a veces pagando un precio muy elevado) son destruidas por la honradez, la nobleza y la caballerosidad. Una narración que cierra la época romántica más canónica de Wagner, ya que el compositor nunca abandonará el romanticismo pero tratado de una manera más personal y única. La reposición de la producción, estrenada en 2018, de Yuval Sharon solo aporta en esta ocasión, en el que se supone el centro de la excelencia wagneriana, la batuta de Christian Thielemann, el protagonismo de Klaus Florian Vogt, que sustituía al indispuesto y también extraordinario Lohengrin Piotr Beczala, y poco más.

Y es que cuando la tripulación no es del todo avezada y el mar está revuelto, la mano del capitán sujetando el timón, manteniendo la ruta, dando seguridad y templanza, es fundamental. Thielemann es, no creo que falle en decirlo, el director musical básico del Bayreuth del primer cuarto del siglo XXI. Nadie como él conoce, no ya solo la música de Wagner, sino los vericuetos de un festival mítico como este y así lo demostró en su excelente libro Mi vida con Wagner.

La madurez de este maestro, que lidera ahora la Staatsoper berlinesa, se ve reflejada en esta ocasión en la destreza con la que asume una partitura que conoce al dedillo y que desarrolla con una paleta de colores increíble, creando un sonido que revela el alma interior  de la obra a través de un dominio absoluto de los tempi, de la grandeza de una música que siempre ha sido de las favoritas del público wagneriano. Él fue el gran triunfador de la noche, recibiendo los enardecidos aplausos de una sala totalmente entregada a su propuesta que le reconoció como el gran maestro que es. El entusiasmo del respetable se acentuó cuando toda la magnífica Orquesta del Festival salió a saludar en el escenario. Un reconocimiento sobradamente merecido pues su labor fue magnífica, siendo uno de los pocos pilares que sostuvieron esta función. Bravo por ellos.

Poco hay que decir a estas alturas del protagonismo de Klaus Florian Vogt. Ya en su madurez vocal, el cantante alemán sigue siendo un Lohengrin ejemplar en lo vocal y más activo en lo actoral. Su timbre es de un color particular pero funciona perfectamente para este rol y su dominio de la nobleza y brillantez que destila su parte sigue siendo referencial, aunque tenga, como casi todos los cantantes, sus detractores. No es mi caso y siempre lo he oído con admiración por la maestría que muestra en escenas como la famosa In Fernem Land, que no se puede cantar con más clase y belleza. Del resto del reparto me gustó mucho el Rey Enrique de Mika Kares, un cantante con un atractivo timbre, una presencia escénica adecuada y que siempre lo da todo. Un poco decepcionante la Elsa de Elza van den Heever, que demostró una buena proyección y supo dar el tinte dramático indicado por el director de escena pero que no fue una princesa de Brabante que encandilara por su canto y menos cuando hablamos de Bayreuth.

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En su última producción de Lohengrin en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, Katharina Wagner, directora de este festival, contó, además de con Florian Vogt, con los dos cantantes que aquí protagonizan los “malos” de la ópera: Miina-Liisa Värelä como Ortrud y Olafur Sigurdarson en el papel de Telramund. La soprano finlandesa estuvo menos acertada que en la representación barcelonesa, sobre todo en los agudos, que sonaron algo forzados, pero la voz es carnosa y envolvente, y en las invocaciones del segundo acto transmitió ese miedo y, a la vez, atractiva pasión que el papel exige. Más flojo Sigurdarson en un Telramund sin brillo y poco destacable. Correcto el heraldo de Michael Kupfer-Radecky y brillantísimo, una vez más, el Coro del Festival que se lució en una ópera que tiene al pueblo de Bramante como un protagonista más, creando Wagner momentos de gran belleza para él.

Como mi compañero Alejandro Martínez decía en su crónica del estreno de la producción, en el año 2018, de un tiempo a esta parte, cuando se trata de Lohengrin, el Festspielhaus de Bayreuth pareciera haberse convertido en la colina de los bichos, habida cuenta de la referencia animal que ha presidido las dos últimas producciones de esta ópera allí. Si en 2010 fueron las ratas con Hans Neuenfels, en esta producción, recordemos otra vez escenificada por primera vez en 2018, son los insectos, bichitos con dos alas, no se sabe bien si moscas, mosquitos, abejas o vaya usted a saber qué. 

En Bayreuth rara vez los planes se resuelven tal y como se habían concebido en origen. Y este Lohengrin no fue menos, tras la renuncia de Alvis Hermanis a hacerse cargo de la producción, arguyendo como pretexto a la política de la entonces canciller Angela Merkel hacia los refugiados. Sí se mantuvo la pareja artística formada por los pintores Neo Rausch y Rosa Loy, responsables de vestuario y escenografía, y se incorporó al frente al joven director estadounidense Yuval Sharon, quien con este trabajo se ha convertido en el primer americano en firmar una producción en Bayreuth. 

Sharon se encontró así con una producción a medio hacer, con la labor de Rausch y Loy muy avanzada en el aspecto visual de la misma, y con ideas de Hermanis que no le quedaba otro remedio que asumir y arrastrar consigo. El resultado final es lo más parecido a un fracaso. Y es que a decir verdad cuesta mucho encontrar un hilo conductor coherente que sostenga y articule la dramaturgia de esta propuesta. La cuestión de la electricidad, como elemento omnipresente; el código cromático en un azul pálido y melancólico, que por momentos recordaba a los tiempos de Wieland Wagner en Bayreuth, alternado después con un naranja "eléctrico"; hay una reminiscencia barroca, difícil de encajar con todo lo anterior, a través del vestuario, que oscila también por momentos hacia un imaginario más propio de un cuento de hadas.

La escena del combate, sostenidos en el aire Lohengrin y Telramund, resulta grotesca y roza lo cómico. Y el inspirado telón con que se abre el segundo acto propicia una resolución demasiado tenebrosa de la acción en este punto, seguida además con un exceso de literalidad. Hay, en fin, alguna imagen potente, como la de un Lohengrin cansado, medio apesadumbrado, medio derrotado, que se aleja de Elsa en el último cuadro. También sorprende -aunque no convence lo más mínimo- la idea de un Lohengrin violento que amordaza a Elsa durante su dúo del tercer acto. Pero estas ideas son las menos, en una propuesta francamente desnortada y de muy escaso interés. El remate final es la reaparición de Gottfried convertido en un ser verde, casi fosforito, para perplejidad y risa de los presentes.

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Fotos: © Enrico Nawrath