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Sentando precedentes

Barcelona. 14/12/25. Palau de la Música Catalana. Obras de Rajmáninov y Sibelius. Anna Fedorova, piano. Franz Schubert Filharmonia. Rune Bergmann, dirección.

Ya sabemos que no siempre fama y talento convergen. De hecho, en la mayoría de casos y sin desviarnos demasiado, desde cierto punto de vista se podría afirmar más bien que son como el agua y el aceite. McDonald’s no hace mejores hamburguesas por el hecho de vender más. Sin embargo, a veces sí ocurre, y en una época en la que las redes sociales están dominadas por los grandes productos de marketing de la industria musical, que un vídeo de un artista –en este caso, una pianista de gran talento– acumule millones de visitas en plataformas como YouTube es un motivo para recuperar cierto optimismo en tiempos tan convulsos y extraños como los actuales, especialmente cuando la obra interpretada es nada menos que el Concierto para piano y orquesta nº2, op. 18 de Rajmáninov. Concretamente, cuarenta y seis millones –y subiendo– son las reproducciones del vídeo, un concierto en directo interpretado por Anna Fedorova en el Concertgebouw de Ámsterdam, de un ya, casi lejano 2013. 

Aunque mucho ha llovido desde entonces, lo seguro es que la pianista no ha hecho sino consagrarse como una de las referencias absolutas del panorama actual, especialmente en terreno de Rajmáninov, algo que la Franz Schubert Filharmonia ya sabía en el momento del debut de la artista con la orquesta, a finales de la pasada temporada, en aquella ocasión, con el Tercero del mismo compositor. Rune Bergmann fue la otra cara invitada en lo que fue el tercer programa (oficial) de la temporada; un díptico completado con la Quinta de Sibelius, en el marco del centésimo sexagésimo aniversario del compositor finlandés. 

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La ucraniana se adentró en una partitura plenamente interiorizada, algo perceptible ya en el control del crescendo introductorio de acordes, y desplegó un discurso de amplio aliento romántico que recorrió todos los resquicios de una obra poética y apasionada; un do menor que asume y reformula la herencia pianística del siglo precedente, –especialmente, entre otros, de Liszt, Chopin y Tchaikovski– en la que el virtuosismo está siempre al servicio de una innegable fuerza expresiva. Recorrió bajo un influjo de gran intensidad los compases del primer tiempo y sus arpegios encontraron su hueco en una orquesta de notable empuje sonoro, cuyo ímpetu inicial ocasionalmente situó al límite la claridad de planos, algo que Bergmann matizó para el resto del concierto a partir de las primeras conexiones visuales con la pianista. Fedorova afrontó el segundo tema con gran lirismo y un rubato perfectamente medido y acomodado en el tempo del director invitado, y prosiguió con una recapitulación que no defraudaron en absoluto, despertando los primeros aplausos espontáneos.

El Adagio sostenuto –que cabe recordar como uno de los segundos tiempos más bellos jamás escritos en la literatura pianística– acogió algunos de los momentos más evocadores del concierto, como el arrebatador dúo con la primera flautista de la FSF, muy bien compenetrada con la pianista ucraniana, quien dibujó cada arpegio con la más exquisita sensibilidad, poco antes de introducir el canto pianístico de la mano derecha, o el desarrollo virtuoso de la sección central. Fedorova se mostró profundamente involucrada desde el punto de vista emocional sin perder en ningún instante la concentración, firmando un segundo tiempo absolutamente memorable que contó con la complicidad de Bergmann. La adrenalina pianística se adueñó de nuevo de la sala con la llegada del torbellino de técnicas del tercer tiempo, en el que Fedorova “scherzeó” con el material del maestro ruso con airosa solvencia y, en argot popular, “dejándose llevar”, llegando a zapatear un par de veces ya en pleno trance virtuosístico, en una interpretación espectacular, destacando los pasajes de paráfrasis del tema del primer movimiento, coronando un deslumbrante final. En definitiva, Fedorova firmó un Segundo de Rajmáninov que sienta precedente en el Palau. Calmó el griterío con dos propinas: Preludio op.32 nº5 del mismo compositor y con un inspirado Falla (Danza Ritual del Fuego).

Un Sibelius sin prisas ni sorpresas ocupó la segunda mitad bajo un Bergmann que supo cómo manejar una partitura amplia y noble, controlando con acierto las sutiles dinámicas de las cuerdas y sin restringir en exceso la expresividad de los vientos. La impaciencia de cierto sector del público causó una notable pausa de “concentración” antes de que el director noruego se adentrara en el segundo movimiento, el cual manejó con soltura la transición de tempi, y un vibrante Allegro molto cerró con brillantez el último reto sinfónico del año para la formación.

El regreso de la pianista a Barcelona se saldó con un pleno absoluto en el templo modernista y buenas sensaciones también en Tarragona y Lleida, lo que ha supuesto, sin duda, «la cesta de Navidad» de este primer tercio de la temporada de FSF. Quedamos a la espera de su regreso para completar el ciclo de conciertos de Rajmáninov.