© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Mejorando lo presente
Barcelona. 27/11/2025. Gran Teatre del Liceu. L’elisir d’amore, de G. Donizetti. Michael Spyres (Nemorino), Marina Monzó (Adina), Carles Pachon (Belcore), Fabio Capitanucci (Dottore Dulcamara), Núria Vilà (Giannetta). Orquestra i Cor del Gran Teatre del Liceu. Diego Matheuz, director musical.
Prosiguen las funciones de L’elisir d’amore en el Gran Teatre del Liceu con la progresiva incorporación de los sucesivos repartos que deben completar las hasta quince funciones previstas. Unas funciones planteadas por la dirección del teatro con la clara y legítima voluntad de hacer caja aprovechando una producción ya clásica de un título pegadizo, pero que no están funcionando como se esperaba a nivel de taquilla. La representación que aquí se comenta -la cuarta, celebrada la noche del 27 de noviembre-, presentaba muchos claros en platea y laterales de los pisos pese a que el personal, una vez más, salió en general satisfecho. No fue para menos, pues este segundo reparto de aumentó de manera exponencial el rendimiento general del día del estreno, en una función ya comentada en estas páginas.

Poco a poco, como es natural, las cosas se van ajustando. Tras una función inaugural en la que la substitución del protagonista a última hora contribuyó a un resultado global demasiado pálido, la segunda unidad ha venido al rescate. Con un Javier Camarena por el momento desaparecido en combate gripal -se espera que a partir del día 2 de diciembre se incorpore a la producción-, el tenor Michael Spyres se ha convertido en el Nemorino de referencia en esta tanda de funciones. El cantante norteamericano, actualmente ya metido en menesteres wagnerianos, nunca había cantado el papel protagonista de esta comedia romántica y lo ha hecho con la suficiencia vocal y la línea de canto que lo han convertido en uno de los mejores de su generación.
La vocalidad de este cantante que se define como baritenor, que empezó a destacar en el repertorio rossiniano y que se ha convertido en la gran esperanza de las hordas wagnerianas, constituye un caso único. La voz, pese a la alternancia de repertorios, no parece sufrir desgaste alguno y sonó fresca y flexible en todo momento. Cierto es que algunas notas en determinadas franjas de paso suenan algo opacas, pero parece un peaje necesario e incluso lógico en un instrumento de tan amplia extensión. La emisión mórbida en todo momento se impuso en las expansiones líricas como “Adina credimi” o “Una furtiva lacrima” cantada con gusto, variaciones en la segunda estrofa y una cadencia final nada habitual.

En los números de carácter más cómico Spyres se desenvolvió con gracia y ligereza, especialmente compenetrado con una magnífica Marina Monzó. A la soprano española Adina le va como un guante a nivel vocal. Su bello y particular timbre, más pulposo que luminoso, se impuso en todo momento en escalas, coloratura y adornos. Además, domina con absoluta naturalidad el estilo belcantista, el abandono en las líneas amplias -bellísimo “Prendi” final- y la gracia en los pasajes más rítmicos. A todo ello hay que añadir una brillante y personal concepción escénica del personaje. Su Adina, más que pizpireta, posee un fuerte carácter y una vez que ha decidido llevarse a Nemorino pone toda la carne en el asador. Todo ese juego teatral lo expuso Monzó con naturalidad, encanto y gran presencia evocando, por su fiereza y con esa melena pelirroja, a una variante valenciana de Katharine Hepburn.

Buen Belcore el de Carles Pachon, de voz amplia y rotunda, especialmente sonora, y dominio absoluto del personaje. El barítono catalán, con la notable línea vocal que le es habitual, mostró buen desempeño escénico con adecuadas dosis de comicidad mientras que Fabio Capitanucci firmó un efectivo Dulcamara. Pese a que ni sus características vocales ni su trayectoria anterior son las de un basso buffo natural, el barítono italiano supo dar relieve al personaje integrándose bien en un reparto especialmente conjuntado que completó una cumplidora Núria Vilà como Giannetta. La dirección de Diego Matheuz mantuvo las constantes del día del estreno, es decir tempi muy ágiles y notable volumen, aunque ahora más matizados y, por tanto, asumibles con mayor eficacia por orquesta, coro y solistas.

Fotos: © Toni Bofill