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ABAO OLBE. Stiffelio 65 Temporada E. Moreno Esquibel 817

Las cosas bien hechas

Bilbao. 21/01/2017. Palacio Euskalduna, ABAO. Verdi: Stiffelio. Roberto Aronica, Angela Meade, Roman Burdenko y otros. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Dir. de escena: Guy Montavon. Dir. musical: Francesco Ivan Ciampa.
 
Dos son los aciertos de la ABAO (Asociación Bilbaína de amigos de la Ópera)  al programar, dentro de su 65 temporada, Stiffelio de Giuseppe Verdi. Uno es el propio hecho de llevar al escenario una de las óperas menos conocidas del maestro italiano. Creada justo antes de emprender la composición de la famosa “trilogía popular” (Rigoletto, Il trovatore y La traviata), Stiffelio no alcanza todavía el nivel de estas obras, pero sí podemos apreciar en ella momentos de gran calidad, sello inconfundible del mejor Verdi. Tampoco su ambientación (dentro de un grupo religioso protestante) y su inesperado final son los habituales en las óperas verdianas. Todo ello hace que su programación en Bilbao haya atraído la mirada de muchos aficionados y críticos nacionales e internacionales, y eso siempre es provechoso para la lírica, la Asociación y la ciudad.
 
El segundo acierto de ABAO es haber reunido un reparto de muy alta calidad para una obra que no entra entre las habituales en los repertorios de muchos cantantes. Lo que se pudo ver en el escenario del Palacio Euskalduna el pasado sábado 21 fue de un nivel que no tiene que envidiar nada a las temporadas de teatros de mucho más presupuesto y atención mediática. Además, una dirección adecuada, una buena orquesta y una producción sin pretensiones pero inteligente redondearon una gran velada operística.
 
El papel de Stiffelio es de gran exigencia vocal, típica de los papeles de tenor spinto, pero aunque durante toda la obra tiene bellas intervenciones en las que se reclama un empuje y una fuerza notable, no tiene una gran aria de lucimiento como otros papeles verdianos de sus características. Roberto Aronica defendió con arrojo y entrega el rol protagonista del ministro protestante. Estuvo siempre seguro en el agudo, con muy buena proyección y audible en todo momento. Aunque no tiene un timbre de excesiva belleza, mostró una muy verdiana línea de canto y su Stiffelio fue excelente tanto en lo vocal como en lo interpretativo, dejando una muy buena impresión en el público bilbaíno. No se descubre nada al decir que la norteamericana Angela Meade es una de las sopranos más brillantes y destacadas de la actualidad. El que escribe estas líneas pudo disfrutar hace poco de su maravillosa recreación de Anna Bolena en Sevilla y ahora, en un papel diferente, pero que también reclama unas buenas prestaciones vocales, ha vuelto a demostrar su extraordinaria calidad. Desde el principio de la obra, la adúltera Lina se ve siempre amenazada por su falta, y el papel que escribió Verdi para ella está lleno de música que transmite tristeza, arrepentimiento y amor. En todo momento Meade supo llevar al público esos sentimientos a través de su voz, de una brillantez poco habitual. Segura en toda la tesitura, excepcional en el agudo y en las coloraturas pero con unas notas graves de una redondez perfecta, toda su interpretación se puede calificar de sobresaliente aunque hay que reconocer que estuvo un punto aún superior en la maravillosa aria con la que comienza el segundo acto: “Oh cielo, dove son io!”. Grandes aplausos recibió tanto a lo largo de sus intervenciones como en los saludos finales, pero quizá faltó un entusiasmo que seguramente hubiera surgido si los grandes números de esta ópera fueran más conocidos.
 
El trío protagonista lo completa el padre de Lina, Stankar, un viejo militar, protector de Stiffelio y que, conocedor de la infidelidad de su hija, se lamenta de su suerte y busca lavar el honor de la familia. Debutaba en las temporadas de ABAO (como el resto de los cantantes que a continuación se reseñan) el joven barítono ruso Roman Burdenko, que estuvo a la altura que se exigía con tan competentes compañeros. Con un bello color de voz, muy adecuado para los papeles verdianos de su cuerda, sobre todo para esos padres justicieros y duros que pueblan las óperas del Maestro, demostró un perfecto dominio de sus medios, con un fiato amplio, una proyección plena y clara y una gran seguridad en todas sus intervenciones, destacando en esa bellísima aria que es “Lina, pensei che un angelo” donde recibió un merecido reconocimiento. Menos brillante pero correcto el Rafaelle de Francesco Marsiglia al que su papel no permitió muchos momentos de lucimiento, y muy destacado, con una voz de gran potencia, bello timbre y estupenda proyección el Jorg de Simon Lim, un bajo al que se augura un brillante futuro. También adecuados la Dorotea de Diana Axentii y el Federico de Jorge R. Norton. Muy destacada actuación del Coro de Ópera de Bilbao que dirige Boris Dujin. Estuvo siempre bien empastado, dúctil y elegante sobre todo en su intervención fuera de escenario del segundo acto y en la escena final de la obra.
 
El maestro Francesco Ivan Ciampa se ponía otra vez al mando musical en el foso de una ópera del Tutto Verdi, y, como en Attila, su intervención fue muy destacada. Mostró sus intenciones para toda la obra en la obertura, donde ya supo destacar los contrastes entre los momentos más líricos y las pasajes de más viveza. Su dirección fue precisa, clara y evidenció conocer una partitura poco usual, lo que realza su trabajo. Le acompañó en el foso una excelente Orquesta Sinfónica de Bilbao que demostró las cualidades que posee: empaste, dominio de los instrumentos y adaptación plena a lo reclamado por el director. Destacar las precisas intervenciones solistas de trompeta (en la obertura) y corno inglés (acompañando el bello pasaje de Lina “Egli un patto proponeva”).
 
La producción, procedente del Teatro Regio de Parma, la firma Guy Montavon. El director suizo entiende bien el tono austero de la obra y apoyado en una sencilla pero eficaz escenografía de Francesco Calcagnini, nos transporta a unos amplios espacios grises, con un mobiliario básico y sencillo (especialmente una gran mesa) que nos quiere transmitir la soledad de los personajes y la austeridad de la secta protestante. A ello también ayuda el adecuado vestuario (también de Calcagnini) con claras influencias de los amish norteamericanos y donde rechina, por demasiado evidente, el traje rojo del malvado Rafaelle y el blanco hábito que luce al final Lina. Es en esta escena final donde la hasta entonces bastante realista puesta en escena se torna más simbólica para recalcar, quizá, lo excepcional del perdón final que otorga Stiffelio a la ya su ex esposa Lina.
 
Una gran noche de ópera que nos demuestra que no hay obras menores si son servidas con calidad, y menos si estamos hablando del gran Verdi.
 

 

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