© Toni Bofill

Elogio de la audacia

Sabadell 28/11/2025. Teatre La Faràndula. Der fliegende Holländer, de R. Wagner. José Antonio López (El holandés), Maribel Ortega (Senta), Sava Vemić (Daland), José Ansaldi (Erik), Elisabeth Gillming (Mary), Jorge Juan Morata (Steuermann). Cor Amics de l’Òpera de Sabadell. Cor Bruckner Barcelona. Orquestra Simfònica del Vallès. Emilio López, dirección de escena. Josep Planells Schiaffino, dirección musical.

Tras más de cuarenta años al mando, la nunca suficientemente venerada Mirna Lacambra cedió el año pasado el testigo de la dirección artística de la Fundació Òpera Catalunya a Jordi Torrents. Aunque oficialmente asumió el cargo a inicios de año, esta es la primera temporada diseñada al completo por el nuevo responsable y no cabe duda de que uno de los principales síntomas del relevo lo ha constituido la programación del primer título wagneriano en la historia de la compañía del Vallès. Un reto que simboliza la voluntad de dar un paso adelante en la ambición de un proyecto único y ejemplar que merecería más atención y apoyo por parte de unas instituciones siempre tímidas y esquivas en su apuesta por la cultura en mayúsculas. Era lógico que esta primera tentativa wagneriana fuese con un título como El holandés errante, obra sumamente exigente como todas las del su autor, pero de dimensiones y características hasta cierto punto asumibles.

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Para ello se ha apostado por una propuesta escénica más ambiciosa de lo que, tradicionalmente, ha sido marca de fábrica en la compañía de Sabadell. El experimentado director valenciano Emilio López, asumiendo las conocidas limitaciones logísticas y presupuestarias, ha sabido conformar un espectáculo bien resuelto apoyándose en atractivas video proyecciones que son marca de la casa, elementos escénicos esenciales utilizados con eficacia y un vestuario bien diseñado. Nada nuevo bajo el sol, una lectura dramatúrgica clásica y una dirección de actores genérica, pero que, teniendo en cuenta el mayúsculo reto, resultaron suficientemente convincentes. Mayores dificultades planteó, obviamente, la vertiente musical. El joven director valenciano Josep Planells Schiaffino, formado en Berlín, Cambridge y que está desarrollando una incipiente e interesante carrera operística y sinfónica, se puso por primera vez al frente de la Orquestra Simfònica del Vallès en el que, si los datos curriculares no engañan, fue su debut wagneriano. 

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La apuesta planteó dudas en un inicio inseguro y destemplado, ofreciendo un sonido pálido y falto de energía en el preludio y las primeras escenas, perjudicado por errores de bulto en intervenciones solistas, especialmente de maderas y metales. Poco a poco, pese a ciertos desajustes en la concertación, su lectura y seguridad, así como el rendimiento global de la orquesta, fue mejorando notablemente hasta un final que cabe calificar, sin duda, de meritorio. Teniendo en cuenta las dificultades que planteaba el embate, Josep Planells Schiaffino puso de manifiesto que es un director con indudable potencial y al que habrá que seguir la pista. Por otro lado, la parte coral, de trascendental presencia en este título wagneriano, contó con la participación habitual del Cor Amics de l’Òpera de Sabadell reforzado en esta ocasión por el Cor Bruckner Barcelona. Si desde un punto de vista objetivo la valoración de sus intervenciones se puede calificar de irregular, es de justicia afirmar que se apreció el arduo trabajo de ambas formaciones y de su director, Daniel Gil de Tejada. Hubo momentos problemáticos a nivel tímbrico, así como en el equilibrio sonoro y de concertación en determinadas escenas, pero también algunos pasajes de notable calidad que confirman el buen trabajo y la evolución de la mas coral de la FOC.

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Durante la larga trayectoria de Mirna Lacambra al frente de la compañía se acabó consolidando un ramillete de voces más o menos recurrente que dio sus frutos en el repertorio italiano y francés. En este caso era necesario encontrar un reparto nuevo capaz de desenvolverse en otras lides y, en esa difícil selección, hubo luces y algunas sombras. El rol protagonista recayó en José Antonio López, quien ya lo había interpretado en Valencia. A estas alturas no es necesario glosar la jerarquía de un cantante siempre sólido en los más variados repertorios. Una vez más el bass baryton español exhibió su clase en el fraseo, con dicción y musicalidad impecables. Abordó el monólogo inicial algo frío, igual que la orquesta, pero progresivamente su calidad se fue imponiendo, destacando su dúo con Senta y firmando una notable escena final.

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Maribel Ortega atesora una larga y brillante trayectoria en la FOC, especialmente en repertorio italiano. Aunque ya había encarnado a Senta en Galicia (Vigo y Santiago de Compostela) en versión de concierto, este suponía su debut escénico de un personaje que, a nivel vocal, le va como anillo al dedo. Su material dramático, densidad vocal y squillo tímbrico destacaron desde su Balada inicial, solo perjudicados por determinadas ascensiones al registro agudo un tanto destempladas. Una actuación por momentos irregular, pero meritoria de una cantante poseedora de un instrumento privilegiado. Como también lo podría ser el del tenor José Ansaldi, quien interpretó el papel de Erik, si no fuese por unos fundamentos técnicos que se revelaron del todo insuficientes. La voz es poderosa y posee armónicos en la franja central, pero la ascensión al agudo fue siempre problemática, tendente al grito, convirtiendo su prestación en el eslabón más débil del reparto.

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Todo lo contrario que el bajo Sava Vemic, cuyo Daland supuso una auténtica y revelación y un acierto indiscutible de cast. La voz muestra contornos líricos, pero la sorprendente amplitud de registro, la belleza del timbre y la solidez de la emisión es muy relevante. Sin duda es demasiado joven tanto vocal como físicamente para un personaje como Daland, pero la sensación es que estamos ante un joven cantante del que, probablemente, oiremos hablar y mucho en el futuro, más aún teniendo en cuenta la escasez actual de bajos poderosos. Elisabeth Gillming, que actualmente forma parte del Cor del Gran Teatre del Liceu, fue una Mary de alto nivel, tanto en lo vocal como por su desempeño escénico, mientras que Jorge Juan Morata resolvió con su habitual solvencia las intervenciones del Steuermann. ¿Pasará este Der fliegende Holländer a la historia? Desde un punto de vista musical y artístico no cabe duda de que no, pero en cuanto a su relevancia histórica en el ámbito operístico catalán y, por ende, español, supone un remarcable punto de inflexión y una aventura tan elogiable como audaz.

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Fotos: © Toni Bofill